Eliseo Núñez
29 de octubre 2026

Energía, poder y geopolítica: cómo anticipar los riesgos que nos afectan

Foto de EFE de un buque petrolero.

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Te sentás frente al televisor o comenzás a revisar las noticias en el teléfono: Aranceles, guerras, sanciones económicas, disputas por energía, bloqueos o amenazas sobre rutas comerciales. Ves las imágenes, escuchás a los analistas y quizá hasta das gracias a Dios por vivir en una región alejada de esos conflictos.

Al día siguiente volvés a tu rutina. No importa si sos dueño de una pequeña empresa, empleado de una mediana, trabajás por cuenta propia o simplemente tratás de mantener en orden las cuentas de tu casa.

Y entonces las consecuencias comienzan a aparecer.

El combustible cuesta más. Algunos productos también. Si tenés una empresa, transportar o producir empieza a costarte más; si trabajás para una, escuchás que un proveedor vuelve a revisar sus precios, que los márgenes se reducen o que determinada inversión tendrá que esperar. Como consumidor la cosa es todavía más sencilla: el mismo ingreso comienza a alcanzar para menos.

Preparando recomendación…

El conflicto sigue estando a miles de kilómetros. Sus consecuencias, no. Es ahí cuando descubrís que la geopolítica nunca estuvo tan lejos como parecía.

Durante mucho tiempo la vimos como un asunto de grandes: gobiernos, diplomáticos, militares, universidades y corporaciones multinacionales. El problema es que sus costes no se quedan en Washington, Bruselas, Pekín o Moscú. Viajan a través de la energía, el comercio, el transporte, los precios y las expectativas hasta terminar en lugares mucho menos sofisticados: una pequeña empresa, un puesto de trabajo o la cuenta del supermercado.

Y aquí aparece una primera paradoja: quienes menos capacidad tienen para influir sobre las grandes decisiones geopolíticas pueden estar entre quienes reciben con mayor fuerza sus consecuencias.

Un mundo que creímos más seguro

En realidad la geopolítica nunca desapareció, quizá simplemente llegamos a pensar que podíamos mantenerla bajo control.

El mundo que surgió después de la Guerra Fría apostó con fuerza a la interdependencia. Producir una pieza en un país, transformarla en otro, ensamblarla en un tercero y vender el producto final a miles de kilómetros dejó de parecernos extraordinario. Era simplemente la forma eficiente de hacer las cosas.

Y había una lógica política detrás de todo aquello: si dependemos unos de otros, tendremos menos incentivos para pelearnos. Si una guerra destruye también tus mercados, tus proveedores o tus propias cadenas de producción, el coste de comenzarla aumenta.

La idea no estaba mal. De hecho, durante bastante tiempo funcionó razonablemente bien.

Europa probablemente llevó esta apuesta más lejos que nadie. Después de siglos de guerras, fronteras en disputa y competencia entre potencias, apostó por integración, comercio, instituciones comunes y reglas. Su enorme peso económico y cultural le permitió además moverse hacia una posición en la que parecía posible ejercer influencia sin estar permanentemente inmersa en la vieja lógica de la fuerza.

Era, si se quiere, una posición bastante cómoda.

El problema fue pensar que todos llegarían a la misma conclusión.

Porque la interdependencia tiene una pequeña trampa: aquello que nos conecta también puede hacernos vulnerables.

Si necesitás algo que otro produce, dependés de él. Si tu industria necesita una materia prima que se concentra en pocos países, dependés de ellos. Si tu energía llega por un gasoducto, ese gasoducto no es solamente una obra de ingeniería. También es una relación de poder.

Los académicos pueden discutir si estamos viendo un regreso del realismo, una crisis de la interdependencia o una etapa de fragmentación geoeconómica. La discusión es interesante y necesaria, pero para efectos prácticos quizá podamos simplificarla: las grandes potencias han vuelto a utilizar comercio, tecnología, finanzas, energía y acceso a recursos como instrumentos de poder.

El Fondo Monetario Internacional habla precisamente de “fragmentación geoeconómica” y advierte que sus costes pueden transmitirse a través del comercio, los flujos de capital, la migración y la difusión tecnológica.

En otras palabras, la globalización no desapareció. Sigue ahí.

Lo que cambió es que empezamos a descubrir que la misma red que utilizamos para comerciar también puede utilizarse para presionar.

Estados Unidos y China compiten por mercados, tecnología, cadenas de suministro y capacidad para influir sobre las reglas del sistema internacional. Rusia, por su parte, volvió a colocar territorio, seguridad y áreas de influencia en el centro de la discusión europea. Y Europa se encontró teniendo que revisar algunas de las dependencias que hasta hace algunos años parecían más una ventaja económica que una vulnerabilidad estratégica.

La economía no sustituyó al poder. Terminó convirtiéndose también en uno de sus instrumentos.

Y al final todo necesita energía

Aquí la cosa comienza a ponerse todavía más interesante.

Porque debajo de las grandes discusiones sobre inteligencia artificial, comercio mundial, digitalización, transición energética o autonomía estratégica aparece una necesidad bastante más antigua: energía.

Durante el siglo XX esto era fácil de entender. Petróleo y gas significaban poder. Había que controlar yacimientos, asegurar rutas marítimas, construir oleoductos y gasoductos y garantizar que la energía llegara desde el lugar donde se producía hasta el lugar donde se necesitaba.

Podríamos pensar que la revolución tecnológica cambió aquella ecuación.

La verdad es que la hizo más compleja.

Hoy sigue siendo fundamental producir energía, pero también necesitamos transportarla y, algo cada vez más importante, almacenarla para utilizarla dónde y cuándo la necesitamos.

Y aquí aparece el litio.

Una batería hace algo conceptualmente extraordinario aunque estemos tan acostumbrados a ella que ya ni lo notemos: permite almacenar energía y llevarla con nosotros. Lo vemos en un teléfono o un ordenador, pero la misma lógica está detrás del vehículo eléctrico y de sistemas mucho mayores de almacenamiento.

Entonces el mapa comienza a cambiar.

No desaparecen petróleo, gas, oleoductos, gasoductos ni rutas marítimas. A ese viejo mapa simplemente se le superpone otro: litio, cobre, níquel, cobalto, grafito, tierras raras y, tan importante como poseer el mineral, capacidad para procesarlo y convertirlo en algo útil.

La Agencia Internacional de la Energía identifica precisamente litio, cobre, níquel, cobalto, grafito y tierras raras entre los minerales relevantes para las tecnologías energéticas y advierte sobre riesgos derivados de la concentración de estas cadenas de suministro.

Aquí vale la pena detenernos un momento.

El recurso estratégico ya no es solamente aquel que permite producir energía. También importa aquello que permite almacenarla, transportarla y utilizarla cuando la necesitamos.

Y falta todavía una pieza: la tecnología.

Durante años hablamos de la economía digital como si estuviera progresivamente desprendiéndose del mundo físico. Datos, nube, algoritmos, inteligencia artificial. Hasta el lenguaje parece inmaterial.

Pero la nube no flota.

Detrás hay edificios, servidores, semiconductores, sistemas de refrigeración, tendidos eléctricos y una enorme cantidad de electricidad.

No hay inteligencia artificial sin energía. La Agencia Internacional de la Energía señala expresamente esa relación entre IA, centros de datos y electricidad. En 2026 informó que el consumo eléctrico de los centros de datos había crecido un 17 % en 2025 y proyectó que podría duplicarse hacia 2030, mientras el correspondiente a centros enfocados en IA podría triplicarse.

La nube, después de todo, también toca tierra. Y cuando juntamos todas estas piezas empiezan a entenderse mejor algunas cosas que vistas por separado parecen no tener relación: petróleo, gas, electricidad, litio, baterías, semiconductores, centros de datos, rutas comerciales e inteligencia artificial.

Todo forma parte de infraestructuras sobre las cuales se construye poder económico.

Por eso tampoco resulta extraño que las grandes potencias busquen asegurarlas.

Europa, por ejemplo, convirtió la diversificación energética en un asunto explícito de seguridad. El Corredor Meridional de Gas lleva gas desde Azerbaiyán hacia Europa a través de Georgia, Türkiye, Grecia y Albania. Según la Comisión Europea, los suministros de gas desde Azerbaiyán hacia la Unión Europea aumentaron más del 40 % entre 2021 y 2024.

Esto no quiere decir, por supuesto, que cada guerra sea por petróleo, litio o gas. Sería demasiado fácil y generalmente las explicaciones fáciles en geopolítica terminan siendo equivocadas.

Lo que sí quiere decir es que la geografía de la energía vuelve a coincidir cada vez más con la geografía del poder.

Pero volvamos a los pequeños

Porque podemos seguir hablando de China, Estados Unidos, Rusia y Europa, pero corremos el riesgo de terminar exactamente donde comenzamos: viendo todo esto como un enorme juego entre potencias que ocurre muy lejos de nosotros.

No lo es.

Una sanción cambia las condiciones bajo las cuales se comercia determinado producto. Un conflicto puede alterar una ruta. Una disputa comercial puede imponer un arancel. Una decisión política puede obligar a una empresa a buscar otro proveedor. Un problema energético puede trasladarse al transporte y de este a los precios.

Las cadenas de suministro, por supuesto, se adaptan. La Organización Mundial del Comercio ha descrito precisamente esa capacidad de adaptación frente a perturbaciones recientes en energía, fertilizantes y transporte.

Pero decir que el mercado se adapta no significa que la adaptación sea gratis.

Tampoco significa que todos tengamos la misma capacidad para hacerlo.

Una gran corporación puede diversificar proveedores, contratar especialistas, mover operaciones entre países, cubrir algunos riesgos financieros y mantener equipos dedicados a analizar qué está pasando.

Una pequeña empresa difícilmente tiene las mismas herramientas.

El trabajador tiene todavía menos.

Y el consumidor termina haciendo lo que puede: ajusta el presupuesto.

Es aquí donde, a mi juicio, el análisis de entorno deja de ser un lujo reservado para gobiernos, grandes empresas o universidades.

No necesitamos adivinar el futuro. De hecho, desconfiaría bastante de cualquiera que diga que puede hacerlo.

Lo que necesitamos es reconocer posibilidades.

¿Qué ocurre si este conflicto escala?

¿Qué pasa si se cierra temporalmente esta ruta?

¿Qué pasa si Estados Unidos o China restringen determinado producto?

¿Qué pasa si el petróleo sube o baja?

¿Qué pasa si la tensión disminuye?

Y aquí viene la parte importante: ¿qué señales tengo que observar para saber hacia cuál de esos escenarios nos estamos moviendo?

Eso es muy distinto de predecir.

La propia Agencia Internacional de la Energía, por ejemplo, trabaja con distintos escenarios para analizar posibles futuros del sistema energético mundial.

Una pequeña o mediana empresa obviamente no necesita construir modelos con esa complejidad. Pero el principio es exactamente el mismo: información, escenarios, indicadores y decisiones.

Un buen análisis no elimina la incertidumbre. Tampoco pretende hacerlo.

Lo que hace es reducir el tiempo que necesitamos para darnos cuenta de que algo está cambiando y permitirnos pensar qué hacer antes de que todo el mundo esté intentando hacer exactamente lo mismo.

Y eso nos lleva a un último asunto que me parece importante.

La política es de todos. El análisis político es un oficio.

Todo ciudadano tiene derecho a opinar, participar, defender una causa, apoyar a un candidato o rechazar a un gobierno. Pero opinar sobre política y analizar políticamente una situación no son exactamente la misma cosa.

El segundo requiere información, método, contraste de hipótesis y, quizá lo más difícil de todo, estar dispuesto a aceptar que la realidad contradiga lo que uno quería que ocurriera.

Por eso no es lo mismo escuchar a un candidato explicando el mundo que escuchar la opinión de un ciudadano o la advertencia de alguien que está analizando un riesgo. Todos tienen derecho a hablar y pueden incluso hablar sobre el mismo acontecimiento.

Pero no están haciendo lo mismo.

Y quizá debamos aprender a distinguirlos mejor, porque la incertidumbre dejó de ser solamente un problema de gobiernos o grandes corporaciones.

Llegó bastante más abajo.

No hay que caer tampoco en el catastrofismo. El mundo se adapta. Los mercados encuentran otros proveedores, aparecen nuevas tecnologías y las empresas buscan soluciones. Ya ha ocurrido antes y seguirá ocurriendo.

Pero resiliencia no significa inmunidad.

El mundo ha entrado en un periodo de mayor incertidumbre. Vendrán tiempos más estables. Estos no parecen serlo. Mientras llegan, nuestra obligación no es adivinar el futuro, sino aprender a reconocerlo con suficiente anticipación para no recibirlo completamente desprevenidos.

ESCRIBE

Eliseo Núñez

Abogado con más de 20 años de carrera, participa en política desde hace 34 años sosteniendo valores ideológicos liberales.