Poco después de las multitudinarias protestas del 11 de julio de 2021 en Cuba, en las que miles de personas salieron a las calles para reclamar por la crisis económica, la escasez de medicamentos y la gestión de la pandemia, Hilda Landrove escuchaba a escondidas, junto a sus amigos, Ya vienen llegando, de Willy Chirino. Aquel estallido —inédito en décadas para un país con libertades restringidas— llevó a Landrove, como a muchos otros cubanos, a tener la certeza de que el cambio era inminente.
“No hay manera de que ahora no ocurra”, se dijeron. No ocurrió.
Cuando Chirino cantaba a inicios de los noventa anunciando que nuestro día ya viene llegando, otra generación experimentó esa misma sensación de final irreversible. “Estamos hablando de casi 30 años después y estamos un poco en lo mismo”, cuenta Landrove, investigadora cubana radicada en México y doctora por la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM).
De ahí que hoy se muestre cauta respecto al destino de su país, en un contexto marcado por la presión económica del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, sobre el régimen liderado por Miguel Díaz-Canel.
“Los cubanos ya no operamos con base en la esperanza”, afirma.
La crisis actual se ha agudizado tras la Orden Ejecutiva del 29 de enero, con la que la administración Trump impuso un régimen de sanciones energético total, agravado por la caída del subsidio venezolano tras la captura de Nicolás Maduro.
En este escenario de asfixia económica, han surgido reportes sobre negociaciones discretas entre Washington y Raúl Guillermo Rodríguez Castro (“El Cangrejo”), nieto de Raúl Castro, que apuntarían a posibles aperturas económicas. El propio Trump ha llegado a hablar de una “toma de control amistosa” de Cuba.
No obstante, Landrove advierte sobre la quimera de las negociaciones que podrían estarse produciendo: el riesgo de un acuerdo que alivie las arcas del régimen, sin tocar las cadenas de la represión que viven los cubanos, como ha ocurrido en Venezuela.
“Hay una intención de encontrar un acuerdo que no afecte necesariamente el problema estructural de base”, plantea, al tiempo que subraya que la actual crisis en Cuba es el resultado de la protesta social y la inconformidad de la sociedad cubana con el régimen.

Hablemos sobre las crisis de Cuba. El país ha vivido dos momentos críticos importantes desde la Revolución: la caída de la Unión Soviética y la Crisis de los Misiles. ¿Qué hace diferente a esta crisis en comparación con esas dos y cuál es la situación actual?
Es muy interesante que ubiques esas dos crisis. Yo creo que esas son las más conocidas, porque justo están insertadas en un contexto geopolítico; pero a mí me gustaría decir que hay un tipo de crisis que es producida de forma endógena, desde adentro, y que se produce una cada 10 o 15 años. Por supuesto, son menos conocidas. Estoy pensando en la crisis del Mariel [éxodo cubano masivo de 1980] producida endógenamente por la protesta social y la inconformidad de la sociedad cubana con el régimen. Ha habido crisis que son más pequeñas, que son nacionales y producto del mismo sistema. Es importante mencionarlas porque, al final, de lo que hablan es de que es un mito que el pueblo cubano siempre ha apoyado a la Revolución.
La actual crisis se vuelve a convertir en una internacionalmente reconocida porque está dentro de una disputa geopolítica y, concretamente en el campo latinoamericano, dentro de aquella tensión de fuerzas entre el latinoamericanismo, el antiimperialismo y el imperialismo de Estados Unidos. Cuba se convierte en una crisis internacional porque empieza a ser leída desde donde siempre son leídas las crisis cubanas: que Cuba es esta pequeña isla que tuvo la osadía de hacer una revolución a 90 millas del imperialismo y que ha vivido bloqueada. Es importante decir que, aunque todo el mundo parece haberse enterado a partir del 29 de enero con la orden ejecutiva —que declara a Cuba una amenaza para los Estados Unidos y va acompañada de la advertencia de imponer un 100% de aranceles a quien envíe petróleo a la isla—, eso no empezó ese día. La crisis de Cuba en estos momentos es mucho más antigua.
¿Desde hace cuánto?
Yo diría que dos o tres años, pero obviamente es una crisis que está amarrada a los sucesos que comenzaron a desarrollarse en 2019 con la protesta social, que tuvo en el 11 de julio (2021) un momento culminante. Está ligada a la represión que siguió a eso y, obviamente, a un declive económico resultado de un diseño fallido completamente, porque está orientado a mantener los privilegios de una pequeña cúpula agrupada en torno al monopolio de Gaesa [consorcio empresarial de los militares de Cuba]. Por supuesto, está influenciada también por determinadas medidas que tomó Trump en su primer mandato, pero es una crisis fundamentalmente endógena. Antes del 29 de enero, a lo largo del año pasado (2025), ya habían ocurrido tres apagones masivos de electricidad. En fin, era una situación que ya estaba ahí desde hace mucho tiempo.
Podemos hablar de un agotamiento estructural y de culpas compartidas, no solamente del régimen cubano, sino también de Estados Unidos. Sin embargo, esto responde también a una situación coyuntural: la captura de Nicolás Maduro, que profundiza esa escasez que Cuba ya venía arrastrando.
Sí, pero fíjate que ahí es interesante. No es tanto por la captura de Nicolás Maduro —que cambia muchas cosas en la política—, sino que para Cuba cambia concretamente que Venezuela ya no exporta más petróleo a la isla, y eso agrava la situación del combustible. Es importante decir también que esa crisis existía antes porque no todo el petróleo que iba de Venezuela a Cuba se quedaba allí. Hay una deformación estructural de la economía que no es más que el reflejo del problema político: el deseo de esa élite por controlar y enriquecerse. Entonces, eso produce todas estas deformaciones. Luego tú le pones encima una medida como la del 29 de enero, o le quitas el petróleo de Venezuela, y se produce una situación catastrófica; pero no es más que la extensión de un problema que ya existía.

¿Qué rol están jugando Rusia o China en este contexto de bloqueo de petróleo impuesto por Estados Unidos?
Concretamente, solo hacer declaraciones. Se ha estado hablando de un buque petrolero ruso que estaba por llegar; yo no tengo confirmación de eso y, hasta donde entiendo, es más que nada un rumor. El país más cercano a un apoyo materialmente visible era México, pero dejó de enviar petróleo después de la orden ejecutiva del 29 de enero y lo que hizo fue optar por enviar ayuda humanitaria.
¿Cuál es la percepción de los cubanos sobre esta tensión entre Estados Unidos y Cuba?
La están percibiendo como dice el dicho: “otra raya más al tigre”. La ven simplemente como un nivel más de gravedad en una situación que ya era suficientemente grave. No la perciben como un cambio radical. Cuando hablas con la gente te dicen que no hay ningún cambio, que es “lo mismo, pero peor”. Hay una sensación de que el Gobierno cubano debería tomar medidas para quitarse esa presión de encima, y que esas medidas deberían ser abrir realmente la economía y la política. El Gobierno debería hacer esos cambios y no empecinarse en seguir con esta retórica de “hundirnos en el mar” o que “si nos exterminan, resistiremos”. Es una retórica completamente fuera de lugar.
Algunos analistas consideran que el bloqueo podría derivar en un estallido social que haga caer al Gobierno. ¿Ves viable este escenario con el aparato represivo funcionando?
Hay una especie de fantasía, alimentada por algunos sectores extremos de la oposición y por la propaganda afín al régimen, de que el sentido último de estas medidas —de lo que el Gobierno llama bloqueo y yo llamo régimen de sanciones, porque no es un bloqueo efectivo— se hace para que la gente se tire a la calle y tumbe al Gobierno. Yo no lo creo así. El objetivo real de esas medidas es forzar al Gobierno cubano a abrir la economía, lo social y lo político. Es decir, forzar un cambio en ese régimen, no por la vía de que la gente se lance a la calle, sino logrando que ellos vean cercadas sus formas de enriquecimiento. Hay una tensión y unas presiones desde Estados Unidos destinadas al régimen, pero el régimen siempre encuentra una manera de escapar y de lograr que esos pequeños espacios de oportunidad sean nuevamente ocupados por personas cercanas al poder.
¿Descarta entonces un estallido?
Es algo muy difícil de pensar en este punto porque es un pueblo que está muy empobrecido. Un estallido social requiere no solo hartazgo, sino también condiciones materiales mínimas, como tener comida. Mucho más de la mitad de la población en Cuba está cocinando con carbón, y el carbón se ha vuelto casi un objeto de lujo por sus precios. La gente tiene que encontrar dinero para comprar carbón para cocinar, además de que no tiene electricidad, ni gas, ni agua. En esas condiciones, la teoría de que el estallido se produce cuando se llega al hartazgo no es tan así, porque ese hartazgo requiere condiciones mínimas de vida. Por otra parte, el nivel de represión es muy duro. No es que sea imposible; la población tiene mucha conciencia de que el principal causante de su sufrimiento es el Gobierno cubano, no Estados Unidos.

Vos advertías en un podcast que el eslogan “Patria o Muerte” se está haciendo literal; es decir, que el Gobierno lleva al extremo al pueblo. ¿Cómo avizorás la sobrevivencia de alargar más este bloqueo?
Insisto, “bloqueo” es un término políticamente cargado que no refleja la realidad del sistema de sanciones. Dicho eso, no quiero especular sobre el desastre de un horror. No sé cuántos días puede aguantarse así. Para mí la pregunta inquietante es cuánto están dispuestos a extender el sufrimiento del pueblo antes de tomar medidas que son demandadas, en primer lugar, por la sociedad cubana. La democratización del país y la apertura económica real a todas las personas —no solo a los “enchufados” a la cúpula— son demandas de la sociedad cubana que llevan años ahí y que llevaron a la gente a la calle el 11 de julio de 2021. Pretender ahora que esa discusión es solo entre el Gobierno cubano y el de Estados Unidos es olvidarse de que la gente en Cuba requiere esas cosas y las está pidiendo hace muchísimo tiempo.
Un acuerdo entre el castrismo y Trump es posible, como en Venezuela, pero puede que esos cambios no cambien nada en el fondo…
Es completamente posible. Ese es el miedo que tiene la comunidad cubana, tanto dentro como fuera. Marco Rubio ha dicho que tiene que haber un cambio económico. Trump, cada vez que ha hablado de Cuba, dice que los cubanos quieren regresar a su país; pero eso debe ser leído no en clave de solidaridad, sino en clave de una administración interesada en deportar a todas las personas latinas que pueda.
O sea, que una negociación podría incluir la deportación de cubanos, algo que el régimen probablemente aceptaría.
Eso es importante considerarlo. El Gobierno cubano tiene una larga experiencia en hacer cambios superficiales: cambiar lo que ellos quieren para no cambiar lo que deben. Ya lo hizo con Obama. La teoría de Obama era que, al abrir la economía, el sector privado traduciría sus necesidades en demandas políticas. Lo que pasó fue que el Gobierno controló quiénes podrían ser los beneficiarios y el alcance de esa apertura para reconducir todo hacia los actores que a ellos les interesaba. Parece claro que están negociando aperturas económicas, pero dudo que esa apertura vaya acompañada de una apertura política real.
La prioridad de una transición a la democracia no parece serlo para ninguno de los dos gobiernos
No creo que sea una prioridad para el Gobierno de los Estados Unidos, aunque Marco Rubio conoce la situación cubana mejor que nadie en esa administración y él sí puede tener un interés personal por su conocimiento. Pero para la administración en general, el interés sería deportar. Hay una intención de encontrar un acuerdo que no afecte necesariamente el problema estructural de base.
Pensar en una transición que pase por elecciones es complejo porque no hay un sistema de partidos. ¿Cuál sería la salida?
No se puede pensar en esto como procesos prístinos con un orden normativo. Las elecciones no son nunca el primer paso en una democratización; a menudo son el paso final. En medio hay dos pasos esenciales: la liberación incondicional de los presos políticos y el cese inmediato de todas las formas de represión política. Que nadie vaya a la cárcel por poner un cartel de “Abajo la dictadura”. Esas medidas deben ir a la par de procesos de democratización económica. Una vez logrado eso, la sociedad estará en posición de manifestar lo que desea y eso cambia el juego.
¿Es la primera vez que sentís que se está cerca de ese escenario?
Los cubanos ya no operamos con base en la esperanza porque ha pasado tantas veces que “parece que ahora sí”. Hay una posibilidad por lo que pasó en Venezuela; no imagino cómo el Gobierno va a salir de este problema a no ser que negocie con Estados Unidos. Se siente una posibilidad de cambio, pero soy cauta, porque la esperanza luego se paga deprimiéndose cuando las cosas no suceden.
¿Dónde ubicamos al aparato represivo y al Ejército en una posible transición?
Eso es una incógnita. Siempre se aspira a un quiebre dentro del Ejército, lo cual abriría la oportunidad a un cambio más controlado. No estoy segura de si pueda pasar. Si uno se guía por Venezuela —que es un país estructuralmente distinto—, esa era la apuesta y no ocurrió. En Cuba el poder es mucho más monolítico. Ahora mismo no hay muchas indicaciones de quiebre, pero lo interesante de estos procesos es que te puede saltar una sorpresa por donde sea. Son procesos extremadamente inciertos marcados por contradicciones que uno no veía y que pronto surgen.
¿Creés que se mantiene la fuerza simbólica de la narrativa de la Revolución en América Latina?
Hay un primer movimiento donde, ante la vocación intervencionista de Trump, Cuba se coloca nuevamente como la víctima. Y cuando digo Cuba, hablo del Gobierno cubano, porque siempre se presentan como iguales. Toda esa narrativa heroica del “faro de América” tiende a reforzarse por la propia nostalgia y utopía latinoamericana. Se refuerza también porque hay entidades trabajando para amplificar esa propaganda; esto no surge solo de gente romántica de los años 60, hay un trabajo para producir ese efecto. Pero luego vendrá un momento de complejización donde la diáspora tiene un rol fundamental: decir que Cuba no es esa imagen que el Gobierno insiste en proyectar. El pueblo cubano no es ese pueblo heroico dispuesto a morir por ideales; es un pueblo maltratado y hambriento que quiere un plato de comida, que no cree en ese Gobierno y se siente traicionado.
¿Cómo influye el cambio generacional en la isla?
Los que tienen 20 años no tienen fidelidad a la figura de Fidel Castro porque crecieron viendo cómo todas las promesas del socialismo se incumplían. La tradición histórica no les dice nada. Por otro lado, la generación anterior, la que puso su vida a favor del proyecto, es la que está más abandonada. Sufren la escasez extrema y la soledad porque sus hijos y nietos se han ido. Sus vidas dependen de las remesas de quienes se fueron del país, que ellos mismos ayudaron a construir. Hay una sensación muy fuerte de traición. Ahí es donde está la mayor pérdida de legitimidad del régimen.