Juliana Martínez Franzoni
13 de Abril 2026

Las bombas no solo destruyen edificios

Rescatistas trabajan en el lugar de un edificio dañado tras un ataque aéreo israelí en los suburbios del sur de Beirut, Líbano, el 30 de marzo de 2026. EFE

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Cuando cae una bomba casi de inmediato se reportan personas muertas y heridas; los edificios destruidos. Las cifras aparecen rápido y podría parecer que con eso se cierra el capítulo. Muy lejos de ello, la bomba marca solo el inicio.

Lo que sigue, minuto a minuto, es la descomposición-destrucción de la vida cotidiana.

Eso ocurrió de manera simultánea en varios barrios de Beirut, en Líbano, el miércoles 8 de abril, bajo un bombardeo israelí. Vayamos un momento mentalmente a esa situación.

Cambia primero el aire. Polvo, humo y partículas arden en la garganta. Respirar deja de ser automático. El cuerpo arde con cada inhalación. Hay olor a materiales quemados, a concreto, algo que no se puede nombrar fácilmente. El ruido tampoco desaparece del todo: queda suspendido, como una vibración persistente que impide orientarse.

Preparando recomendación…

El espacio deja de ser reconocible. La calle que hace unas horas era transitable ahora no está, es sólo escombros, vidrios, restos. Las referencias desaparecen: ya no hay esquinas claras, ni caminos evidentes, ni trayectos seguros. Caminar implica adivinar la orientación y calcular riesgos en cada paso. Decenas o cientos de personas tienen en sus cuerpos pedacitos de todo lo que saltó en pedazos. El trauma de segundos de destrucción les acompañarán el resto de la vida. 

Muy rápidamente, ese rincón de la ciudad deja de funcionar. El transporte se interrumpe. La electricidad se vuelve intermitente o desaparece. El agua deja de llegar o llega contaminada. Las comunicaciones fallan. Lo que antes era infraestructura invisible, eso que permite que la vida transcurra sin esfuerzo, se vuelve visible en su ausencia.

Justo ahí colapsan los servicios que sostienen la vida. Si es que siguen en pie, los hospitales se saturan en cuestión de horas. Falta personal, faltan insumos, faltan camas. La falta continuará hoy, mañana, en doce meses y mucho más. Las escuelas dejan de ser espacios de aprendizaje: se convierten en refugios improvisados, en centros de distribución, en morgues. Los espacios públicos se reconfiguran sin planificación, empujados por la urgencia.

El bienestar pasa a ser un interrogante y aparece algo ausente en los reportes: el tiempo del miedo.

Es lo que viene después de la explosión: el minuto siguiente, cuando no se sabe si habrá otra. La hora siguiente, cuando empiezan a circular rumores, cuando se intenta localizar a familiares, cuando se decide si quedarse o salir. La noche siguiente, cuando dormir se vuelve casi imposible. El día siguiente, cuando ya no hay rutina a la que volver.

En esas condiciones, el miedo no es un evento: es una condición que se instala, que contrae el cuerpo, que dificulta respirar, que enferma.

¿Y hay recursos para procesarlo? No hay espacios de contención, no hay pausas, no hay distancia. La vida sigue, pero lo hace bajo una presión constante que reorganiza todo: las decisiones, los vínculos, las prioridades.

En ese escenario, la vida cotidiana se transforma radicalmente. Alguien tiene que buscar agua. Alguien tiene que encontrar comida. Alguien tiene que cuidar a las personas heridas, a las niñas y los niños, a las personas mayores. Alguien tiene que cuidar a las mascotas. Alguien tiene que decidir qué hacer con los cuerpos. Alguien tiene que decidir sobre la vida que ya no será.

Las tareas del cuidado no se suspenden: se intensifican, se redistribuyen, se vuelven más urgentes y más difíciles de sostener. Pero ahora ocurren sin infraestructura, sin apoyo institucional, sin garantías mínimas.

Lo que antes hacían el Estado, las familias, el mercado, la gente alrededor, el asegurar condiciones básicas para la vida, deja de estar disponible o se vuelve fragmentario, incierto, insuficiente. Y esa ausencia no es abstracta: se siente en cada decisión cotidiana: ¿Se puede salir a la calle? ¿Hay agua para hoy? ¿Dónde dormir esta noche? ¿A quién cuidar primero? ¿Adónde parir? Bajos escombros quedaron las medicinas para la diabetes o el corazón… 

Preguntas que antes eran invisibles, absorbidas por sistemas públicos, privados, familiares que funcionaban, se vuelven centrales.

Por eso, cuando cae una bomba, no (solo) destruye edificios: destruye las condiciones que hacen posible la vida cotidiana.

Y en ese proceso revela algo que normalmente permanece oculto: que el bienestar no es un estado individual ni una suma de decisiones privadas. Es el resultado de arreglos políticos, institucionales y materiales que sostienen o dejan de sostener la vida en común.

Cuando esos arreglos colapsan o los hacen colapsar, lo que emerge no es solo una emergencia humanitaria: es la fragilidad de todo aquello que parecía garantizado. Esos efectos son desproporcionadamente mayores en niñas y niños, cuya sensibilidad a la falta de alimentos y de agua potable es considerablemente mayor. También las mujeres en edad reproductiva.

Las cifras de muertos y heridos son necesarias pero no alcanzan. No captan lo que pasa después: cuando respirar se vuelve difícil, cuando la ciudad deja de orientar, cuando las instituciones ya no sostienen, cuando el miedo organiza el tiempo, y cuando la vida cotidiana tiene que rehacerse a como dé lugar en medio de la destrucción.

Ahí es donde realmente se juega y se protege o se destruye el bienestar.

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Juliana Martínez Franzoni

Es investigadora de la Universidad de Costa Rica y premio de la fundación Alexander von Humboldt otorgado a trayectorias sobresalientes de investigación en el sur global. Busca entender para ayudar a transformar.