En abril de 1982, Nicaragua se encontraba en el ojo del huracán geopolítico. Tras la caída de la dictadura somocista en 1979 y el ascenso del Frente Sandinista, el país enfrentaba una guerra no declarada contra Estados Unidos: bloqueo comercial, financiamiento a la “contra” y operaciones militares encubiertas. En ese contexto, la presencia frecuente de buques de guerra norteamericanos en aguas nicaragüenses no era un accidente, sino un mensaje.
Yo lo viví en carne propia. Regresaba de Corn Island hacia El Bluff en un barco camaronero improvisado para pasajeros cuando, a unas quince millas de la isla, apareció el USS Coontz. Un destructor líder de la clase Farragut, veterano de Vietnam, el que se nos acercó a menos de cien metros. Con artillería visible y marines apostados en la proa, rodeó nuestra embarcación. El oleaje de sus turbinas nos sacudió; los instrumentos fallaron y por minutos quedamos desorientados. El capitán lo interpretó como una maniobra de intimidación. Tras quince minutos de tensión e incertidumbre, la fragata se alejó, silenciosa. Era la diplomacia de las cañoneras en su versión más cruda.
Días después, el gobierno sandinista denunció oficialmente la incursión en sus aguas territoriales. Una nota diplomática dirigida a Alexander Haig, Secretario de Estado de Estados Unidos, exigía la retirada inmediata de tres buques estadounidenses, incluido el Coontz, que continúo siendo avistado por pescadores durante los días siguientes a escasas 25 millas de Corn Island. Aquella protesta quedó como testimonio de una práctica que algunos analistas llaman gunboat diplomacy: el uso del poder naval para imponer influencia política. Pero, ¿qué tan diplomático puede ser un cañón apuntando a un barco camaronero cargado de civiles?
De la intimidación a la ejecución
Cuarenta años después, la historia no solo se repite, se radicaliza. Entre agosto y lo que va de noviembre de 2025, operaciones navales estadounidenses en el Caribe y océano Pacífico han dejado casi cien muertos, acusados – sin pruebas – de narcotráfico. Ya no se trata de enviar mensajes políticos ni de disuadir pescadores: se trata de destruir embarcaciones en alta mar. La política de interdicción de embarcaciones y someter a un debido proceso judicial a sospechosos de transportar droga, fue sustituida por misiles aire-tierra. Lo que antes era gunboat diplomacy se ha transformado en gunboat killings, una versión brutal de la Doctrina Monroe adaptada al siglo XXI.

Este cambio plantea preguntas inquietantes: ¿Dónde terminan las narrativas de seguridad y comienza la violencia extrajudicial? ¿Qué significa para los países caribeños que la línea entre disuasión y ejecuciones sumarias contra supuestos traficantes de drogas se haya borrado? ¿Estamos ante una nueva era de militarización del Caribe bajo el pretexto de la lucha antidrogas, o ante una escalada transitoria para el cambio de régimen en Venezuela?
La acumulación de poder naval en la región no es solo un asunto táctico: es un síntoma de una política hemisférica que revive viejos patrones de intervención americana. Si en los ochenta la intimidación buscaba debilitar revoluciones, hoy la fuerza letal se justifica en nombre de la “seguridad” y la guerra anti-narcóticos. O abiertamente, un cambio de régimen.
El Coontz fue pasado a retiro en 1989. Pero aquella clara mañana de 1982, casi nos arrastra con su oleaje. Hoy, las fragatas han sido cambiadas por drones letales, que no solo intimidan: ejecutan en operaciones comandadas por militares y autorizadas por el presidente americano de turno.
Y mientras el Caribe se militariza, la sensación es clara: la historia parece retroceder hacia sus capítulos más oscuros, con escenarios impredecibles. La pregunta no es si estamos ante una nueva diplomacia de cañoneras, sino si hemos cruzado el umbral hacia una política de violencia sistemática en alta mar, como el primer desafortunado escenario de una nueva doctrina americana en el hemisferio.
ESCRIBE
Miguel González
Originario de Bluefields, es doctor en ciencias políticas y enseña en el programa de Estudios de Desarrollo Internacional de la Universidad de York, Toronto, Canadá.