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Alfonso Malespín
9 de Junio 2026

La historia no los absolverá


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Soy un baby boomer nacido en Nicaragua, en el mismo año cuando los Barbudos llegaron triunfantes a La Habana. Así que fui uno de los niños de la época revolucionaria del mundo, de cuando en América Latina las dictaduras eran los garantes de los intereses anticomunistas de los Estados Unidos y en África los negros luchaban por independizarse de las cadenas coloniales europeas.

Uno de los recuerdos de mi infancia eran las voces que llegaban por la radio desde sitios lejanos como París, Moscú, Washington, La Habana, México, Paraguay y Bolivia. Las rebeliones estudiantiles, las luchas obreras y las revoluciones eran los grandes temas, a la par de la guerra en Vietnam y la competencia de los vuelos espaciales entre gringos y soviéticos.

De entonces se grabaron en mi memoria consignas que encontraba bonitas, musicales y heroicas, como “¡La imaginación al poder!”, “Seamos realistas, pidamos lo imposible”, “¡Prohibido prohibir!”, “Haz el amor y no la guerra”, “No puede dormir tranquilo el que ha abierto los ojos”.

También de esos años recuerdo una explicación que le escuchaba a mi papá en sus rondas de pláticas, tragos y tabaco con sus amigos. La economía marcaba la construcción del modelo político, y las relaciones entre quienes producían las riquezas y quienes se quedaban con la mayor parte del pastel.

Preparando recomendación…

La ilusión de aquel grupo de hombres, a quienes también los unía su afición por el béisbol, era que la revolución en Cuba produciría una democracia ejemplar para el continente. Eran los años en que Che Guevara era el santón de la revolución que andaba un día en Guatemala, otro en México, después en Cuba, África y más tarde en América del Sur sembrando la semilla del cambio que inevitablemente habría de llegar.

Pobres hombres. Pobre Che. Si vivieran en 2026 se les caería la mandíbula al ver cómo han terminado la revolución en Cuba y su imagen. El Che es apenas una serigrafía o un poster. El mito se derrumba como las casas de Cuba al saberse que ese, a quien nos presentaron como médico, en realidad no lo era. Que era un cochino al que no le gustaba asearse. Y que – como Fidel – quería a las mujeres solo en su cama.

El gran proyecto de Fidel, la gran esperanza de América Latina, como casi todos los sueños latinoamericanos, ha fracasado. Ya queda tan poco. Es un muerto que aparenta no darse cuenta de que hiede.

Puede discutirse lo que se quiera sobre el rol de los Estados Unidos en la calamidad que Cuba es hoy. Pero la principal responsabilidad recae sobre el Partido Comunista de Cuba (PCC) y sobre quienes desde el gobierno dirigieron la isla hacia el despeñadero. No aceptarlo es ser infantil, inmaduro.

Su mala noción de la economía no cambió en seis décadas a pesar de que desde el inicio no pegaron ni una. El primero en fracasar fue el Che. Esa fue una de las razones por las que Fidel se deshizo de él. Luego llegaron una serie de políticas malas. Cuba pasó de tener cien ingenios azucareros a media docena. Las praderas que se poblarían con vacas mega productoras de leche son un mal chiste que los jóvenes cubanos de hoy no entienden. El tabaco y la caña de azúcar están en mínimos después de ser las estrellas del firmamento cubano. La industrialización del Interferón, que sería la contra milagrosa para el VIH y la COVID19, fue un remedo de piedra filosofal caribeña.

El hambre fue ganando espacio poco a poco, a pesar de la propaganda. Pero sigue siendo prohibido salir a pescar alrededor de la isla, porque cualquier cubano en lancha es un posible migrante. Y sigue siendo prohibido matar una vaca, no porque sean hindúes, sino porque el estado socialista así lo decidió. ¿Qué socialismo es ese? Hay vacas, pero la gente sufre desnutrición por falta de proteínas.

En 1991 tuve la oportunidad de visitar Cuba por primera vez. Estaban pronto a comenzar los Juegos Panamericanos. Todo el cemento de Cuba se había gastado en ese megaproyecto y en la construcción de una planta atómica que estaba detenida hasta nuevo aviso. La segunda vez que regresé ambas obras estaban abandonadas y el monte crecía por todos lados. La tercera vez que llegué eran ruinas inmensas.

En esa primera visita aprecié el desprecio hacia los gays y, sobre todo, hacia los gays contagiados con VIH. Los habían aislado en una villa y con ellos experimentaban un tratamiento que, según ellos, los curaría o al menos mantendría con vida. Se llamaba Interferón. Tres décadas después volverían a probarlo en los tiempos de la Covid19.

La intolerancia era similar hacia todo el que osara pedir democracia, derechos humanos o libertades civiles. Me explicaba un periodista de Granma que esos eran agentes del Imperio. Yo le decía que entre la política de un solo partido y todo dentro y para el estado no se diferenciaba para nada de las propuestas de Benito Mussolini. No le hizo gracia al colega.

Cuba es hoy un lamento comparable con Haití o cualquier estado fallido del África. Ya no hay socialismo, lo que queda es una gerontocracia vestida de verde olivo y con millones de dólares debajo de sus almohadas. No es así para el cubano de a pie. Los jóvenes youtubers muestran que la necesidad de dinero es tan grande que a veces los bancos se quedan sin billetes.

Pero los mandamases siguen jurando que morirán con sus botas puestas, aunque tengan que arrastrar con ellos a once millones de cubanos al fondo del Mar Caribe.

¿Es eso justo? ¿Es acaso digno?

Soy un baby boomer nacido en Nicaragua el mismo año en que Fidel llegó triunfante a La Habana. Espero tener suficiente vida para ver al pueblo de Cuba resurgiendo y construyendo el país que merecen, y a los Barbudos convertidos en lección de una historia que no los absolverá.

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Alfonso Malespín

Periodista. Investigador de temas de libertad de expresión y medios de comunicación. Amante de la gastronomía, bailes y paisajes nicaragüenses.