En los últimos años ha surgido un movimiento peculiar: los llamados Therians. El término proviene del griego θηρίον (theríon), que significa “bestia” o “animal salvaje”, y describe a personas que se sienten más identificadas con un animal que con un ser humano. Esta identificación no es meramente simbólica, sino que se expresa en comportamientos concretos como caminar en cuatro patas, emitir sonidos propios del animal elegido en lugar de palabras y adoptar hábitos que buscan emular la vida instintiva de la criatura con la que se sienten afines. “Recientemente se ha levantado un nuevo movimiento los Therians…”, se repite en las redes sociales.
Un fenómeno distinto, aunque relacionado en su vínculo con lo animal, es el de los llamados perrijos o gatijos, una fusión entre perro o gato con hijos. En este caso no se trata de identidad, sino de elección vital: hay quienes consideran preferible tener una mascota antes que un hijo. Las razones varían desde la búsqueda de independencia financiera y libertad personal hasta argumentos más altruistas o fatalistas, como la idea de que el mundo está demasiado deteriorado para traer más seres humanos a él.
Ambas tendencias comparten un trasfondo que rara vez se reconoce de manera explícita. Quienes las practican suelen defenderlas desde la libertad individual, y es cierto que nadie puede obligarlos a vivir de otra manera. Sin embargo, detrás de esa libertad se esconde con frecuencia una visión profundamente crítica de la humanidad. Muchos Therians parecen considerar que la identidad humana es una carga asociada a la destrucción ambiental, la explotación de recursos y un legado histórico de violencia. Ser animal se convierte, entonces, en una renuncia simbólica a la especie, una declaración implícita de que no desean seguir siendo humanos porque no creen que los humanos sean buenos para el mundo.
En el caso de los perrijos y gatijos, la renuncia es distinta pero emparentada. No se trata de abandonar la identidad humana, sino de renunciar a su continuidad. La maternidad y la paternidad se perciben como actos irresponsables en un planeta que, según esta visión, ya no puede sostenernos. Es una lectura abiertamente maltusiana, reciclada por jóvenes que han crecido expuestos a discursos catastrofistas sobre el futuro. La tecnología, los avances científicos, el aumento en la esperanza de vida y la reducción histórica de la pobreza se vuelven invisibles ante una narrativa donde el porvenir es inevitablemente oscuro. En ese marco, identificarse como animal o preferir mascotas a hijos aparece como una forma de protesta silenciosa, una rendición disfrazada de estilo de vida.
Pero sería injusto atribuir toda la responsabilidad a los jóvenes. Estas tendencias no surgieron en el vacío. Son, en buena medida, el resultado de lo que nuestra generación no supo transmitir. No logramos trasladar optimismo ni mostrar un futuro próspero. Convertimos los avances tecnológicos en simples objetos intercambiables, sin una narrativa de progreso. Nos dividimos entre quienes niegan el calentamiento global y quienes anuncian periódicamente el colapso climático. Unos creen que basta con cerrar los ojos, otros quieren que avancemos impulsados por el miedo. En ambos casos, el mensaje para los jóvenes fue el mismo: el futuro no es confiable.
Además, esta generación les dio razones para no creer en Dios, lo cual es su derecho, pero al hacerlo también les quitó la necesidad de trascender. Si no se cree en Dios, al menos debería creerse en la trascendencia a través de los hijos, que repiten nuestro nombre y nuestras acciones. Los perrijos y gatijos no harán eso. No heredarán nuestra historia ni continuarán nuestro linaje. No nos proyectarán hacia adelante. A esto se suma el individualismo extremo que hemos cultivado, donde el éxito se mide exclusivamente en satisfactores materiales, sean experiencias para los jóvenes o independencia financiera para los adultos. En ambos casos, la vida se reduce a una ecuación personal, no a un proyecto colectivo.
La gente tiene derecho a vivir como quiera mientras no perjudique a otros. No se trata de exigir que tengan hijos ni de prohibir que se identifiquen como animales. Se trata de reconocer que estos fenómenos son síntomas de algo más profundo: estamos perdiendo aceleradamente la fe en nuestra humanidad. Cuando una sociedad deja de creer que los seres humanos somos capaces de mejorar, de crear, de sostenernos y de trascender, aparecen estas formas de renuncia. No son modas ni extravagancias. Son señales de que hemos dejado de contarnos a nosotros mismos una historia en la que valga la pena ser humanos.
ESCRIBE
Eliseo Núñez
Abogado con más de 20 años de carrera, participa en política desde hace 34 años sosteniendo valores ideológicos liberales.