El domingo en Costa Rica, en la marcha del 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer, escuché decenas de consignas y vi cientos de mensajes. Casi todas tenían un mismo núcleo: el derecho a vivir. El derecho a caminar sin miedo. El derecho a que no nos maten, a que no nos violenten, a que nos respeten. Una marea de mujeres fuertes, valientes, decididas, vistió este reclamo de fuerza y de colores. “No estás sola”. “Si tocan a una, nos tocan a todas”. “Si duele, no es amor”.
La legitimidad y la urgencia de esas demandas es indiscutible. Es trágico y también conmovedor que en pleno siglo XXI todavía tengamos que salir a la calle a pedir algo tan básico como el derecho a existir sin violencia. Pero, precisamente por eso, la pregunta se vuelve inevitable: ¿tan mal estamos que tenemos que dedicar casi toda nuestra energía a exigir lo que debería ser completamente garantizado?
Porque hubo algo que casi no se escuchó ayer en la calle.
No escuché demandas por sistemas de cuidados, por corresponsabilidad social en el cuidado, por políticas que redistribuyan el trabajo y el tiempo necesario para sostener la vida. Tampoco escuché con fuerza reclamos por empleo digno para las mujeres, por autonomía económica, por condiciones materiales que nos permitan vivir con independencia.
Y sin embargo, lo necesitamos desesperadamente.
En América Latina, el bienestar no se produce sólo a través del Estado o del mercado, sino también —y de manera muy importante— a través de las familias y las comunidades. En esa arquitectura de bienestar, el trabajo de cuidado recae de forma desproporcionada sobre las mujeres, muchas veces de manera no remunerada o mal pagada . Cuidamos a niños, personas mayores, personas enfermas, comunidades enteras. Sostenemos la vida cotidiana. Y cuando no lo hacemos, contratamos a otras mujeres, generalmente de manera precaria, mal pagada, en la frontera entre el trabajo y el favor…Y lo hacemos mientras tratamos de trabajar, estudiar, criar, y además sobrevivir a la violencia machista.
Por eso, desde hace años sabemos que sin una reorganización social del cuidado —que involucre al Estado, al mercado, a las familias y a las comunidades— la igualdad de género tiene un techo muy bajo. Mientras el cuidado siga descansando principalmente sobre los hombros de las mujeres, la autonomía económica seguirá siendo frágil y desigual.
Estamos ante una paradoja brutal.
Las mujeres sostienen la infraestructura invisible de la sociedad —la que alimenta, limpia, acompaña, cría, cura— pero esa infraestructura rara vez se reconoce como un problema político central. Cuando el Estado falla o se retrae, ese trabajo no desaparece: simplemente se intensifica en los hogares y en las redes comunitarias, casi siempre en manos de mujeres .
Por eso, aunque no sorprende, debe preocuparnos que el debate público no nos permita poner más energía en estas cuestiones.
Sin empleo digno no hay autonomía económica.
Sin autonomía económica no hay libertad real.
Y sin una organización social más justa del cuidado, millones de mujeres seguirán atrapadas entre jornadas infinitas de trabajo remunerado y no remunerado.
Estos derechos no están separados: son parte de una misma madeja. El derecho a vivir sin violencia, el derecho a un empleo digno y el derecho a que el cuidado se distribuya socialmente se sostienen unos a otros.
Pero además esa madeja no se vive igual para todas. Las mujeres enfrentamos estas luchas con recursos muy distintos. Cuando la sociedad se vuelve más desigual, las mujeres también nos volvemos más desiguales entre nosotras, incluso para enfrentar la violencia: algunas pueden comprar tiempo y cuidados; otras cargan con todo.
La ausencia de estas consignas nos dice algo muy crudo e incómodo sobre la sociedad en la que estamos inmersas: nos mantiene tan ocupadas defendiendo lo básico —la vida, la integridad, el respeto— que queda muy poco espacio político y emocional para discutir lo estructural.
Tal vez cuando el piso está tan bajo, pensar en el techo parece un lujo. Sin embargo, no lo es. Porque si los feminismos solo pueden luchar por mantenernos vivas, la igualdad real – en cuenta la que puede permitirnos a todas alcanzar una vida sin violencia – siempre quedará para mañana.
ESCRIBE
Juliana Martínez Franzoni
Es investigadora de la Universidad de Costa Rica y premio de la fundación Alexander von Humboldt otorgado a trayectorias sobresalientes de investigación en el sur global. Busca entender para ayudar a transformar.