Cuenta Gabriel García Márquez en una de sus novelas que, con el paso del tiempo, la hojarasca levantada tras la masacre en contra de los trabajadores de las bananeras llegó hasta a considerarse una leyenda fabulosa, algo que jamás ocurrió más que en la mente calenturienta de algunos.
Algo así ocurre con la Masacre de la Avenida Roosevelt, de la desaparecida Managua. Nunca se supo exactamente cuánta gente fue muerta por las balas de la Guardia Nacional. Unos hablaban de 30, otros de 300 y otros más – calificados de exagerados– de 3000. El régimen de Somoza siempre se refirió a ese episodio del 22 de enero de 1967 como una confabulación golpista en contra del gobierno legítimo de Nicaragua.
También ocurre así con la masacre ejecutada por el régimen Ortega-Murillo entre abril y septiembre de 2018. Coincidentemente Daniel Ortega y Rosario Murillo, como Somoza, también han calificado tales protestas ciudadanas como un “fallido golpe de estado” en contra del gobierno legítimo de Nicaragua.
Pero mientras Somoza lo achacaba al comunismo internacional, Ortega lo achacó primero a las ONG, después a las agrupaciones políticas de derechas del país y por último a una confabulación pagada por el “Imperio”, en la que metió a ONGs, medios de comunicación, periodistas, defensores de derechos humanos, centros de pensamiento, academias, universidades y a los obispos de la Iglesia Católica.
Desde entonces, Ortega y Murillo han hecho varios esfuerzos por reescribir la historia de abril. Por eso, por ley han decretado que abril es el mes de la paz. ¡Y tan pronto su decreto coincide con la misma fecha con que antes decían celebrar al extinto Alexis Argüello! Pobre Alexis. Fue desplazado del santoral por esta decisión. Pero en el eco de la historia nacional resuena aquel verso de Ernesto Cardenal: “en abril los mataron”.
Como en la novela de García Márquez y como la postura de Somoza Debayle, con la palabra paz de Ortega y Murillo quieren sepultar la masacre de 2018 y los delitos de lesa humanidad que, según los expertos de derechos humanos de la ONU y la CIDH, fueron ejecutados por órdenes suyas. Los informes del GHREN (Grupo de Expertos de Derechos Humanos sobre Nicaragua) machacan la realidad cruel de tales hechos cada vez con mayores detalles, precisión y nombres específicos.
Hay paz, según el texto y la boca de Murillo. No hubo terrorismo de estado, no hubo asesinatos, no hubo desapariciones, no hubo torturas, no hubo estampida de más de medio millón de nicas buscando salvar sus vidas sino el derecho a migrar, no hubo destrucción del estado de derecho sino perfeccionamiento del proyecto recomendado por Tomás Borge; no hubo destrucción de la poca institucionalidad democrática que había entonces sino mejoría cualitativa al pasar de democracia representativa a democracia directa, no hubo destrucción de la libertad de expresión, de asociación, de petición, de participación ciudadana, de autonomía municipal, sino ordenamiento del relajo que se tenían desde tiempos neoliberales. Así que nada hubo de lo que los opositores alegan.
Lo que hubo, según el codirector de la Policía, el comisionado Francisco Díaz, fue “la restitución de la paz” ordenada por su consuegro. ¡Pam! ¡Pam! ¡Pam! Uno a uno fue cayendo la banda del “golpismo”. 3, 30, 300 … todos enemigos de la paz. Cuando se aclaró la nube de humo, se disipó el tufo de la pólvora y la sangre se había secado, todo era paz, porque no había ruido, porque todos estaban muertos o “eran juidos”.
Desde entonces, Rosario Murillo insulta desde sus micrófonos y menciona a la paz como un mantra, por gracia de su dios, sus conjuros y los cachivaches que se cuelga hasta del ombligo.
En este 2026 se cumplirán ocho años desde aquellos eventos que estremecieron al país con dolores de parto. Desde entonces nada volvió a ser igual en Nicaragua. La gente no vive bien, aunque le hagan calles, estadios y carreteras. Sin libertad todo eso es una jaula pintada en dorado.
La jaula puede ser grande, brillante, llena de cosas, si querés. Pero al fin y al cabo es una jaula. Ortega y Murillo no pueden darle al pueblo lo que realmente vale: libertad y seguridad.
Abril es el mes de paz, insiste la propaganda oficial a la vez que todos los días por radio, televisión y redes sociales se desarrolla – igual que en los tiempos del Somocismo – un verdadero “insultativo nacional”, en el que la vocera del régimen despotrica en contra de quienes no han querido su versión de la paz. Nicaragua es el país de Centroamérica en el que desde 2018 se han emitido los mayores volúmenes de discurso de odio. Ortega y Murillo son la fuente primordial de tal odio.
Abril ya no es solo el mes de la conjura en contra de “Tacho Viejo”. Entonces, en 1954, un grupo de valientes quiso botar a Somoza con las armas. La conspiración fue descubierta y el dictador mandó a cazarlos, torturarlos y matarlos. Uno a uno. Un monumento les recuerda en Tiscapa, donde estuvo el palacio del tirano, a orilla de la sombra de Sandino.
Abril es hoy la explosión que unió a abuelos con nietos para protestar en las calles contra una reforma abusiva de las pensiones del Seguro Social, por ser contraria al discurso oficial a favor de los vulnerables. Fue una medida unilateral que echó por la borda el maridaje entre Ortega y los empresarios ricos del país. Fue el ¡basta ya! de enormes segmentos de la población excluida del banquete Ortega y los empresarios.
Abril, en 2018, fue el mes en el que a los gritos de “¡Fuera Ortega!” se respondió desde El Carmen con balas de todo calibre.
En 2018, desde una radio oficialista se criticó la desproporcionada respuesta de la policía y las turbas gubernamentales. “Los cachimbearon” (a los estudiantes), dijo uno de ellos. Ese propagandista está ahora desaparecido de la vista pública, a la orilla del escritorio de Rosario Murillo. Un asesor del presidente dijo que había sido desproporcionada la respuesta, puesto que la gente tiene derecho a gritar si no le gusta un gobierno. Ese asesor está ahora desaparecido en una cárcel y condenado a medio siglo de prisión.
En abril de 2018 Ortega y Murillo descubrieron, horrorizados, que del poder al olvido apenas hay unos pasos e involucionaron en personajes infames. Cuando alguna vez se escriba la historia de este trance de la historia nacional, nadie los absolverá.
Así que no fueron –ni son ahora– días de paz. La paz se fundamenta en la verdad y la justicia, no en el silencio de los fusiles.
Bien lo decía el poeta Pablo Antonio Cuadra:
“El caudillo es el jefe de los hombres armados
(dibujo las calaveras de los hombres muertos).”
Abril de 2018 nos recuerda que las masacres de civiles es la oportunidad de las dictaduras para convertir sus crímenes en leyenda, en algo inverosímil, en algo de novela. Y así como el tren de las bananeras colombianas se llevó en sus vagones los cuerpos de los que el gobierno dijo que jamás asesinó, así la narrativa actual en Nicaragua procura enterrar la muerte y la sangre que provocó en abril.
Pero todos en Nicaragua –y más allá – saben que por decenas y centenares los mataron en abril, mayo, junio, julio, agosto, septiembre…
ESCRIBE
Alfonso Malespín
Periodista. Investigador de temas de libertad de expresión y medios de comunicación. Amante de la gastronomía, bailes y paisajes nicaragüenses.