José Rubén Zamora

José Rubén Zamora
14 de enero 2024

Kermesse memorable


El viernes 22 de diciembre fue para mi un día fantástico: por tercera vez en 540 días, con orden judicial, pude salir a visitar a mis médicos para conocer el diagnóstico de mi columna y por primera vez en los últimos cinco años, a mi querido dentista y amigo de toda la vida.

El día inició con los mismos rituales que los días que me conducen a las audiencias en tribunales: a las 3 y media de la madrugada un regaderazo de agua congelada, luego de rasurarme y lavarme los dientes, a las 5:30 a.m. ya listo para salir de la sección de aislados de Mariscal Zavala, de la que soy su único habitante, hacía tres diferentes clínicas de la capirucha. A las 7 a.m. fui esposado en la puerta de la bartolina y conducido junto a otros presos y los seis guardias que me custodian a nuestros numerosos y distantes destinos, arduo y extenuante trabajo que se suele realizar rutinariamente en una o dos de las escasas patrullas de las que dispone el sistema penitenciario. Sólo la habilidad, coordinación y destreza de los pilotos hace posible que los presos, los custodios y los propios pilotos regresen 15 o 16 horas más tarde, sin nada en el estómago, a dormir agotados, hambrientos y sedientos a sus respectivos centros de reclusión.

A las 8 a.m estaba ingresando en el la clínica de mi connotado neurocirujano, el Doctor Ruy Gil Rohrmoser, donde no solo me recibió como si fuese un ser humano notable, me dio muy buenas noticias -mi admirado paisano Grijalba se me va a poner nervioso- sino que me inundó generosamente de medicinas gratuitas, además de que, con diplomacia y espíritu sutil, sin que se notará no me cobró. Incluso se tomó la molestia de llamar a mis otros médicos tratantes para conversar de mi condición.

Al salir del edificio, con los seis guardias que me acompañan en todo momento, la patrulla estaba ahí esperando. El sentido común del piloto y francamente su experiencia empírica en operaciones y logística lo hizo ir a dejar a el segundo recluso y regresar a esperarme, pues el destino del tercer preso era Amatitlán. Partimos a Vista Hermosa II y localizamos el edificio (nuevo para todos) de mi segunda cita, donde me dejaron y se fueron muy de prisa. Mi segunda cita fue con la carismática y muy competente joven Doctora Aycinena. Desde la entrada del edificio los agentes de seguridad privada y el joven señor responsable de la administración, con exceso de educación y simpatía, me guiaron a los elevadores y marcaron el piso del centro de rehabilitación. Dos distinguidas pacientes que estaban en el centro lejos de asustarse por llegar esposado y con seis guardias, me reconocieron, me saludaron afectuosamente y fueron muy empáticas. La Doctora me examinó, me dio indicaciones y me pidió regresar en 30 días. Bajamos los seis pisos y buscamos la salida trasera del edificio con la creencia que habría menor densidad de gente y sobre todo de tráfico.

En el camino hacia afuera tropecé y abracé a Rodrigo Zarco por un instante. Ambos reímos. El administrador se percató de nuestra salida y nos acompañó como si fuésemos visitantes muy importantes. Yo estaba perplejo y agradecido. Salimos a esperar el pick-up doble cabina — Gallo-Gallina — del sistema penitenciario de su regreso de Amatitlán. Esperamos de pie de 11 a.m. a 1:45 p.m. Casi tres horas, como inevitablemente suele suceder, pues presidios dispone únicamente de uno o dos vehículos por día para centenas de viajes incesantes que realizan sólo en el departamento de Guatemala.

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No llevábamos ni 10 minutos afuera cuando vi venir una persona que me parecía conocida, pero más fornido y más joven: sin embargo, era mi gran amigo Justo Abascal rejuvenecido 20 años y más galán. No obstante lo difícil que es abrazar con esposas, nos abrazamos, “parrafeamos” y nos pusimos al día. Conocidos y desconocidos empezaron a pasar en sus vehículos, lentamente, saludando con cariño. Repentinamente el lugar que en apariencia era poco transitado se congestionó y transformó en uno de hiperdensidad: tocaban bocinas, bajaban el vidrio, me saludaban. Paraban el vehículo a medio camino y se bajaban a abrazarme. Otros aparcaban bien y me abrazaban. Anita McKswiny Widman, a quien quiero muchísimo, fue una de ellas. Tan guapa como todas las mujeres Widman. Un joven papá con un hijo muy lindo, me saludó y me dijo que su suegro me quería mucho, cuando me dijo su nombre, le expresé que yo lo quería y admiraba aún más.

Se fue a pie con prisa y unos 15 minutos después regresó con Hugo Maul papá, su distinguida y guapa señora, y sus bellos niños: tres generaciones de una misma familia me llenaron de afecto y cariño. Además, nos trajeron botellas de agua pura y gaseosas. Pude expresar a Hugo Maul papá, con su esposa y su yerno de testigos cuanto lo respeto y estimo y que tengo la convicción de que Hugo Maul hijo sería un gran presidente del Banco Central y de Guatemala. Mi entrañable amigo Hugo — papá — nos contó que recién graduado de abogado, cuando ni él imaginaba que sería Presidente del Organismo Judicial y de la Corte Suprema de Justicia, esto lo añado yo, el régimen fascista de turno lo metió preso y que su padre quería que abandonara el ejercicio de leyes. Nos despedimos muy contentos y felices.
En el primer piso del edificio hay varios restaurantes y cuatro o cinco meseros que me conocían de antes, en otros restaurantes, salieron a saludarme. Fue una experiencia intensa pero feliz.

A la 1:45 p.m. muy asoleado pero muy contento custodiado por los guardias partimos para Multimédica donde mi querido dentista, el Dr. Rafa Mejicanos Díaz nos esperaba. En la entrada del lobby tuvimos que superar el “síndrome de las Termópilas o de Leónidas” que experimentó un agente de seguridad privada que me dejó pasar a mí sin problemas, pero no a mis custodios. Rafa envió una persona y llegó su propio jefe que le enseñó la orden del tribunal y a regañadientes nos dejó pasar. Nos dieron un delicioso café y de inmediato pusieron sus engranajes a trabajar: tomografías, rayos X, una revisión y examen directo de Rafa que no encontró caries y su asistente me hizo una limpieza cuidadosa. Me dijeron que me sigo lavando muy bien los dientes y me pusieron tres estrellitas en la frente. Terminamos la cita a las 5 p.m. y nos despedimos. Salimos a esperar el transporte que debe haber llegado a las 8 p.m. Salimos finalmente con destino final en Mariscal Zavala.

Debo decir que en las tres salidas médicas la mayoría de médicos no me han cobrado, todos me han regalado las medicinas que me recetan y además me han regalado dinero. Siempre he sido pródigo para regalar, sin embargo, no me gustaba, sufría y me costaba recibir regalos. Ahora, ante la avalancha, con humildad, alegría, agradecimiento y alguna inevitable vergüenza he recibido regalos, centenas de libros, comida, dinero de mis extraordinarios y excepcionales familiares, amigos, médicos, campesinos, pastores, sacerdotes, estudiantes y de mis colegas periodistas, y de la mayoría de los colegas trabajadores cuyos esfuerzos coordinaba en elPeriódico.

Los guardias como suele suceder por norma, no desayunaron, no almorzaron, ni cenaron. En el camino de regreso a Mariscal se pusieron a escuchar Maná y me atreví a pedirles “como quisiera poder vivir sin aire; pero no puedo…” y llegue a mi destino extenuado, sintiéndome querido y feliz, después de un día espléndido y memorable.

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José Rubén Zamora

Fundador de elPeriódico de Guatemala. Preso político del Estado de Guatemala, y uno de los 60 héroes del mundo de la libertad de Prensa.