En la serie fotográfica del traspaso de poderes de Gloriana Ximendaz, una foto resalta: en primera fila, dos mujeres y un niño, con los ojos cerrados y una mano en el aire, una expresión propia del culto evangélico. La imagen da cuenta de un tema en el que podríamos detenernos por horas: el culto político, un fenómeno que se cocina en los caldos de la creciente desconfianza en las instituciones y en el cual, a través de una figura carismática y antisistema, un grupo con intereses de dominación realiza un proceso de adoctrinamiento que capitaliza sobre el descontento popular para construir proyectos políticos sustentados en lo que Heinz Kohut llamó la “ira narcisista” (una conducta que según el autor conduce a ciertos grupos proclives a la manipulación a abandonar las creencias y normas tradicionales de convivencia y a optar por posturas más violentas y radicales).
La imagen lo dice todo. No hay mucho más qué agregar alrededor de la simbología documentada por la fotógrafa en un momento preciso y que, en conjunto con el resto del trabajo publicado se constituye en un corpus completo, un tratado cohesivo cuya narrativa cumple, por sí sola, con el objetivo de la autora: contarnos que en Costa Rica, en la actualidad, el culto a la personalidad y la ira narcisista son los dos pilares sobre los que se sostienen la política y el debate público. No parece hacer falta más.
En ese contexto, la imagen que recorre las redes sociales con diversos descargos de responsabilidad que se pueden resumir en “este es un montaje con IA de una foto que se tomó en el Estadio Nacional durante el traspaso de poderes” se me antoja excesiva e irresponsable más que efectista. No sé quién la publicó primero, ni cuál es la fuente. Pero durante los últimos días me ha aparecido con una frecuencia preocupante en el feed. Parece una combinación de varias fotos, en las que se mantienen las figuras predominantes de dos mujeres y un niño, con los ojos cerrados y una mano en el aire como si estuvieran en un culto evangélico. En esta versión re-imaginada por un generador de imágenes automatizadas, hay varios carteles en los que el grupo de adoradores en cuestión alaban de forma concreta a un partido político específico (en ninguno de los descargos de responsabilidad he leído el nombre de la autora de las fotos originales y no sé si se obtuvo su consentimiento previo para modificarlas con IA).
Tal vez a algunas personas podría parecerles que mi preocupación es exagerada o fuera de lugar. Pero creo que es muy importante que quienes en este momento nos posicionamos como oposición, nos entendemos como socialdemócratas y miramos con preocupación el proyecto político que lleva las riendas de nuestro país, reflexionemos sobre los desórdenes de información y el papel que la inteligencia artificial ha comenzado a jugar en los últimos años en el terreno de la discusión pública.
En octubre del año pasado, un estudio publicado por la revista Futurism revelaba que para ese momento más del 50% de la información escrita publicada en internet había sido generada con inteligencia artificial. Las estadísticas son muy reveladoras: en la actualidad se estima que más del 70% de las imágenes compartidas en redes sociales son generadas con IA, y que casi el 60% de la información falsa que recorre la internet también ha sido generada con herramientas de IA. Un problema ya conocido y estudiado durante años se ha visto amplificado por la facilidad con la que es posible crear contenido a través del uso de herramientas como ChatGPT. Frente a esta realidad, es necesario preguntarnos qué papel queremos desempeñar en el escenario actual de los desórdenes de información, y cómo podemos actuar para prevenirlos.
Hablemos de desórdenes. Estamos ante un escenario complejo: nuestros ecosistemas informativos se ven cada vez más contaminados por la desinformación, la información errada y la malinformación, tres tendencias que en conjunto generan desórdenes informativos muy difíciles de controlar y combatir. Reconstruir tejidos informativos saludables debiera ser prioridad para las personas y organizaciones que trabajamos en iniciativas de justicia social y cuestionamos el poder. Por esto me resulta incomprensible el uso indiscriminado que muchas personas conocidas y queridas, muy inteligentes y críticas, vienen haciendo de la IA desde que ChatGPT se popularizó a finales del 2024.

Las tecnologías digitales son una herramienta valiosa: nos permiten llegar a más lugares, acceder a más información, comunicarnos de manera dinámica, compartir con personas de otras comunidades. Y todo esto tiene su contra cara: los mapas que nos ayudan a movilizarnos de manera práctica y evitando presas también se utilizan para vigilar y controlar a poblaciones en territorios en conflicto; la calidad de la información a la que accedemos en línea es cada vez más baja, pues los algoritmos de los motores de búsqueda priorizan la monetización por encima de la calidad; la vigilancia de fuentes abiertas (OSINT) es cada vez más común en los estados con tendencias autoritarias; muchas comunidades digitales crean vínculos a través de la antes mencionada “ira narcisista”.
Vale la pena que problematicemos y abordemos de manera crítica el uso que le damos a la tecnología. Es sumamente importante, en un escenario como el actual, que revisemos nuestras prácticas cotidianas y cuestionemos la normalización del uso de herramientas que históricamente han venido contribuyendo con la creación de ecosistemas informativos enfermos y débiles, en los que las voces autoritarias y el fascismo encuentran un semillero de seguidores y simpatizantes.
No podemos darnos licencias morales. Aunque persigamos un fin noble (informar de manera crítica e invitar a la reflexión a las personas con las que hemos construido nuestras comunidades digitales), el fin no justifica los medios. Tergiversar la información, contarla a medias, manipular imágenes para que nos permitan reforzar nuestros argumentos: eso también es malinformar. Esta es una invitación a la reflexión y al diálogo: podemos imaginarnos ecosistemas informativos más saludables y construirlos con el ejemplo, asumiendo la responsabilidad de desarrollar prácticas comunicacionales centradas en la ética y el cuido de nuestro entorno. Debemos acercarnos a la tecnología con ojo crítico y preguntarnos quién se beneficia con tanta conveniencia porque la experiencia humana real no está libre de fricciones. El mundo que las grandes empresas tecnológicas nos quieren vender: rápido, práctico, automatizado y libre de problemas no existe. Siempre que nos toque, construyamos la información de calidad que nos gustaría consumir.
ESCRIBE
Adriana Sánchez
Filóloga y chef panadera, he dedicado los últimos 20 años a la investigación gastronómica en diferentes áreas, en especial la producción agropecuaria, la cadena de distribución de productos locales y el desarrollo de recetas inspiradas en la tradición local, utilizando como base ingredientes frescos producidos en nuestro país. Trabajo en comunidades, en proyectos que buscan fortalecer la identidad y revalorizar el conocimiento gastronómico local, especialmente con grupos de mujeres. Como parte de mi trabajo con Críti.ca, he apoyado a diferentes grupos y redes de colaboración que trabajan en la intersección de los derechos digitales y la justicia social en diversas partes del mundo.