El título de esta Divergencia bien refleja lo que acaba de pasarle a Nicolás Maduro, quien ante nuestros ojos el 2 de enero se fue a la cama como presidente de Venezuela y a la siguiente tarde lo metían en una cárcel en Nueva York, para ser juzgado por crímenes graves.
“¡Vengan por mí, cobardes!”, gritó Maduro a Trump hace algunas semanas. Entonces, parecía tener la convicción de que de Miraflores saldría solo muerto, sobre todo después de cometer un fraude electoral monumental en julio de 2024, cuando la oposición lo barrió en las boletas.
La madrugada del 3 de enero, mientras veía la operación en tiempo real, imaginé que todos los altos cuadros del régimen –Maduro, Cabello, Rodríguez, Padrino, el cuenta-votos fraudulento y el fiscal maquillado– se habían despedido de sus familias y parapetado con fusil, granadas de mano y la bayoneta entre los dientes, listos para cobrar caro el último sacrificio: su vida.
Pero nada de eso ocurrió. No se comportaron como Salvador Allende en el Palacio de la Moneda. Más bien imitaron al general Noriega, quien en diciembre de 1989 salió corriendo hacia una embajada cuando los soldados gringos casi lo tenían entre manos. De nada le valió. Pasó el resto de su vida entre juicios y cárceles.
¿Es ese acaso el comportamiento típico de los dictadores cuando se les acorrala?
Anastasio Somoza salió volando – literalmente – de Managua en julio de 1979, y dejó a un títere que quiso hacerse el gato bravo con el cargo de Presidente. La bujonada le duró dos días al “tal Urcuyo”.
Lo de Somoza no era nuevo, otros dictadores bananeros ya habían hecho lo mismo. Apenas Rafael Leónidas Trujillo no había podido huir. Pensaba que moriría en el trono, pero lo acribillaron en una autopista dominicana.
Sadam Hussein, quien ganaba elecciones con no menos del 90% de los votos y desaparecía a sus rivales políticos, fue encontrado en una ratonera después de haber huido cobardemente de Bagdad, y fue ahorcado como delincuente vil.
Muamar El Gadafi, quien gobernó Libia con ferocidad, no tuvo el coraje de enfrentarse a sus captores o de suicidarse cuando su palacio fue asaltado en Trípoli. Tuvo una muerte horrible. Gente de su propia tribu lo sodomizó antes de despedazarlo.
Ahora el turno fue para Maduro, quien hace poco bailaba y desafiaba a Donal Trump por la televisión venezolana. Pero, como dicen los chavalos, tres Doritos después ese galillo se tornó en mutismo y piernas renqueantes. No se acordó del sable del Libertador. O a lo mejor sí, y se acordó que Bolívar murió en el abandono.
Ahora, mientras Maduro pasa sus primeros días en una cárcel de Nueva York, de la que probablemente saldrá hasta que haya muerto, en América Latina se discute sobre la legalidad o no de la operación ejecutada impecablemente por comandos de los Estados Unidos; y qué cuál será el destino de la sufrida Venezuela.
El Imperio revivió su Política de las Cañoneras y ha tratado a Venezuela como república bananera. Al interior de este país la conmoción y la incertidumbre son las notas del día. Ha sido algo de película, pero fue real. Ahora, ¿qué pasará?
Mañana ya veremos.
Por lo pronto, Nicolás Maduro pasó de lucir trajes y relojes carísimos a vestir el traje de los prisioneros. Se le ha despojado de todo su fulgor, su estatura de Presidente y su idea de que conduciría a Venezuela hasta que llegase a acompañar a Hugo Chávez en el Fuerte de la Montaña.
Marcando todas las distancias, Nicolás Maduro me ha recordado a aquellos jefes bárbaros paseados por las calles de Roma después de haber sido vencidos por el Imperio de los césares.
Sic transit gloria mundi.
ESCRIBE
Alfonso Malespín
Periodista. Investigador de temas de libertad de expresión y medios de comunicación. Amante de la gastronomía, bailes y paisajes nicaragüenses.