Hace poco me decía un colega que ahora los estudiantes tienen mucha información, pero poco contexto y menos antecedentes.
¿A qué se refería con esto?
Él y yo venimos de familias y escuelas enciclopédicas, en las que el cúmulo de conocimientos era la norma. Fue así como en quinto y sexto grados de primaria me tragué las geografías de todos los continentes del mundo, junto con sus montañas, ríos, lagos, monedas y ciudades más importantes. ¿Para qué servía eso si a duras penas podíamos viajar algunos kilómetros dentro del país?
La profesora nos insistía en que necesitábamos saber todo aquello y más porque si alguna vez viajábamos al mundo exterior, no nos fueran a descubrir como ignorantes.
Fíjense que tenía razón. Cuando llegué a los Estados Unidos, Nicaragua era una nebulosa. La mayoría me respondía: “So you come from Nicarrr-agua. Yeah! That´s in Africa somewhere!”. En cambio, yo me sabía los 50 estados de la Unión aun cuando nunca había estado en ellos… y hasta sabía algo de la historia de ese país, sobre todo la que tenía que ver con dos políticas nocivas para nosotros: el destino manifiesto y el gran garrote.
Cierta vez el hermano Roberto, mi profesor de Historia en Saint Josephs High School, me dijo que ellos podían darse el lujo de no saber tanto porque eran los números uno y el centro del mundo. Pero me sugería que yo sí aprendiera tanto como pudiera porque venía de un país chiquito y muy atrasado, del que se sabía muy poco.
No me lo van a creer, pero me encontré gente ahí y en Europa que quieren saber si usamos ropas como las de ellos, si hay cadenas de comida chatarra, carreteras, teléfonos, hospitales buenos, escuelas de verdad y … democracia. Les respondía “all of the above, but Democracy.”
Pues, lo poco que he conocido de Europa era como visitar nuevamente las clases del quinto y sexto grados, solo que en vez de ver las fotos de los ríos, lagos y ciudades en los libros de texto yo estaba ahí, en persona. Siempre estaba tratando de digerir el estar ahí, viendo el Támesis, el Rhin, el Volga …
Pude comparar el archipiélago de las isletas de Granada con el archipiélago de Estocolmo. Me fui a releer cuántas islas había en cada uno. Unas 360 en Granada y entre 8 mil y 14 mil en el otro. El punto es que ambos sitios son bellos y producto de procesos distintos. El primero volcánico y el segundo derivado de la erosión y elevación del nivel del Mar Báltico.
Cuando en Aquisgrán vi el trono de Carlomagno, el gran emperador del Imperio Carolingio, me decepcioné. Era un totoposte de piedra, enorme, por cierto. Le pregunté a la guía cuántos minutos pasaba el emperador sentado en esa piedra. Sonrió y me explicó que usaba muchos cojines. Aun así, eso debió de ser muy incómodo, peor que una silla de un McDonald ‘s.
Al llegar a la gran catedral de Colonia recordé un libro que se llamaba “Grandes pecadores, grandes catedrales” (Cesare Marchi). Este monumento no solo habla de la creatividad de aquellos arquitectos medievales sino también del afán del poder por dominar el escenario y las almas, y del deseo de los pudientes por ganar el cielo a través de las indulgencias.
En Dinamarca le pregunté a un político como habían llegado a tener un sistema tan bueno, en el que la gente se queja casi por gusto. Sonrió y me dijo que les había tomado más de 800 años de cruenta historia llegar a donde están. “Hopefully, it will take you much less time to get there!”
Volviendo al inicio, puede que mi amigo tenga razón. Al menos en parte. Pero es lo que tenemos. Para que no se pierda la memoria están ahora las computadoras. Contamos con bibliotecas y ojalá que pronto en cada país comiencen a grabar a la gente vieja, para que cuenten las historias antes de que esas bibliotecas andantes se vayan de este mundo, y lleguen los vivianes a querer vendernos como ciertas sus versiones distorsionadas y falsas del mundo.
Al final apenas somos memoria y duramos menos que un disco flexible.
No olvidemos que los malandros no quieren que haya memoria. Por algo será, verdad.
ESCRIBE
Alfonso Malespín
Periodista. Investigador de temas de libertad de expresión y medios de comunicación. Amante de la gastronomía, bailes y paisajes nicaragüenses.