Este 19 de julio de 2025, Nicaragua recordará una vez más la victoria de una revolución. Pero hay una historia que jamás podrán borrar, y sin duda, es la de aquellos hombres y mujeres que combatieron con todas las fuerzas de su juventud por una Nicaragua Libre.
De esa generación, la generación de los señores rotos la llamo yo, porque son sin duda personas muy adultas y muy dañadas. No solo por una guerra, sino por un camino de dolor, de traumas, de desprecio, de olvido, de una realidad muy fría que muchos decidieron dejar atrás. En cambio, otros se rebelaron ante esta realidad dictatorial, sufriendo hoy en carne propia lo que un par de dictadores pueden hacer.
Desde muy pequeña crecí escuchando relatos de una guerra fría. Mi papá, con su responsabilidad y tacto, pero sobre todo honestidad, me habló desde sus temores y también verdades. Así, armada con sus experiencias y mi propia observación, pude forjar mi postura ante el gobierno que en ese momento no tenía la fuerza con la que cuenta hoy; un gobierno que prometió libertad pero que encarna la peor opresión que la que combatieron.
Detrás de muchas historias crueles, también crecí con relatos de valentía, de hermandad, de ese “compañerismo” intachable que en algún momento pudo identificar a las y los combatientes del Frente Sandinista de Liberación Nacional. Otras narrativas, sin embargo, estaban marcadas justamente por un compañerismo roto y asesinado, en otros casos fraudulento y mezquino. Una de tantas historias, uno de los mejores amigos de mi papá, un niño de solo 13 años, fue asesinado por un francotirador de la Guardia Nacional por la esquina de repuestos Brenes en Matagalpa. Sin duda, un evento que marcó profundamente a mi padre y por supuesto a la ciudad. Pero sobre todo al también niño de 12 años que vivió en carne propia el asesinato de su mejor amigo, compañero de clases y también vecino. Uno de tantos niños asesinados en aquel entonces.
En Matagalpa, mi pueblo histórico y aguerrido, cuna de mujeres y hombres valientes, que desde la infancia (tristemente) dan su honra y valentía por un país completamente ensangrentado. De ahí nacieron los cachorros de Sandino, un batallón de adolescentes, en su mayoría niños, que dieron más que su juventud por su país. Dieron su inocencia, sus estudios, sus familias, y sobre todo, sus futuros. A pesar de su increíble aporte a la revolución sandinista, de su legado, su historia y sobre todo su título de “cachorros de Sandino”, el olvido y el desconocimiento por parte del partido y la revolución fue lo que les deparó el resto de sus vidas. Algunos los alcanzó la muerte, otros quedaron lisiados, enfrentados a la pobreza, con múltiples adversidades incluso para acceder a atención médica o una pensión. Recuerdo a mi papá viajando a Managua un par de ocasiones para marchar con otros excombatientes, exigiendo una pensión digna, muchas veces sin resultado alguno.
Mientras ciertos personajes han estado del timbo al tambo, estos que combatieron con la esperanza de un cambio verdadero en el país y no en sus economías, los ha alcanzado el olvido, el suicidio, la muerte e incluso algunos, la cárcel política por ser fieles disidentes al opresor.
Quienes han enfrentado a este régimen desde hace años y han resistido desde distintas trincheras, hoy permanecen en celdas ocultas, envueltas en el resentimiento y el rencor de quienes jamás podrán vencer la verdadera memoria: la de lo que es, fue y seguirá siendo luchar con y por la dignidad.
¡Libertad para los presos políticos de Nicaragua!
ESCRIBE
Sadie Tamara Rivas Siles
Tiene 25 años de edad y es activista ecofeminista, refugiada política y comunicadora originaria de Matagalpa.