Messi llora al final del partido porque sabe que escaparon de dos plagas de Egipto, materializadas en ese par de goles que mantuvo al campeón fuera de la Copa del Mundo hasta el minuto 79, cuando Cuti Romero inició una remontada digna del cierre de una época en la cancha planetaria: el último mundial del goleador que llora ante el estadio pintado de albiceleste en Atlanta, con la plaga vuelta sobre unos descendientes de faraones que complicaron a los argentinos. Antes ya lo había hecho, en dieciseisavos, un David isleño llamado Cabo Verde, arrinconando a una selección de la que sus críticos han dicho que tiene el camino menos pedregoso para volver a la final.
Pero en este fútbol moderno, mediado por el VAR, chips en los balones, inteligencia artificial, pausas de hidratación y el ocaso de cracks como Cristiano Ronaldo o el mismo Messi, queda claro que la globalización del juego de pelota (y los designios insospechados del Dios Redondo de Villoro sobre el césped) suele equiparar a selecciones cenicientas con mastodontes futbolísticos como Argentina, España, Alemania, Brasil y Uruguay, todos campeones del mundo, los últimos tres eliminados en distintas instancias.
Muchos de los jugadores de selecciones consideradas menores juegan en ligas de Europa y esa profesionalización del fútbol queda patente en las oncenas no favoritas que han forzado a los grandes al límite en esta Copa del Mundo de 2026, entendiendo cómo dañarlos y anotarles goles. El juego ha tenido una europeización táctica en todos lados y por eso vemos al borde de la extinción el Jogo Bonito brasileño, apenas reivindicado por ciertos trazos que tuvo Vini junior en esta justa. O genialidades individuales como las piernas prestidigitadoras de un Messi que está próximo al retiro.
Este estilo de juego, propiciado por coach nutridos en Europa tanto en su etapa de jugadores como en la de entrenadores, permite por ejemplo que Colombia no sólo sueñe, sino que tenga un camino más solvente, menos complicado que el de Argentina para ganar sus partidos. Si Colombia le gana a Suiza, por esos caprichos del fútbol, tendremos en cuartos la muerte súbita de las dos únicas selecciones de nuestro continente en el Mundial. Y, viendo al equipo de Messi, el pronóstico es reservado ante la insaciable creatividad de Lucho Díaz y Luis Suárez (homónimo del uruguayo mordedor) que busca marcar su primer tanto.
Posiblemente cuando esté leyendo esto, Colombia ya esté sobre el campo contra los suizos, en vilo ante este deporte que sigue paralizando y conmoviendo al mundo. Es un deporte atravesado por cambios de era que coinciden con el adiós de los cracks que marcaron la última década. Y a pesar de que deja fuera de los estadios a los fanáticos que no pueden reunir miles de dólares para comprarse un ticket, aún conserva esa electricidad mágica que salva a los fanáticos, aunque fuera de la cancha sea otra historia.
Me refiero al polémico caso de Folarin Balogun, delantero nacido en Estados Unidos, criado en Reino Unido y descendiente de nigerianos: una ironía propia de esta Copa del Mundo y de las narrativas que criminalizan la migración. Son justamente los descendientes de migrantes quienes mueven la Trionda en tres naciones fronterizas, complicadas hoy por las decisiones aislacionistas de Washington. Pero ese es otro cuento y lo que nos ocupa es lo de Balogun, que demuestra que el fútbol cada vez más se juega fuera de la cancha, y sobre todo lo lesiona.
El delantero de Estados Unidos fue expulsado con roja directa en la victoria ante Bosnia y Herzegovina. Le correspondía, por reglamento, un partido de suspensión automática. En otras palabras, se perdía los octavos de final ante Bélgica. Pero el presidente Donald Trump le pidió a la FIFA que revisara la decisión, y el organismo terminó suspendiendo, durante un año de prueba, la aplicación automática de esa roja, amparándose en un artículo de su propio código disciplinario que permite atenuar sanciones. Balogun jugó los octavos. Trump lo festejó en su red social, agradeciéndole a la FIFA por, según él, “hacer lo correcto”.

La decisión causó polémica, pero pone de manifiesto el nuevo orden mundial que se impone. Ese que ya ha cruzado varias líneas rojas, desmantelando el multilateralismo y la arquitectura de posguerra construida tras la Segunda Guerra Mundial. O como lo resumió el expresidente de la FIFA, Sepp Blatter: “Si un presidente de Estados Unidos interviene ante el presidente de la FIFA y un jugador queda absuelto antes de un partido de eliminación de un Mundial, la pregunta es inevitable: ¿Quo vadis, FIFA?”. Lo irónico es que sea el mismo Blatter, expulsado de la FIFA en 2015 por un escándalo de corrupción, quien hoy hable de reglas, injerencia y transparencia. Eso habla de las contradicciones de nuestros tiempos.
Sin embargo, lo que demuestra la roja de Balogun es la tónica actual contra las instituciones: las reglas son negociables si uno tiene el teléfono correcto. Llevo años escribiendo sobre regímenes que doblan instituciones a su antojo. Sobre cómo un poder ejecutivo, cuando encuentra un organismo dócil, no necesita cambiar la ley: le basta con una llamada. Eso hizo Trump con Infantino. E Infantino, en vez de sostener que una tarjeta roja es una tarjeta roja, encontró el artículo que le permitía complacerlo sin decir que lo estaba complaciendo. Salvando distancias, como cuando Daniel Ortega invocó un argumento mañoso para reelegirse de manera inconstitucional por primera vez. O como hizo Bukele, que primero destituyó a los magistrados de la Sala de lo Constitucional y meses después esa misma Sala, ya con jueces propios, le abrió la puerta a la reelección que él mismo había dicho que la Constitución prohibía.
Pero ante estos tragos que dejan mal sabor, la mística propia del fútbol, de alguna forma, pone las cosas en su sitio: Estados Unidos, que tuvo una primera fase brillante, se desplomó en errores infantiles ante una Bélgica que dio su mejor versión del Mundial, y goleó 4-1. Un triunfo que no se puede revertir. De modo que la roja indultada de Balogun no le sirvió de nada al equipo de Pochettino. Puede ser una coincidencia del deporte. También puede ser el recordatorio de que ninguna llamada de Trump cambia lo que pasa adentro de la cancha, solo lo que la FIFA está dispuesta a tolerar afuera de ella. Una rara esperanza que solo este juego puede dar en medio de contextos tan complejos, ante un nuevo orden mundial que aún no termina de nacer, ese claroscuro donde, como se suele parafrasear a Gramsci, aparecen los monstruos, justo cuando cracks como Messi o Cristiano cuelgan las botas mundialistas.
ESCRIBE
Wilfredo Miranda Aburto
Es coordinador editorial y editor de Divergentes, colabora con El País, The Washington Post y The Guardian. Premio Ortega y Gasset y Rey de España.