Héctor Silva Ávalos
20 de Mayo 2026

Ruth López está en peligro

a abogada y defensora de derechos humanos, Ruth López, es custodiada por agentes policiales al salir de una audiencia. EFE/ Rodrigo Sura

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Ruth López es una herida abierta en el rostro de El Salvador que gobierna Nayib Bukele, el dictador cool. A Ruth, Bukele la metió presa hace un año, el 18 de mayo de 2025, y para hacerlo él y su fiscal general se inventaron un caso penal. Ese fiscal ha dicho que Ruth cometió peculado y, luego, la acusó de enriquecimiento ilícito, pero nadie conoce los detalles de esa acusación, porque es muy probable que no exista detalle alguno y que, como ya había hecho con varios críticos, el Estado, presidido por Bukele, se haya inventado todo para quitar a Ruth del camino.

Ruth era molesta; su voz era demasiado para el ego frágil del tirano y para su narrativa mesiánica. Ruth era una luz en la oscuridad autoritaria planificada por Bukele en su afán por el poder absoluto.

Hoy, Ruth está en peligro, en grave peligro.

Es poco lo que sabemos de Ruth desde que el régimen la capturó. Sabemos que uno de sus abogados y su familia la lograron ver en un par de ocasiones, la última hace ya varios meses. Y que, cuando la vieron, ella seguía manteniendo su frente alta.

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Pero supimos, hace unas horas, que sus carceleros la llevaron a un hospital de San Salvador el viernes 15 de mayo, a tres días de cumplirse un año de su captura, para que le practicaran ahí una cirugía. El régimen lo hizo todo en secreto, sin avisar a la familia ni a los abogados de Ruth, como manda la legislación internacional de la que El Salvador es valedor y firmante, en específico en las llamadas Reglas Mandela de las Naciones Unidas, que en su Regla 68 dice: “Todo recluso tendrá derecho a informar inmediatamente a su familia, o a cualquier otra persona que haya designado como contacto, de su encarcelamiento, su traslado a otro establecimiento y de cualquier enfermedad o lesión graves…”

Ruth estuvo pocas horas en el hospital: la llevaron el viernes 15 de mayo y la devolvieron a la cárcel al día siguiente, todo en secreto.

Los funcionarios de Bukele, en las cárceles, en los tribunales y en la policía, no informaron a la familia de Ruth o a sus representantes de que la trasladarían a un hospital para que ahí le hicieran una cirugía, una cuadrantectomía según lo poco que he podido averiguar y confirmar. Sus parientes incluso fueron hasta el hospital a pedir información y ahí se las negaron.

Cristosal, la organización para la que Ruth trabajaba cuando la arrestaron, publicó un comunicado el 19 de mayo en el que pide su libertad inmediata “para garantizar su derecho a la salud (y) permitir que esté acompañada de su familia”,

No es solo que Ruth lleve 366 días presa sin una acusación pública que justifique su detención, o que durante la mayor parte del tiempo ella haya permanecido incomunicada, lo cual es una forma de tortura y, por tanto, un crimen de lesa humanidad, es también que el régimen sabe que puede seguir violando sus derechos básicos -y el de centenares como ella que están en las cárceles de Bukele sin que existan acusaciones claras, en condiciones de incomunicación y expuestos al deterioro irreversible de su salud- sin consecuencia alguna. Eso es lo que ha construido Bukele, un país en el que quienes lo critican o investigan sus actos corruptos están expuestos a desaparecer en sus cárceles.

Bukele y sus hermanos -que cogobiernan con él- suelen usar sus redes sociales y su aparato de propaganda para hablar casi de todo, sobre todo de las exageraciones y medias verdades en las que basan su discurso de mano dura contra la delincuencia, pero no hablan de Ruth. Cada vez que el nombre de ella invade la narrativa, lo que ocurre a menudo a pesar de todo, los Bukele activan su aparato de troles cibernéticos para responder como lo hacen los cobardes, sin dar la cara. Esos troles repiten las dos líneas que les dictaron para hablar de Ruth: que ella es una presa común y que está en la cárcel porque cometió un crimen. Eso es lo único que dicen porque no tienen nada más que decir.

Pero hay, por supuesto, más que decir y repetir hasta que nos quedemos sin voz: Ruth está presa porque denunció la corrupción de Bukele, porque lo confrontó en público dentro del marco de la legalidad cuando el presidente y los suyos ya habían torcido las reglas.

Ruth está presa porque denunció el uso irregular de fondos públicos durante la pandemia, el espionaje del gobierno a periodistas y opositores con el software Pegasus, porque documentó la entrega de dinero público a pandilleros, porque presentó denuncias por el traslado ilegal de venezolanos desde Estados Unidos hasta el CECOT, el gulag de Bukele. Por eso está presa Ruth. Por la fuerza de su voz. Por nada más.

Ruth López está en peligro
EFE/ Rodrigo Sura

La última vez que la vimos en público, que es cuando los policías del régimen la llevaron al centro judicial de San Salvador para su audiencia inicial el 4 de junio de 2025, Ruth pidió un juicio público. Ella sabe que eso de lo que la acusan es un timo, una calumnia, parte de la persecución política. Y eso, que no hay crimen que probar y que todo es un montaje, también lo saben Bukele y su fiscal general, Rodolfo Delgado; por eso se esconden, por eso bloquean el acceso del público al expediente judicial de Ruth, y por eso evitan que sus familiares y abogados la vean.

El día que la arrestaron, Ruth confrontó a sus captores: “Tengan decencia”, les dijo. Ella sabía, como lo sabemos quienes conocemos de cerca al régimen, que ahí apenas hay rescoldos de decencia. Indecentes son los policías que la capturaron, indecente es el fiscal que la acusó, indecente es el presidente y los asesores que son dueños del sistema que la tiene presa, ellos son, al final, sus carceleros.

E indecentes son, también, todos los que guardan silencio. Las embajadas acreditadas en El Salvador que no se pronuncian por las violaciones a los derechos humanos de los salvadoreños y salvadoreñas como Ruth y tantos más. Los empresarios que, por miedo o conveniencia, le bajaron la cabeza al régimen. Los periodistas, escritores, docentes y otros reconvertidos en analistas que, como sus jefes, tampoco hablan sobre Ruth. E indecentes son todos los funcionarios públicos que la han acosado, torturado, insultado e ignorado, pero también los que la han visto, los que han hablado con ella y siguen guardando silencio.

Hoy Ruth está en peligro. El régimen no va a explicar las circunstancias del traslado fugaz al hospital, no va a dar detalles documentados de la intervención quirúrgica ni va a permitir acceso irrestricto de los familiares y abogados a verla. Bukele no va a cumplir la ley en este caso. La opacidad, la falta de supervisión ciudadana del proceso judicial y, ahora, de los procesos médicos, ponen a Ruth en grave peligro. Ya antes el régimen dejó morir a críticos y a ciudadanos comunes a los que encarceló sin pruebas ni debido proceso.

Ruth está en peligro. Por eso toca, ahora, tener decencia y seguir reclamando por ella.

ESCRIBE

Héctor Silva Ávalos

Periodista salvadoreño. Ha trabajado desde 1994 como editor, reportero e investigador en varios medios y centros de investigación latinoamericanos como La Prensa Gráfica de El Salvador, Prensa Comunitaria de Guatemala e Infobae en Argentina. Se ha especializado en temas como crimen organizado transnacional, corrupción política y cobertura en zonas de conflicto. Estudió periodismo en la Universidad Centroamericana "José Simeón Cañas", de El Salvador, y en la Universidad de Barcelona. Fue investigador asociado en American University y en la Fundación InSight Crime y fellow en la Universidad de Misuri. En 2014 publicó el libro "Infiltrados", sobre la corrupción de la policía en su país.