¿Quién tiene la solución para sacar a Nicaragua de la dictadura, o la legitimidad para hablar en nombre de un país?
En Nicaragua, la crisis sociopolítica ha dejado una oleada de exilio, personas expulsadas del país, apátridas, y hay quienes han abandonado Nicaragua porque no es posible sobrevivir económicamente dentro del país ante la falta de trabajo y los salarios precarios.
La dualidad entre los de adentro y los de afuera
Por otro lado, uno de los grandes paradigmas, como ha sucedido con la mayoría de las dictaduras en el mundo, es la distinción entre los de “adentro y los de afuera”. El debate en Nicaragua es alrededor de quiénes son los legítimos para hacer frente a la dictadura: los que “están aguantando dentro del país” o los que están “sobreviviendo desde el exilio”. Esta contraposición ha sido sostenida por la dictadura, que nos coloca frente a los que se fueron del país y lo dejaron “destruido”, y quienes se quedan dentro reconstruyéndolo. Lamentablemente, algunos grupos pueden reproducir esta narrativa, de forma adaptada, colocando en un péndulo a quiénes tienen la legitimidad y a quiénes no, porque se fueron.
El año pasado tuve la oportunidad de coincidir con varias mujeres activistas que habían luchado contra la dictadura de Pinochet y luego tuvieron que exiliarse para proteger sus vidas. Me dijeron una cosa que me quedó resonando hasta ahora: “no había un día en que no se hablara de Chile; siempre hacíamos algo desde afuera para que supieran lo que estaba haciendo Pinochet con la gente”. La lección más importante es que todos tenemos algo que aportar a la salida de una dictadura; la discusión no debería girar en torno a quién es más legítimo en dependencia de donde se encuentra, sino que podemos hacer desde donde estamos sin volver esas realidades un enfrentamiento que genera polarización.
Los peligros de reproducir las mismas narrativas de la dictadura
Los grupos políticos opositores no están exentos de la cultura política nicaragüense ni de reproducir narrativas gestadas desde adentro de la dictadura. Puedo señalar dos aspectos que me parecen particularmente peligrosos en el discurso público: primero, se silencia la voz de quienes están fuera del país, desde un lugar de culpas por irse, esta es una forma de revictimizar a un sector importante como sociedad civil, periodistas, defensores de derechos humanos etc, que ha tenido que huir del país o han sido expulsados; y en segundo lugar, ver a los que están dentro como salvación, lo que deposita una responsabilidad enorme en una parte de la población que está intentando sobrevivir a una dictadura.
¿Es factible pensar que, divididos, podemos contra un aparataje coercitivo como el que sostiene a la familia Ortega-Murillo en el poder? La promesa de los de adentro no es solo arbitraria, sino también conveniente porque se vuelve una fuente de legitimidad ficticia para algunos grupos que se auto perciben más legítimos porque “hablan con los de adentro” o “saben qué piensan los de adentro”. Tengo muchas preguntas al respecto: ¿Realmente saben lo que piensan? ¿Saben cómo sobreviven? ¿Esperan que la gente se inmole en nombre de la libertad?
La comunicación con el territorio nacional es importante y debe haber coordinación entre los que están dentro y fuera. Sin embargo, retomar discursivamente el respaldo de los que están dentro del país para hablar en su nombre y deslegitimar a otros actores políticos en el exterior es más de lo mismo. El problema real radica en los muros que ha construido de forma deliberada el Frente Sandinista, como una estrategia de fragmentación para evitar que la población se organice o reconozca a liderazgos sociales y políticos como referentes con capacidad de influencia.
Las falta de condiciones para desarrollarse en un campo político representa varios desafíos; el no tener medios independientes dentro que permitan a la población conocer abiertamente lo qué está haciendo la oposición democrática, depender de los medios digitales en un país con una alta brecha de acceso, donde solo el 64.6% de la población utiliza internet y no poder realizar trabajo político dentro de Nicaragua abiertamente e incluso tener miedo real de participar de espacio políticos que impliquen exposición pública, por miedo a represalias en contra de familiares o por los riesgos de poder sufrir algún tipo de violencia transnacional.

No podemos analizar el contexto de Nicaragua dejando fuera las condiciones políticas, que son una realidad material, no una excusa. En este momento, y bajo las estructuras de gobierno y partidarias existentes, la única forma de sobrevivir haciendo oposición es hacerlo de forma clandestina. Por lo tanto, no podemos esperar que las organizaciones en ese contexto realicen procesos abiertos, invitando a todo el mundo, como si no existiera una dictadura que infiltra a sus operarios dentro de las estructuras. Esa es la realidad de Nicaragua, en la cual se hace política. Esto no significa que no se deban procurar procesos lo más democráticos posible que incluyan a los distintos sectores, pero teniendo claras las limitantes existentes.
Nicaragua necesita que el mundo no olvide lo que pasa en el país, que todos los días se hable de la dictadura, de las personas desaparecidas y de las presas políticas que esperan volver a sus hogares. Y eso se logra gracias a las familias de las víctimas, personas y organizaciones que documentan violaciones a derechos humanos y que alzan la voz aun con los riesgos que eso implica.
Por eso, es arbitrario deslegitimar el trabajo de personas y organizaciones que ponen a Nicaragua en el mapa, con el argumento de que “nadie los eligió”. En este momento nadie se está postulando a presidente, y tampoco es posible hacerlo. Ese es precisamente el punto con Nicaragua, muy pocas cosas son posibles, y las que se logran son fruto de grandes esfuerzos que implican altos costos políticos.
Entonces, ¿no se puede criticar a los grupos opositores? No solo se puede, se debe hacer; pero no reproduciendo narrativas que intencionalmente generan más fragmentación política en nombre de “los de adentro”, la crisis que atraviesa Nicaragua exige ver el panorama completo.
ESCRIBE
Katherine Ramírez
Internacionalista y defensora de derechos humanos, con trayectoria en cooperación internacional e investigación sobre espacio cívico e institucionalidad democrática. Es Coordinadora de Operaciones en Fundación Sin Límites y Fellow en Dejusticia.