La captura de Nicolás Maduro, la cooperación con el gobierno mexicano para desarticular liderazgos narcos y las presiones sobre Panamá, Perú y Chile para reducir al mínimo las concesiones estratégicas a China no son episodios aislados, son piezas de un tablero que Estados Unidos ha decidido mover con una lógica distinta. Washington volvió a hablar desde la fuerza y volvió a mirar el hemisferio occidental como su espacio natural de influencia, una especie de retorno práctico a la doctrina Monroe (“América para los americanos”), aunque nadie lo diga en voz alta.
A ese giro se suma un movimiento más silencioso pero igual de profundo: un intento de alterar el rumbo en Cuba. No está claro si buscan un cambio de régimen o una reconfiguración interna, pero sí está claro que la isla lleva seis décadas alimentando el antiamericanismo en la región. Pocos países latinoamericanos pueden decir que no tuvieron una guerrilla o un grupo subversivo financiado desde La Habana. Y no se trata solo de ideología, como recordaba Mauricio Vicent en El País el 6 de marzo de 2015. Cuba posee un “poder tectónico capaz de provocar sismos en todo el continente”, una influencia que no depende de su tamaño ni de su economía, sino de redes políticas, militares y de inteligencia construidas con paciencia y eficacia.
En ese mismo artículo, Vicent describe lo que llamó el imperialismo cubano, un sistema de exportación de violencia y control que los Castro han perfeccionado durante décadas. No es una metáfora, es un método: cuando la violencia parece disminuir en la isla, simplemente se desplaza hacia afuera. Esa capacidad de proyectarse más allá de sus fronteras explica por qué Cuba ha sido el eje de desestabilización más persistente del hemisferio.
En ese contexto, no es descabellado pensar que el régimen de los Ortega Murillo está en la mira de la administración Trump. Durante casi veinte años Nicaragua ha sido parte del eje autoritario y anti estadounidense Cuba Venezuela Nicaragua. Ortega no solo ha reprimido a su propio pueblo, también ha tejido alianzas profundas con adversarios de Estados Unidos. Ahí están la relación militar con Rusia, la dependencia geopolítica de China y los vínculos con Irán. Conviene recordar que en el primer atentado contra las Torres Gemelas en 1991 aparecieron pasaportes extendidos por autoridades sandinistas a terroristas vinculados con redes auspiciadas por Irán y Libia. No es un detalle menor, es un patrón.
Tampoco es menor lo que ocurrió en 2024, cuando Ortega facilitó el tránsito de más de medio millón de migrantes irregulares hacia Estados Unidos. Muchos venían de África y Asia, una mezcla perfecta para esconder lo que se conoce como células durmientes. A Ortega no le importó, su objetivo era causar el mayor daño posible a Estados Unidos mientras llenaba sus bolsillos y alimentaba la red de corrupción que sostiene su poder.
Las presiones sobre el régimen ya empezaron o están por empezar. Hemos visto gestos calculados, como la liberación de algunos presos políticos, pero no hay que confundirse. Ortega practica el gatopardismo, ese arte de cambiar algo para que nada cambie. Si se abre una negociación con Estados Unidos, su único objetivo será ganar tiempo, sobrevivir a la era Trump y esperar que el péndulo político vuelva a favorecerlo.
Lo que siempre lo ha protegido es la insignificancia estratégica de Nicaragua en la política exterior estadounidense. Esa irrelevancia ha sido su escudo durante décadas, salvo cuando Reagan entendió que lo pequeño también puede ser peligroso si sirve de plataforma para potencias hostiles. Hoy Ortega acumula agresiones contra Estados Unidos, desde el uso instrumental de la migración hasta permitir que rivales geopolíticos se afiancen en la región, y aun así no ha enfrentado consecuencias proporcionales. Él apuesta a que todo pase desapercibido, a que termine el periodo presidencial de Trump y vuelva a esconderse detrás de la misma insignificancia que lo ha protegido siempre.
Como he dicho antes, Ortega apuesta a la democracia, pero a la democracia de otros. Confía en que los gobiernos cambien por votos y que el nuevo gobernante, sea en Estados Unidos o en cualquier otro país, pierda interés en él por considerarlo irrelevante, casi parte del paisaje folclórico de la región.
Pero esta vez el contexto es distinto. Si Cuba, con su imperialismo silencioso, ha sido la raíz del mal en el hemisferio, Ortega es un retoño disciplinado de esa misma raíz. Ignorarlo sería repetir el error histórico de subestimar lo que parece pequeño pero opera con una enorme capacidad de daño. Nicaragua no es un detalle menor, es una grieta por donde se cuelan actores que sí representan amenazas reales. Y si Washington vuelve a mirar hacia otro lado, Ortega hará lo que siempre ha hecho, aprovechar la sombra, crecer en silencio y convertir su insignificancia estratégica en un arma. Esta vez, la pregunta no es si Estados Unidos puede permitirse ignorarlo, la pregunta es cuánto costará hacerlo otra vez.
ESCRIBE
Eliseo Núñez
Abogado con más de 20 años de carrera, participa en política desde hace 34 años sosteniendo valores ideológicos liberales.