Durante años, Nicaragua ocupó un lugar central en el debate político internacional. Hoy, en cambio, el país parece haberse desvanecido de la conversación global.
La guerra en Ucrania, la rivalidad entre Estados Unidos y China, la crisis en Medio Oriente y otros conflictos han desplazado a Nicaragua de los titulares. Pero que el país haya desaparecido de las noticias no significa que su crisis haya terminado.
Al contrario. Nicaragua vive uno de los períodos más cerrados de su historia reciente.
En las últimas décadas, el país experimentó ciclos complejos de transición política, reformas económicas y apertura internacional. Hubo momentos en que parecía posible consolidar instituciones democráticas y fortalecer el estado de derecho. Muchos nicaragüenses, dentro y fuera del país, trabajaron para construir ese futuro.
Hoy ese horizonte se ha reducido dramáticamente.
La represión política, el cierre de organizaciones civiles y el exilio forzado de periodistas, académicos y líderes sociales han transformado el paisaje institucional del país. Universidades históricas han sido intervenidas. Medios independientes han sido cerrados o confiscados. Miles de ciudadanos han abandonado Nicaragua buscando seguridad y oportunidades en el extranjero.
Este deterioro institucional no es solamente un problema interno. Tiene consecuencias regionales.
La migración nicaragüense ya forma parte de los movimientos humanos que atraviesan Centroamérica y llegan hasta México y Estados Unidos. La fragilidad institucional también afecta la cooperación regional en seguridad, comercio y desarrollo.
Ignorar Nicaragua no hará desaparecer estas realidades.
Quienes hemos trabajado en Nicaragua durante décadas sabemos que el país posee un extraordinario potencial humano. Nicaragua tiene una historia rica, una sociedad resiliente y una población que, a pesar de enormes dificultades, ha demostrado una y otra vez su capacidad de reconstrucción.
Pero ningún país puede prosperar en aislamiento.
La comunidad internacional enfrenta hoy un dilema: cómo mantener el compromiso con el pueblo nicaragüense sin legitimar prácticas autoritarias. No existe una solución sencilla. Sin embargo, el primer paso es reconocer que Nicaragua no puede convertirse en un punto ciego de la política internacional.
La historia centroamericana demuestra que las crisis ignoradas rara vez desaparecen por sí solas.
Nicaragua merece algo mejor que el silencio.
ESCRIBE
Steven Hendrix
Es abogado y especialista en desarrollo internacional. Vivió y trabajó en Nicaragua con la USAID entre 2005 y 2007, experiencia que dio lugar a su libro The New Nicaragua. Ha trabajado extensamente en América Latina y África en gobernanza, desarrollo económico y fortalecimiento institucional, y ha publicado numerosos artículos sobre política y desarrollo en la región. Actualmente reside en Wisconsin, Estados Unidos.