En el filme “El crimen del padre Amaro” (México, 2002) hay una escena que jamás olvidaré. La de los poderosos del pueblo censurando de una forma grosera a un periodista, pues no querían que informara sobre las corruptelas de los poderosos de Los Reyes.
Rubén, el periodista, había escrito para un diario regional una nota en la que revelaba la relación entre el párroco Benito y El Chato, el jefe narco. Ante la presión de la Iglesia y de la propia gente, que llegó a agredir a su padre, Rubén deja el lugar y se traslada a Ciudad de México para salvar el pellejo.
Este caso es de ficción, pero censurar periodistas siempre ha estado de moda en la vida real. Se puede encontrar en novelas, ver en películas o escucharlo en la vida real. Al poder le disgustan en extremo los medios y periodistas que ejercen como el contrapoder que se debe a la ciudadanía del país y no a los militares, la empresa privada, el gobierno o las iglesias.
En la película mencionada se buscaba ocultar los nexos entre la iglesia y el narco, y el amorío del párroco con una feligresa.
En la vida real se busca ocultar las distintas maneras de cómo los gobernantes, en contubernio con empresarios, religiosos, militares y hasta narcos se enriquecen con el erario, emplean a cuanto pariente pueden, benefician a sus amantes, mientras hacen ver que todas sus acciones son bien pensadas y beneficiosas para la gente más vulnerable.
Pero los efectos de la censura son distintos según el país donde ocurran.
En el México del padre Amaro, la víctima resulta ser Amelia, la bella y joven amante del sacerdote, quien la induce a un aborto fatal. El cinismo llega al punto que el propio Amaro le celebra la misa de cuerpo presente a su amante muerta, mientras el viejo párroco Benito casi estalla de ira al observar semejante escena.
Eso en la película. En la vida real usualmente insultan, deslegitiman, censuran, persiguen, encarcelan o matan a los periodistas.
No hace mucho el presidente de los Estados Unidos, Donald J. Trump, le gritó a una periodista “¡quiet, Miss Piggy!” porque ella le preguntó sobre el famoso caso de los archivos Jeffry Epstein.
En Centroamérica la censura es tan grosera y mortal. Los casos de los amigos Ángel Gahona, María José Bravo y Adolfo Olivas lo grafica.
A Adolfo lo mató el narco porque había dado con el hilo de una red de narcotraficantes mexicanos. A María José la mató un político liberal porque detestaba la manera cómo ella cubría las elecciones que él no había ganado. A Ángel lo mató un policía subordinado a Aminta Granera porque no querían que él informara lo que pasaba en Bluefields.
Pero a los que no han matado los han confiscado, les han cerrado sus medios, los han encarcelado, los han expulsado del país, les han quitado su nacionalidad y los han vilipendiado aún estando lejos de Nicaragua.
Argentina por ahí anda, con un Milei desbocado y buscando demandar a cuanto periodista puede. En Costa Rica, el presidente Chávez tiene su “prensa canalla”. En Honduras, el gobierno de Libre – que irónicamente cuenta con varios periodistas en sus filas – sigue siendo enemigo de los periodistas. México es el peor país para hacer periodismo, por la cantidad de periodistas asesinados. Colombia sigue descomponiéndose y Venezuela no se diga.
La censura es como el mítico Kraken, un monstruo capaz de devorarlo todo.
En la leyenda nórdica, el Kraken arrastra barcos y marineros al fondo del mar. En la vida real, este Kraken llamado censura busca engullirse a cuanto periodista se atreva a fiscalizar a un poderoso.
Pecado mortal es informar sobre el político que recibe barras de oro, carros y viajes a cambio de servir a intereses extranjeros, el caudillo que financia a su amante, la casa que se manda a hacer el hijo de papi con fondos públicos, el entramado de empresas que reciben beneficios que no deberían, el sacerdote genuflexo que no vive el evangelio porque le tienen un archivo guardado, el viejo opositor que encontró la calle muy dura, el militar que se volvió rico sin por el rango que ostenta …
Desafortunadamente para los corruptos, siempre habrá periodistas y medios que se atrevan a enfrentar los tentáculos de la censura, que son los tentáculos de la corrupción.
ESCRIBE
Alfonso Malespín
Periodista. Investigador de temas de libertad de expresión y medios de comunicación. Amante de la gastronomía, bailes y paisajes nicaragüenses.