Hace más de 12 años entrevisté al obispo de la Diócesis de Estelí, monseñor Abelardo Mata, y no fui capaz de rebatir una respuesta en la que profetizaba la guerra. “Viene la guerra”, me dijo. Lo tenía enfrente y, al oír aquella frase, pensé más en el titular que en la responsabilidad de cuestionarlo. Escribía entonces para la revista Domingo del diario La Prensa. Tenía 19 años y apenas llevaba un par en el oficio. De modo que, volviendo al pasado, me reprocho no haberlo bajado de su pedestal profético. Debí confrontarlo. Bajo su sotana, contradictoriamente, lo que hacía era legitimar la violencia como posible destino de Nicaragua.
Por aquellos años Daniel Ortega ya estaba atornillado al poder, tras una reelección inconstitucional, y se hablaba en Nicaragua de grupos armados, de rearme en oposición a su deriva autoritaria. Debí sacudirme la pasividad y preguntarle al prelado, que se atrevía a lanzar una advertencia tan grave, cuántas tumbas estaba dispuesto a bendecir en caso de que su profecía irresponsable se cumpliera. Mata fue negligente al decir semejante cosa siendo miembro de la Conferencia Episcopal de Nicaragua (CEN).
Esa misma pasividad, ese encandilamiento, es la que reconocí al leer la entrevista a Luis Fley, el comandante “Johnson” en La Prensa. Me veo reflejado en ese colega que lanza preguntas que parecen incisivas pero que terminan siendo pelotazos suaves para que el entrevistado remate con un cinismo abrumador. Fley, en un titular digno de aquel Mata de 2013, dice que “hay que estar dispuesto a morir por Nicaragua”. Pero, a diferencia de mi encuentro con el obispo, aquí la contradicción salta a la vista en la siguiente línea y el periodista la deja pasar. Fley admite que la vía armada “ya no es viable” y, sin sonrojarse, confía la libertad del país a que la Fuerza Delta de Estados Unidos resuelva el asunto en media hora o a una estrategia extranjera de “crear crisis para obtener resultados”, como ocurrió con Nicolás Maduro.
¿Dónde está la repregunta? ¿Cómo permitimos que un hombre que pregona el sacrificio de los jóvenes nicaragüenses admita, en el mismo párrafo, que su esperanza reside en un comando de élite estadounidense? Es una capitulación ética disfrazada de pragmatismo geopolítico. El periodista que entrevista a Fley comete mi mismo error de juventud: se conforma con la frase rimbombante. No lo cuestiona siquiera cuando plantea una intervención armada como solución. Es inaudito que se le permita sugerir la bota extranjera cuando Estados Unidos ya ha causado suficiente daño a Nicaragua con sus ocupaciones y el financiamiento a la Contra en el siglo pasado.
Actualmente, dirigentes políticos con mentalidad anacrónica siguen glorificando el sacrificio y la guerra en Nicaragua. En 2024, el exmagistrado de la Corte Suprema de Justicia (CSJ) Rafael Solís, afirmó que la lucha armada es la única vía para sacar a Ortega del poder. Como él, hay muchos —principalmente desde el exilio en Miami— que apelan a las armas como si el país no arrastrara ya suficientes guerras. Solís y Fley pertenecen a una generación que se enfrentó en la década de los ochenta. Aquella guerra —una guerra civil brutal— dejó más de 150 000 víctimas y un dolor cuyas secuelas Nicaragua aún no ha logrado sanar.
Yo pertenezco a la generación de la posguerra. La nacida en los noventa salió a las calles de Nicaragua en abril de 2018 para demandar libertad, justicia y democracia. Nuestra arma fue el azul y blanco de la bandera nacional. Mi generación apuesta por una salida a la crisis por la vía cívica y democrática. Mi país no necesita más mártires ni discursos que romantizan la muerte. Necesita responsabilidad, memoria y una salida pacífica que no vuelva a hipotecar el futuro en nombre de una épica vacía. Quienes hoy invocan el sacrificio deberían empezar por responder a una pregunta básica: ¿quién pone los muertos y para qué? Porque en este país ya sabemos la respuesta. Y precisamente por eso, no podemos permitir que nos la vuelvan a imponer.
De ahí que los medios de comunicación y nosotros los periodistas, tengamos la obligación de cuestionar a quienes, sin reparos, plantean el sacrificio por Nicaragua. Resulta chocante que Fley recrimine a los jóvenes por no estar dispuestos a dar la vida por el país. Igual de irresponsable es convertir esa frase en titular. No debemos ser altavoces de esta clase política que parece haberse detenido en las montañas de los 80. Esa misma clase política que dice que antes los jóvenes eran más patriotas, más dispuestos al sacrificio. Pero no, señor Fley. No es falta de patriotismo. Es memoria. Es la conciencia de una generación que no quiere repetir la historia.
Es una generación que quiere romper, de una vez por todas, con el ciclo de la violencia política que ustedes nos han impuesto.
ESCRIBE
José Denis Cruz
El autor es periodista nicaragüense exiliado en España. Es miembro de la Asociación Centroamericana para la Democracia y el Desarrollo y coordinador de Casa Centroamérica en España.