A pesar de que puede resultar incómodo afirmar que el liberalismo constituye hoy la base del sistema de poder en la mayoría del mundo occidental, esta declaración es una gran verdad. La democracia actual lleva el apellido “liberal”, y así se denomina académicamente: democracia liberal. Este modelo surge de los postulados de la Ilustración, inspirados en pensadores como John Locke en su Segundo tratado sobre el gobierno civil (1690), que retomaron las ideas clásicas de la democracia griega y de la república romana. Se plasmaron en la práctica a través de las revoluciones liberales, siendo la independencia estadounidense y la revolución francesa sus primeras manifestaciones. Ambas compartieron el hilo conductor de las ideas de libertad, fraternidad e igualdad, que empoderaron a quienes abrazaron la innovación impulsada por la revolución industrial. Para estos, el poder monárquico suponía un obstáculo insalvable, al basarse en el linaje y la herencia familiar, relegando el mérito y la voluntad popular.
Transición histórica: De la monarquía al modelo liberal
Ese proceso representa el inicio del camino, aunque la democracia liberal en sus orígenes distaba mucho de lo que conocemos hoy. A pesar de la separación de poderes y la instauración de un Estado basado en la voluntad popular, persistieron durante siglos profundos sesgos como el voto censitario, la discriminación racial y de género, entre otros. Incluso la democracia liberal ideó formas de convivencia paralelas con el sistema monárquico, naciendo así las monarquías constitucionales, que no fueron más que la adaptación y resignación de los antiguos monarcas, transitando del poder real al simbolismo.
La Segunda Guerra Mundial y el enfrentamiento ideológico
La Segunda Guerra Mundial marcó el fin de la transición monárquica en el mundo occidental. Aunque las monarquías constitucionales persistieron, perdieron lo último que retenían del poder real y se convirtieron en meros observadores. En este periodo, el mundo se enfrentó a dos corrientes de pensamiento bien diferenciadas: el capitalismo y el socialismo, tensión que se manifestó en el enfrentamiento entre la Unión Soviética y Estados Unidos. Como dijo Winston Churchill en su discurso de Fulton (1946), se levantó una “cortina de hierro” entre ambos mundos, metáfora que se hizo tangible con el muro de Berlín.
Las guerras revolucionarias socialistas proliferaron junto a dictaduras que, paradójicamente, decían defender la democracia y la libertad. Esta tensa cuerda llamada Guerra Fría terminó con la caída y desintegración de la Unión Soviética, lo que parecía confirmar el triunfo del liberalismo. Incluso Francis Fukuyama en El fin de la historia y el último hombre (1992) afirmó el “fin de la historia”, aunque luego reconoció su error. Sin embargo, la democracia liberal había triunfado.
La paradoja del triunfo liberal y la diversificación ideológica
El triunfo de las ideas liberales trajo consigo la dilución del concepto liberal. Al convertirse en sistema, los principios liberales de igualdad, justicia, separación de poderes, Estado de derecho y voto universal dejaron de ser novedosos y pasaron a ser el estándar esperado. Surgieron así múltiples ideologías que sofisticaron el debate: desde la socialdemocracia, que combina modelos económicos cercanos al socialismo con el sistema político liberal, hasta el socialcristianismo, inspirado en la doctrina social católica de León XIII en Rerum Novarum (1891). También persistieron propuestas conservadoras, el neoliberalismo como retorno al liberalismo clásico, y otras corrientes como el libertarismo y el anarquismo. Hoy, gracias a la democracia liberal y la democratización de la información a través de internet, existen tantas corrientes como gustos.
El riesgo constante para la libertad y el auge del autoritarismo
A pesar de los avances del liberalismo, la libertad siempre ha estado en riesgo, y actualmente lo está aún más. La ola de democratización descrita por Samuel Huntington en La tercera ola (1991) ha sido sustituida por el surgimiento de autoritarismos, algunos electos democráticamente y otros por vías de hecho. El mecanismo del voto universal se utiliza ahora para instalar gobiernos autoritarios o para simular democracias mediante elecciones ficticias. El poder se emplea para crear verdades alternativas desde las redes sociales, manipular la realidad y vender escenarios falsos. La libertad no solo es atacada por los autoritarios en el poder, sino también por quienes creen que discriminar, sesgar, ofender y mentir forma parte de la libertad individual. Así, nos enfrentamos a un mundo desconocido en el que la libertad parece estar siendo atacada como consecuencia de la propia libertad.
El reto liberal ante la paradoja del éxito
Aquellos que se consideran liberales deben seguir creyendo que la libertad es nuestro destino y buscar constantemente una sociedad más justa y próspera. Sin embargo, surge la reflexión sobre lo nuevo que pueden aportar los liberales, considerando que, en palabras de Alain de Benoist en Vu de droite (1977), en la búsqueda de individuos fuertes y estados débiles se ha generado una ruptura con la solidaridad basal de la sociedad, requiriendo hoy estados más grandes que sustituyan esa solidaridad perdida: una auténtica paradoja, víctimas de nuestro propio éxito.
Propuestas liberales para el futuro
Los liberales deben seguir promoviendo estados más pequeños y eficientes, abandonando la idea del estado “facilitador” que acaba siendo ausente. No se puede, en nombre de la no intervención estatal, permitir que otros, amparados en la fuerza del dinero (monopolios) o de las armas (carteles y capitalismo de Estado), impongan reglas que impidan el surgimiento del ingenio individual o colectivo. El Estado no debe ser tan grande que estorbe, ni tan pequeño que no proteja a los más débiles.
Se debe sostener que los individuos tienen plena libertad para llevar sus vidas y creencias como elijan, siempre que no causen daño a terceros. El Estado no puede erigirse en regulador de la moral. Es fundamental construir democracias donde las mayorías decidan quién y cómo se gobierna, sin que esto implique la vulneración de los derechos individuales y colectivos de las minorías electorales o sociales.
El Estado debe prestar eficazmente los servicios esenciales de salud, educación, seguridad e infraestructura, sin que esto suponga una carga fiscal excesiva que paralice el crecimiento individual o colectivo.
Se debe proponer un Estado que no regule las opiniones de sus ciudadanos, pero que los haga responsables de ellas. No puede ser que las propuestas y opiniones provengan de cuentas anónimas: se tiene derecho a expresar lo que se piensa, pero también la obligación de asumir las ideas, siendo la mejor regulación de la libertad de expresión la que no existe.
Como corriente humanista, el liberalismo no debe creer en la justicia penal vengativa, sino buscar la reforma y reinserción de quienes delinquen, atacando las causas de la inseguridad y no conformándose con combatir los síntomas. Las medidas de “mano dura” contra la delincuencia pueden justificarse en ocasiones, pero no son soluciones sostenibles.
La vigencia del liberalismo y su carácter adaptable
En definitiva, el liberalismo sigue siendo la columna vertebral de nuestras democracias, pero su vigencia depende de reconocer que no basta con haber triunfado en el siglo XX. Como advertía Tocqueville, la tensión entre igualdad y libertad nunca desaparece; como defendía Popper, la sociedad abierta siempre está amenazada por sus enemigos; y como recuerdan Sen, Zakaria y Levitsky & Ziblatt, la libertad puede morir lentamente si no se la cuida día a día. El reto liberal es aceptar que su mayor éxito, haber convertido sus principios en estándar global, es también su mayor riesgo: la complacencia.
El liberalismo, a diferencia de otras ideologías, no se sostiene en dogmas rígidos sino en principios flexibles que evolucionan con la historia. Esa capacidad de adaptación es su fuerza y su responsabilidad: defender la dignidad humana frente a los autoritarismos y recordar que, como decía Churchill, la libertad exige vigilancia constante. El liberalismo será relevante mientras se atreva a evolucionar, a sostener sus principios sin caer en dogmas, y a recordar que, como escribió Fukuyama, la historia nunca termina: siempre se reescribe.
ESCRIBE
Eliseo Núñez
Abogado con más de 20 años de carrera, participa en política desde hace 34 años sosteniendo valores ideológicos liberales.