¿Puede una oposición financiada convertirse en una oposición capaz de gobernar? En el caso nicaragüense esa pregunta toca uno de los problemas menos discutidos de la crisis política actual. La oposición no solo enfrenta la represión del régimen Ortega-Murillo, sino que también enfrenta una arquitectura de financiamiento que, aunque ha sido indispensable para su supervivencia, ha moldeado sus formas de actuar, hablar, organizarse y medir resultados.
Pero esta situación también ha tendido a profesionalizar a una parte de la oposición como sociedad civil, más que a fortalecerla como alternativa política capaz de construir poder, negociar una transición y gobernar. Ha producido legitimidad internacional y mantenido, a través de la denuncia, la vigencia de la causa, pero no ha convertido esa legitimidad en una organización política sólida o una coalición social, con oferta económica e incentivos de ruptura dentro del bloque que sostiene al régimen copresidencial. Esto no significa que la denuncia sea inútil. Al contrario, sin denuncia y sin presión, el régimen habría tenido mucho más margen para normalizar la represión
La lógica de sociedad civil opera desde un enfoque de incidencia originado de esa arquitectura financiera propuesta por la cooperación internacional, funcionando bajo un enfoque distinto al de la política. El primero busca visibilizar, sensibilizar, documentar, persuadir y presionar al régimen. Sus productos naturales son los informes, comunicados, campañas, foros, audiencias, reuniones, entrevistas, talleres y recomendaciones de política pública.
Además, no existe una cooperación internacional como bloque homogéneo. Hay cooperación estadounidense, europea, fundaciones privadas, organismos internacionales, y muchas otras más. Cada uno tiene prioridades, restricciones legales, lenguajes, indicadores, teorías de cambio y riesgos reputacionales; y, aun así, muchas agendas se complementan, pero también compiten. Un donante puede priorizar la documentación de abusos; otro, el liderazgo juvenil; otro, la libertad de prensa. Todo puede ser valioso, pero la suma de proyectos valiosos no produce automáticamente una estrategia política común.
La lógica política, en cambio, exige construir correlación de fuerzas. Sus productos son la organización política, el liderazgo, la disciplina partidaria, la construcción de base social, la representación de intereses, el programa, capacidad de negociación instalada y peso específico, alianzas, gestión de recursos propios, capacidad de gobierno y mecanismos para administrar conflictos. Desde esta perspectiva, una oposición puede tener un expediente moral impecable y, aun así, no ser un interlocutor inevitable si no representa sectores concretos ni puede alterar los costos del poder.
Así cuando los donantes compiten por las agendas y las organizaciones compiten por los fondos, la oposición corre el riesgo de convertirse en un Solentiname de proyectos: cada isla produce algo valioso, pero ninguna por sí sola construye un continente político. Una organización documenta violaciones de derechos humanos. Otra forma jóvenes. Otra acompaña exiliados. Cada una cumple indicadores, entrega reportes y justifica presupuestos.
Es decir, la clave está en que la lógica del proyecto tiende a premiar los entregables. Se cuentan talleres, participantes, reuniones, viajes, publicaciones, campañas, visualizaciones, beneficiarios y productos. Pero una transición política requiere resultados de otra naturaleza: adhesiones, fracturas del adversario, garantías, representación sectorial, capacidad territorial, confianza económica, interlocución con actores internos, reducción del miedo al cambio y acumulación de autoridad para gobernar.
Sin embargo, esto no debe leerse como una acusación contra la sociedad civil. Muchas organizaciones opositoras actúan como sociedad civil porque son sociedad civil. Vienen de ahí, conocen ese lenguaje, saben formular proyectos, manejar presupuestos, rendir cuentas y producir resultados. Además, en un contexto autoritario, esa vía ha sido a veces la única posibilidad de supervivencia.
¿Y los partidos?
A estos no les ha ido mejor, han sido cancelados, perseguidos, infiltrados, divididos o empujados al exilio. Organizar vida partidaria dentro del país se volvió extremadamente riesgoso. En el exilio, partidos como Ciudadanos por la Libertad (escisión del PLC), UNAMOS (escisión del sandinismo) y otros espacios opositores enfrentan enormes dificultades para financiar sus estructuras, cuadros, hacer comunicación, investigación, representación territorial y trabajo político sostenido. La cooperación, por razones legales y diplomáticas comprensibles, suele financiar democracia y sociedad civil, no maquinarias partidarias.
Ahí está el dilema. Si los recursos disponibles financian incidencia, la oposición aprende a incidir. Si financian memoria, produce memoria. Si financian formación ciudadana, hace escuelas. Si financian campañas, produce campañas. Pero un partido o bloque político necesita flujo de caja, estructura, mando, afiliación, territorialidad, poder de negociación, disciplina y representación de intereses.
También necesita hablar con empresarios, trabajadores, campesinos, jóvenes, iglesias, banca, empleados públicos, diáspora, proveedores del Estado, militares retirados, alcaldías, sectores productivos y actores que no necesariamente son democráticos por convicción, pero que pueden ser decisivos en una transición. Ortega entiende esto con crudeza. No negocia con quien tiene razón, sino con quien tiene peso específico. Su lectura no es democrática; es realista.
Por eso, la oposición nicaragüense necesita convertir el ecosistema de proyectos en una estrategia común de poder democrático. Eso implica alinear el financiamiento, agendas, capacidades y liderazgos alrededor de objetivos políticos concretos: construir una coalición social, formular una transición económica creíble, diseñar garantías para sectores no criminales vinculados al Estado, separar la justicia individualizada de la persecución colectiva, abrir canales con actores internos, ordenar la diáspora como capital político y económico, y preparar equipos de gobierno.
Por tanto, la democracia no puede ofrecer únicamente la restauración de la república. Debe ofrecer la reducción del miedo, acceso a oportunidades materiales y reglas claras para quienes hoy sobreviven dentro de una economía de acceso condicionado y bajo un régimen político capaz de ejercer la brutalidad para seguir sosteniéndose.
ESCRIBE
Diedrich Carrazco
Director Ejecutivo de la Asociación de Profesionales por la Innovación Social.