María Xavier Gutiérrez
30 de mayo 2024

Cuando no alcanzo en mi cama el día de las madres

Ilustración realizada por la autora, María Xavier Gutiérrez.

A veces no alcanzo en mi cama. Doy vueltas en ella como agujas de reloj: abrazo la almohada, me envuelvo en la colcha de pies a cabeza y luego la pateo lejos, incomodo a F., me derramo por los lados, aprieto la mandíbula y aplasto los brazos. A pesar de ello siempre me levanto sabiendo que el día está entero y que tengo la hoja en blanco, el cronómetro en cero; siento el viento del abanico despeinar mi pelo teñido que esconde mis grises. Es otro día y aspiro a contar algo a quien quiera oírlo… por ejemplo que, a veces, quisiera volver a empacar baldes de arena y el cometa del barco pirata para ir al mar los cuatro, hacer las citas al pediatra y gritar eufórica en sus juegos de basket, hacerles fotos expresivas, llenar las gavetas de la cocina con galletas y cajetas, recogerlos en las fiestas de quince años de sus amigos y espiar sus primeros amores. O hasta me gustaría ir otra vez a sus graduaciones. Sin embargo, no estaría siendo totalmente honesta.

Cierto que D., mi hijo de 22, se fue a estudiar hace cuatro años, pero mi hija B. de 18, se fue hace solo siete meses, y ella llenaba toda la casa con sus ocupaciones y sus relatos diarios. Yo aún le compraba en el supermercado cositas dulces y comida chatarra los fines de semana. Ella es una gran conversadora y consejera, en cambio D. es algo ruidoso, cuando viene de vacaciones juega a hacer jabs de boxeo o a tirar patadas de karate; aún se moja con la manguera cuando riega el pequeño jardín y con sus 183 cm de alto se lanza en mi cama como si tuviera 4 años. Realmente extraño a ambos, pero ahora que ya no están con nosotros también puedo ver cuánto me extrañaba a mí misma.

Aunque el nido vacío deja estelas de nostalgia, también nos deja la agenda desocupada y todas esas horas colmadas del tiempo de ellos ahora son mías. Me regresa la vibración de esa primera independencia, de ese primer sueldo, de cuando tuve casa o licencia de conducir. Hoy que me desperté perezosa como una gata, aún tirada entre las almohadas me volví a preguntar, ¿y ahora qué sigue?, ¿cómo quiero usar este tiempo? Sabiendo que el tiempo libre es escurridizo como el aire, realmente procuro ocuparlo con intención.

Como por cosa del instinto, meses atrás empecé buscándome sin saber, primero comí mucho chocolate, harinas y vino; quería rellenar el espacio que dejaron D. y B. Subí 20 libras sin darme cuenta –hasta que un día no me salían los anillos de los dedos–.  Al inicio las celebré porque estaba baja de peso y los jeans empezaban a quedarme tipo Jennifer López, pero luego no las pude bajar porque a mis 52 tengo cambios hormonales como toda mujer de mi edad, –incluso Jennifer–. Entonces puse total atención a mi salud y así empezó el encuentro conmigo misma.

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Retomé el ejercicio como una tarea de casi diario y cambié el yoga que he practicado más de diez años por los ejercicios funcionales. Quería algo distinto, más fácil y activo, –el yoga físico no siempre es suave–. Me ha encantado la rutina y también me ha permitido conocer a personas nuevas de este país donde habito, exiliada, hace casi tres años. Sin embargo, sé que pronto regresaré a mi yoga. 

También confesar que hasta la llegada de la pandemia cociné arroz por primera vez, antes solamente pasta, huevos y sándwiches. No estoy orgullosa de eso pero sucede que F. cocina muy bien y yo me encargaba de lavar los platos. Sin embargo, en los últimos años me vi empujada a explorar ese campo y he encontrado tanto placer en ello. Ahora tengo un plan nutricional que me ayuda con las hormonas y el peso, se me han reducido los famoso calores y me encuentro más empoderada como mujer al decidir qué y cómo comer: semillas, hojas verdes, colores en el plato, las proteínas animales justas, los mejores aceites. Mi doctora es entusiasta de mis logros y siento que voy de la mano con alguien que me entiende. Todo esto me da paz interior y energía en mi cuerpo. A propósito, ahora yo le cocino a F.

Otra pregunta que me hice en ese momento fue, ¿cómo quiero llegar a los 60 años, a los 70 o a los 100? Y otras aún más importantes: ¿Qué quiero que B. y D. reciban de mí en esta nueva etapa? ¿Cómo les aportaré desde mi esencia, mi inteligencia y desde mis capacidades? Y la última pregunta, ¿qué quiero de mi relación de pareja?

Para responder esto necesitaba regresar a mis raíces, a quién era yo antes de volverme madre y esposa mesurada, organizada y algo neurótica con la limpieza de las manos y el orden; encontrar en mi archivo mental lo que me era placentero, esas motivaciones que se saltan con garrocha por ciertos períodos de vida, o para siempre. De esa búsqueda salieron memorias, conjuros, pausas, promesas personales insatisfechas, salieron mis imágenes del pasado, de 12 años, de 20, 28, de 40…

Aunque suene a cliché, de inicio supe que tenía que revivir el contento interior, sin eso no hay fortaleza emocional. Para ello debía mover mi cuerpo, manos, piernas, jugar y reírme como un acto de emancipación personal. Debido a que los pasados cuatro años con pandemia y exilio fueron muy duros para nuestras familias, recuperar la alegría me era necesario y a la vez una misión posible que he encontrado en actividades simples como las caminatas matinales bañada en sol; plantar, deshierbar, regar las matas; observar la lluvia o la oscuridad de la noche; en mi taza de café; contar de forma especial que en la meditación encuentro muchísima alegría, con media hora algunos días de la semana enciendo una sensación de bienestar equivalente a un buen descanso, con lo cual también me lleno de optimismo. 

Aclarar que no vivo en la burbuja del positivismo tóxico, padezco de ansiedad y a veces tengo reveses, por lo que mi agenda generalmente incluye espacios de silencio, momentos en que elijo no socializar y reduzco los estímulos externos. A veces solo me gusta ver la lluvia caer. Esta construcción mía, de mujer con aspiraciones y cambios sucediendo al mismo tiempo, me lleva a otras preguntas vitales, ¿cómo saco mi potencial? ¿Cómo expreso lo que llevo por dentro? ¿En palabras, en dibujos o en acciones? ¿Seré buena en ello?

Escuché el podcast de un emprendedor que dice tener planificada toda su vida en la agenda, desde su trabajo hasta las tardes de juegos con sus hijos. Me pareció algo extremo hasta que empecé a incorporar mis tareas y metas en la mía, desde las compras en el supermercado hasta mi día de encerrona para concentrarme en escribir o hacer algo lúdico. Realmente descubrí cuánta libertad me da contar con el esquema del día que empieza al hacer la cama en la mañana. Por cierto, mi planificador incluye las horas que debo dedicar a mi nuevo reto personal: la cereza del sorbete, la maestría en la que podré mejorar mi escritura.

Si has llegado hasta acá tal vez te preguntas cómo se relaciona esto con mis hijos: muy simple, resulta que si yo estoy bien, mi entorno está bien y desde mi proyecto personal o profesional voy a crecer empoderada y más contenta, puedo nutrirlos desde mis fortalezas y puedo inspirarlos en sus vidas: si ellos así lo desean.   

Por ahora tengo más preguntas que respuestas, pero estoy disfrutando esas horas libres en mi reloj, al igual que las manecillas locas en mi brújula, que no señalan el norte o el sur, como un símbolo de mi búsqueda interior. 

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María Xavier Gutiérrez

Comunicadora social y creadora del Blog Mujer Urbana desde 2012.