Durante décadas dimos por sentado que los partidos políticos eran el eje natural de la vida democrática. Eran las organizaciones que articulaban intereses, ordenaban la competencia y convertían la voluntad ciudadana en gobiernos. Esa premisa ya no se sostiene con la misma fuerza. Hoy, en casi todas las democracias liberales, los partidos atraviesan una crisis profunda que no es coyuntural ni pasajera. Es estructural. Y obliga a preguntarnos si seguirán siendo el vehículo central de acceso al poder o si deberán compartir ese espacio con movimientos sociales, plataformas ciudadanas y liderazgos que se presentan como ajenos al sistema.
La evidencia es contundente. Según Latinobarómetro, la confianza en los partidos políticos en América Latina ronda el 13 al 15 por ciento. Es un nivel tan bajo que ya no puede explicarse como un malestar temporal. A esto se suma la caída de la afiliación partidaria, especialmente entre jóvenes, la volatilidad electoral creciente y el ascenso de outsiders que capitalizan el desencanto. No es casualidad. Es el resultado de un vínculo representativo que se ha ido erosionando por acumulación de errores, desconexiones y prácticas que la ciudadanía percibe como distantes o directamente ajenas a sus intereses.
Las causas de este deterioro están bien documentadas. Una de ellas es la convergencia programática. Cuando las ofertas partidarias se vuelven demasiado similares, la política pierde contraste y la ciudadanía siente que votar no cambia nada. Lo vimos en Europa en los años noventa y dos mil, cuando socialdemócratas y centroderecha terminaron defendiendo políticas económicas casi idénticas. Lo vimos también en Chile, donde la percepción de pactos entre élites alimentó la idea de que la política se había encerrado sobre sí misma.
Otra causa es la incapacidad de adaptación. Los partidos que no responden a nuevas demandas sociales, o que quedan asociados a corrupción y mala gestión, pierden legitimidad. La institucionalización partidaria se debilita cuando el arraigo social se rompe y cuando la ciudadanía deja de ver a los partidos como intermediarios confiables. Los escándalos de financiamiento político en Chile y España son ejemplos claros de cómo la pérdida de integridad, real o percibida, destruye la confianza.
A esto se suma la transformación hacia partidos cartel. Katz y Mair describieron hace dos décadas un fenómeno que hoy es visible en muchos países: partidos que se protegen entre sí, colonizan el Estado y reducen la competencia efectiva. Cuando la política se convierte en un sistema cerrado, la ciudadanía deja de sentirse representada y busca alternativas por fuera del marco institucional. Ese vacío es el que aprovechan los liderazgos populistas, que no surgen como causa primaria del deterioro, sino como respuesta a él. La narrativa pueblo contra élite corrupta encuentra terreno fértil cuando los partidos tradicionales han perdido credibilidad.
Frente a este panorama, vale la pena mirar las transiciones democráticas para entender qué papel pueden y deben jugar los partidos en momentos de cambio profundo. La experiencia comparada muestra que, en las salidas del autoritarismo, los partidos siguen siendo indispensables. No porque sean perfectos, sino porque tienen la capacidad de negociar reglas, estabilizar expectativas y convertir acuerdos en instituciones. España lo hizo con los Pactos de la Moncloa. Chile lo hizo con la Concertación. Uruguay lo hizo con partidos fuertes que lograron reordenar la competencia sin excluir a nuevos actores como el Frente Amplio.
Pero también es cierto que los pactos de élites no bastan. Una transición democrática necesita partidos capaces de reconectar con la sociedad, de escuchar y de abrir espacios de participación. Sudáfrica es un buen ejemplo de ese equilibrio. El ANC lideró la transición, pero lo hizo acompañado por movimientos sociales y sindicatos que mantuvieron viva la presión ciudadana. La legitimidad no se construyó desde arriba, sino en diálogo.
Si Nicaragua entra en un proceso de transición, esta distinción será crucial. Los partidos y la sociedad civil no cumplen la misma función. Los partidos deben competir por el poder, negociar reglas y asumir la responsabilidad de gobernar. La sociedad civil debe colocar demandas, vigilar, deliberar y educar cívicamente. Ninguno puede sustituir al otro. Y ninguno debería intentar subordinar al otro. La relación ideal es de cooperación crítica. Diálogo sin tutelas. Coordinación sin absorción. Autonomía sin aislamiento.
La experiencia de los años noventa en Nicaragua ofrece lecciones claras. La sociedad civil surgió con fuerza, pero en un contexto de polarización que limitó su autonomía. La clase política la vio más como instrumento que como contraparte. Y la construcción de agendas propias tomó tiempo. Esa transición quedó inconclusa en parte porque no se logró establecer un equilibrio sostenible entre partidos y sociedad civil. No se crearon mecanismos estables de interlocución. No se blindó la autonomía social. No se generaron incentivos para que la participación ciudadana fuera un componente permanente del sistema democrático.
Hoy, la lección es evidente. La democracia no se sostiene sin partidos, pero tampoco se profundiza sin una ciudadanía organizada. Votar es necesario, pero insuficiente. La democracia exige participación continua, vigilancia pública y espacios de conversación que no dependan del carisma de un líder ni de la coyuntura del momento. Los caudillos prosperan donde la ciudadanía delega. Y las democracias liberales no necesitan ser reemplazadas, sino reformadas para abrirse, transparentarse y reconectar con la sociedad.
En una transición, ese equilibrio es decisivo. Sin partidos no hay reglas. Sin sociedad civil no hay profundidad democrática. La tarea es construir un sistema donde ambos actores cumplan su rol sin pretender ocupar el del otro. Solo así la democracia puede volver a ser creíble.
ESCRIBE
Eliseo Núñez
Abogado con más de 20 años de carrera, participa en política desde hace 34 años sosteniendo valores ideológicos liberales.