A principios de los años setenta del siglo veinte hubo una consigna que se convirtió en canción: “Navidad en libertad”, contenido en el álbum Cantos a flor de piel.
Curiosamente, alrededor de este villancico se reúnen tres personajes de la historia reciente de Nicaragua:
Un joven cantautor somoteño en franco ascenso hacia la fama. Habría de ganar el Premio OTI de la canción internacional con “Quincho Barrilete” y sería el cantante de la última revolución triunfante en territorio americano. Su nombre: Carlos Mejía Godoy.
Una joven que combinaba su trabajo como esposa, madre, poeta en ciernes y trabajadora del diario La Prensa. Habría de enemistarse con parte de su familia por la confiscación de las tierras de su padre en Tipitapa. Su nombre: Rosario Murillo Zambrana.
Un prisionero que ni siquiera sus camaradas de armas y la familia de su compañera de vida conocían por su verdadero nombre, que había dejado la universidad para participar en la ejecución de connotados miembros de la Guardia Nacional y asaltar bancos en Managua a nombre del FSLN. Su nombre: José Daniel Ortega.
En las gradas del atrio de lo que ahora son las ruinas de la catedral Santiago de los Caballeros de Managua se reunían madres de presos políticos y jóvenes poetas y músicos para demandar que el régimen de Anastasio Somoza Debayle liberara a los presos políticos, entre ellos uno que se llamaba José Daniel Ortega.
Por esas cosas de la vida, una de las jóvenes poetas de las gradas de catedral – de ahí el nombre Grupo Gradas – se llamaba Rosario Murillo, la asistente del director de La Prensa, Pedro Joaquín Chamorro.
“Cuando desempaques tu regalo niño de lujosa vecindad …” comenzaba la letra de aquel villancico con acento carnavalesco. Luego, la música convocaba a ese chavalo de clase media para que pensara en el lustrador de zapatos que dormiría la Noche Buena en una dura y fría banca del atrio de catedral.
Medio siglo más tarde el autor de aquella canción que tanto usó el FSLN en su lucha por lograr la libertad de sus presos políticos y para anunciar el cambio que el país demandaba, se encuentra desterrado, lejos de su patria como la viejecita de Mozambique.
Aquella muchacha que leía poemas y proclamas en las gradas de catedral es hoy una de las mandamases del país, y se le olvidó la poesía. Es la señora que en abril de 2018 ordenó a sus subalternos: “¡Vamos con todo!” Y entonces, masacraron a los protestantes que se habían atrevido a tomar las calles. Rosario no vio pueblo, vio millares de golpistas.
Aquel joven preso político que no conoció la Managua de las minifaldas, porque estuvo encarcelado durante casi una década, es, medio siglo más tarde, el responsable de la existencia de presos políticos en Nicaragua y — según diversos organismos regionales e internacionales de derechos humanos — de crímenes de lesa humanidad. Hizo todo lo contrario de Nelson Mandela, quien después de sufrir 27 años de presidio en Sudáfrica, ordenó que reinara la misericordia hacia los opresores del Apartheid.
Conste, los presos políticos de la Nicaragua de 2025 no han oprimido a Ortega ni han sido opresores del pueblo de Nicaragua. Son apenas personas que no les gusta el gobierno actual o que trabajaban para personas que criticaban la deriva autoritaria del actual régimen o que son parientes de alguien que se oponía al gobierno.
En la Nochebuena de 2025, cuando las nietas y nietos de Daniel y Rosario desempaquen sus regalos, como toda criatura estarán alegres por el o los regalos recibidos. Sería un despropósito pedirles que piensen en el lustrador de zapatos o en el niño que pide en los semáforos o que realiza una de las peores formas de trabajo infantil.
Pero es improbable que sus progenitores, millonarios todos, ni sus abuelos, millonarios ambos, piensen en el lustrador, ni en el preso político, ni en las familias de esas personas. Más bien, estas dos generaciones de los Ortega Murillo se han enclaustrado en su bunker para no ver, escuchar ni saber de la pobretería circundante a los señores de El Carmen.
En este 2025, en Nicaragua la Nochebuena no será una noche de paz –lo que se llama paz– en tantas conciencias que omiten, callan o justifican una Navidad con presos políticos, algo por lo que tanta gente sufrió y sangre derramó hace medio siglo.
A medio siglo de distancia el enemigo sigue siendo el mismo que cuando Carlos creó este villancico, pues Nicaragua sigue estando muy empobrecida y desgarrada mientras unos cuantos derrochan a manos libres. Faltan más escuelas, más cultura y más educación (de calidad) pues son “más importantes cien maestros que un blindado batallón”.
Daniel y Rosario no piensan así. Gastan mucho más en blindados batallones que en escuelas, cultura y educación. Su vecindario, igual que el país, está tomado por militares, y transitar por ahí es cosa seria. Sobre todo, desde 2018 cuando desarrollaron el temor de ser desalojados del poder que ahora piensan heredar a sus vástagos. Eso sí, se cuidan de gastar cuanto sea necesario para que sus nietas y nietos tengan la mejor educación posible en colegios privados de “alta gama”.
“Tiene que venir pronto ese día (…) ¡vamos a cantar ese villancico de nuestra liberación!”, cantaba Carlos Mejía Godoy poco después del terremoto que destruyó Managua en diciembre de 1972. Más o menos lo que desean miles de nicas regados a la fuerza por el mundo, que hoy celebran la Navidad en el destierro, anhelando volver a una patria sin opresión.
“¡Feliz Navidad en justicia y libertad, Feliz Navidad un mundo mejor sin miseria ni opresión!”.
ESCRIBE
Alfonso Malespín
Periodista. Investigador de temas de libertad de expresión y medios de comunicación. Amante de la gastronomía, bailes y paisajes nicaragüenses.