Ese año se recordaba la metáfora de George Orwell y en Berlín una nueva banda lanzaba una canción de época: Forever Young.
En 1984, la novela, el mundo es controlado por el partido, que mantiene a la ciudadanía bajo vigilancia perpetua. Echa a la cárcel y desaparece a quienes manifiestan inconformidad alguna. A la cabeza del partido está el “Gran Hermano”, cuya cara puede verse en los carteles, las pantallas y las monedas. Toda la gente está obligada a amarlo y serle incondicionalmente leal.
En 1984 el mundo asistía al conflicto Este (URSS) – Oeste (Estados Unidos/Europa). En aquella Guerra Fría Nicaragua era uno de los escenarios de ese tipo de guerra que denominaron “de baja intensidad”. Ambos bandos no querían perder a ninguna pieza del ajedrez geopolítico en el mundo. En esa década Nicaragua vivió una revolución, una guerra y una crisis horrorosa.
Fue en esos años cuando la generación a la que pertenezco comenzó a morir todos los días. La guerra, que cada vez se volvía más atroz, le quitaba la vida a niños, niñas y jóvenes de ambos bandos. Los primeros muertos que recuerdo se habían enlistado en un batallón de reserva. Se les despidió en la calle central del pueblo y varios volvieron en un ataúd. Más adelante, los muertos eran extraídos de los frentes de la guerra. Uno, dos, varios más, y más, y más. Y más. Todas las semanas. Todos los meses. Todos los años. Pronto las calles, cines, fiestas y escuelas casi se quedaron sin jóvenes.
Mientras George Schultz, secretario de Estado de los EE. UU., volaba hacia Managua aquel 1 de junio de 1984, tropas de la Contra se tomaban Ocotal en horas del amanecer. Aquello fue una carnicería. En edificios, calles y alrededores del pueblo quedaron diseminados los cadáveres. A los propios los colocaron en ataúdes. A los enemigos, los echaron en un camión que servía para recoger la basura, los dejaron caer en un predio cercano a la base militar y les pegaron fuego.
Todo eso pasaba en Nicaragua mientras un novel grupo llamado Alphaville se convertía en uno de los favoritos de la juventud europea con un tema titulado “Forever Young” (Por siempre joven).
Contrario a lo que aún varios piensan, no es solo una pieza del pop de los años ochenta. Su letra me recordaba la Nicaragua de esos años, cuando un día podías estar bailando y muerto a la mañana siguiente.
“Let us die young or let us live forever” (muramos jóvenes o vivamos para siempre) fue el fragmento de la canción que me retrató para siempre a la Nicaragua de 1984. Era la gente joven la que moría todos los días por un ideal: revolución o democracia. En el mundo de Alphaville, era la posibilidad de que una bomba atómica estallara en aquel lado del mundo para tratar de hacer prevalecer a socialistas o capitalistas. O todo el mundo bajo el invierno nuclear.
“Forever Young, I want to be forever young!” La canción sonaba hasta la eternidad, mientras la Europa socialista iba rumbo al despeñadero y Nicaragua al matadero.
ESCRIBE
Alfonso Malespín
Periodista. Investigador de temas de libertad de expresión y medios de comunicación. Amante de la gastronomía, bailes y paisajes nicaragüenses.