Es domingo por la tarde en San Salvador. Las redes de Nayib Bukele, como todos los días, propaganda y cine sobre: “el país más seguro del mundo”. En Budapest, Viktor Orbán felicita a su contrincante, Péter Magyar, nuevo primer ministro de Hungría. No es menor que Orbán reconozca la derrota electoral. Lleva 16 años en el gobierno, y es para muchos, el paciente cero de las “democracias iliberales”. Una semana antes, el vicepresidente de Estados Unidos JD Vance, en Budapest, llamaba a los húngaros a defender “la civilización occidental” y a votar por Orbán.
Al igual que Nayib, Orbán consolidó su poder a base de crear enemigos. Incluso, comparten uno en común: George Soros. El famoso filántropo, que de paso financió los estudios de Orbán. Además de Soros, Orbán, al igual que Bukele crearon otros enemigos: Bruselas para Hungría; las élites globales para El Salvador. En la construcción de su modelo “iliberal” Orbán mediatizó su gobierno con un discurso nacionalista y xenófobo, capturó medios de comunicación, tomó control de las instituciones judiciales y universidades, marginalizó la oposición política, lleno lo público de partidarios y abrió las arcas y los contratos con el Estado a un reducido grupo de oligarcas cercanos.
En este modelo de “democracias iliberales” ambos consolidaron el poder en el ejecutivo: el líder es la voz de la gente y por tanto no se requiere de otras personas o instituciones. Se suprimen los derechos de las minorías, se erosionan los contrapesos institucionales y se ataca en el fondo los valores democráticos al negar la legitimidad a actores y partidos de oposición. Ninguna institución puede estar sobre la “voluntad popular”, que en el fondo es la voluntad del líder.
La derrota de Orbán, sin embargo, no se cosechó de la noche a la mañana. Los escándalos de corrupción, el deterioro económico, su retórica anti-europea y sobre todo, su cercanía con Putin calaron en el amplio espectro ideológico de los votantes de Magyar. Además, la oposición pudo aglutinarse en torno a una figura que se dedicó a recorrer el país desde 2024. Lejos de los encuadres que definió Orbán para discutir en la campaña (política global, guerra en Ucrania, teorías de conspiración), Magyar se centró en temas centrales para los votantes húngaros: la economía, el sistema de salud y la educación. Además, Magyar, no menor, reafirmó en campaña su deseo por reinstaurar el Estado de Derecho y las relaciones con la Unión Europea.
Pero, El Salvador no es Hungría, o como dice la colega Yanina Welp, “Venezuela no es Hungría”. En El Salvador, la oposición y la sociedad civil además de fragmentadas, son hoy perseguidas penal y políticamente. El bukelismo mantiene aún de su lado una narrativa de futuro para el salvadoreño de dentro del país y el emigrado. Las élites locales y regionales han encontrado en Bukele el modelo de negocios perfecto (como lo fue en Nicaragua): sin debate público, sin contrapesos y sin transparencia. Y los militares, otra vez los militares salvadoreños han encontrado en el Estado de Excepción no solo un propósito, sino también un negocio y además, un lugar clave en la gestión de la política de la vida. El triángulo de poder de Bukele: élites, estado y ejército sigue hoy intacto.
Y si bien es cierto, que aún hoy, Bukele, Milei o Trump mantienen el viento a su favor, la derrota del patriarca del iliberalismo habla también del fin de los ciclos políticos y de sus detonantes. En el caso de El Salvador hay varios factores de peso que podrían dar al traste con el sueño imperial de Bukele.
En primer lugar, el estancamiento económico y la corrupción lejos de crear en el corto y mediano plazo un horizonte de redistribución, previsibilidad y crecimiento económico habla de la imposibilidad de un modelo con poca inversión en educación y mano de obra, dependencia de las remesas y mercados altamente concentrados en el sector de servicios y creación de pocos empleos de calidad
En segundo lugar, el cambio en la política exterior de Estados Unidos. Nuestros países, nos guste o no, se mueven al vaivén de la política exterior norteamericana y con el foco actual de la política de Trump en oriente próximo, y su consecuente desgaste; sumado a la posible derrota electoral en las elecciones de noviembre y un posible regreso de los demócratas al palacio Oval podría minar aún más las debilidades estructurales de El Salvador.
Tercero, el poder de los militares. A pesar del sometimiento de las fuerzas armadas al poder político con la firma de los Acuerdos de Paz, ha sido el propio Bukele el primero en minar y desacreditar estos acuerdos. Además, a diferencia de Nicaragua o Venezuela, donde ha habido una clara imbricación entre poder militar y poder político, hoy las armas las mantienen los militares en El Salvador y Bukele administra los negocios. En esta correlación de fuerzas, el poder político tiende a ser débil en momentos de crisis social y económica.
Cuarto, la gente. Si bien es cierto que Bukele mantiene altas tasas de popularidad; las demandas y deseos ciudadanos cambian con el tiempo. No es menor la memoria colectiva frente a la represión y la violencia Estatal entre los salvadoreños.
Así que tal vez, más pronto que tarde, la hora de Budapest, llegué también a San Salvador.
ESCRIBE
Francisco Robles Rivera
Profesor Catedrático de la Universidad de Costa Rica.