Quise imaginar qué piensa hoy un viejo guerrillero sandinista y escribí este artículo, basado en conversaciones con uno. Aclaro por qué uso la primera persona, aunque no sea yo el sujeto original. Me meto en los zapatos de Juancho, un viejo guerrillero, no por impostura sino como un ejercicio de empatía crítica. Colocarme en primera persona me permite ver desde dentro la lógica de quien entregó su juventud a un sueño y hoy, al verlo deformarse, busca explicaciones, excusas y consuelo. No es para justificar, es para entender cómo se llega a justificar lo injustificable. Empiezo.
Tengo 75 años. Me llaman Juancho, nombre de guerra de cuando fui guerrillero en los años sesenta y setenta. El partido fue mi vida: entregué mi juventud a un ideal y quiero creer que ese ideal sigue vigente. Mis años de gloria fueron los ochenta. Había dos mundos, el capitalista y el socialista, y yo pertenecía al segundo. Gritaba contra las injusticias del mercado y creía que el orden autoritario era el remedio temporal para contener a los reaccionarios. Las cifras de violencia que entonces justificábamos eran, en mi mente, dolores de parto de un mundo mejor. Los que nos adversaban eran financiados por Estados Unidos; los contras no eran campesinos sino mercenarios; y cualquier reclamo popular era, para nosotros, un resabio del capitalismo. En ese universo, mi partido y yo teníamos la razón.
A finales de los ochenta y comienzos de los noventa, todo se vino abajo. Vi caer el muro de Berlín y con él se desvaneció la ilusión de un paraíso socialista inmutable. La desintegración de la Unión Soviética fue el golpe final a una fe que creí inquebrantable: la historia nos mostró que el relato que nos sostenía tenía grietas. En 1990 mi pueblo votó por una libertad que yo no entendía, y me vi obligado a transitar a un mundo donde el mercado había ganado la partida. Me sentí despojado, señalado por el fracaso, tentado a probar si la prosperidad capitalista era real.
Entonces apareció Daniel Ortega, prometiendo redención, retorno al poder y continuidad de la revolución. Nos juramos no volver a caer en la trampa de la democracia, reconstruimos el aparato que nos permitiría regresar al socialismo y creímos que la receta era temporal. Volvimos a creer que la historia podía corregirse, que el tiempo nos daría la razón. Pero la historia no perdona ingenuidades.
Llegó abril, ese abril del que está de más mencionar el año. La revuelta, otra vez jodiendo con eso de la libertad, y otra vez no comprendía: ¿acaso no estábamos bien con el comandante jugando al capitalismo?
Nuevamente el comandante apareció para salvarnos, implacable. Eliminó tranques y golpistas; la violencia se justificó como defensa de la patria. Me enfundé el viejo camuflaje, disparé contra enemigos que antes eran vecinos; capturamos, torturamos, exiliamos. Repetimos que eran golpistas, que eran terroristas, para convencernos de que no habíamos dejado de ser héroes. El miedo a volver a ser los culpables nos hizo celebrar la represión, porque la permanencia en el poder nos garantizaba no pasar de héroes a villanos.
Con el tiempo, sin embargo, el alma me pesa. Me pregunto si podré mirar a los ojos a mis hijos y nietos cuando me pregunten por qué apoyé masacres, por qué callé ante detenciones y secuestros. Sé que quizá será tarde para enmendar. Los ecos de mis disparos aún resuenan, mis vecinos me desprecian, y la familia me rescata no por el héroe sino por el hombre caído. Aprendí que este país es de todos y que solo podremos avanzar si nos miramos a los ojos y discutimos ideas sin violencia.
Hay noches en que la memoria me traiciona y confundo los rostros de los que cayeron con los de los que sobrevivieron, pero la culpa no me abandona. Me despierto con la sensación de que algo esencial se perdió, que la revolución que juramos fue devorada por su propia lógica de poder. Nos prometieron igualdad y nos dieron miedo; nos prometieron dignidad y nos dieron silencio. La contradicción me persigue como un animal hambriento.
Y ahora la traición tiene rostro propio: la purga llegó a la casa. Rosario Murillo, la sombra que durante años susurró y ordenó desde el costado del poder, ha dado un paso que hiela la sangre: la detención de comandantes históricos, hombres que una vez fueron pilares del proyecto, ahora conducidos por la policía del mismo régimen que ayudaron a construir. Ver a quienes compartieron trincheras y sueños ser tratados como criminales en operativos que parecen diseñados para limpiar a la vieja guardia es una imagen que no se borra. La esposa del líder, desde su trono informal, ordena y dispone, y la revolución que defendimos se convierte en instrumento de venganza interna. Si los nuestros pueden ser arrestados por la mano de quien hoy manda, ¿qué queda de la fraternidad que juramos?, ¿qué queda de la memoria colectiva que nos sostenía?

Hasta aquí las “reflexiones” de Juancho. Comprendo el miedo que empuja a un hombre a aferrarse a cualquier tabla de salvación, comprendo la lógica del grupo que se protege a sí mismo, pero no siento piedad por la historia que se repite. En Nicaragua, la forma más frecuente de que un pobre sobresalga ha sido disparando y no estudiando, porque el Estado ha sido incapaz de ofrecer oportunidades reales para que la inequidad disminuya. Esa es la tragedia: un país que no educa, que no abre caminos, que convierte la violencia en atajo para la movilidad social, termina alimentando su propia ruina.
También debo decir que fallamos como demócratas. A los Juanchos los convertimos en parias, los empujamos al margen, les cerramos las puertas de un trabajo digno y les abrimos las de la humillación. Para ellos, la democracia no fue una ventaja: fue un infierno personal. Ortega lo entendió antes que nosotros y se aprovechó. Mientras nosotros creíamos que bastaba con no encarcelarlos, él les ofrecía redención. Estábamos convencidos de que debían sentirse agradecidos por no haber sido juzgados, sin entender que lo justo no era castigar a todos por igual, sino identificar a los verdaderos responsables. Al final, hicimos que todos los Juanchos cargaran con la culpa colectiva, y en ese ruido de condena generalizada se nos escondieron los que realmente debieron pagar por sus crímenes.
Al final, espero que Juancho se quede con la certeza amarga de que su heroísmo fue una moneda de curso corto, y que la patria que soñó no será legada por gestos de fuerza sino por la capacidad de reconocer errores, pedir perdón y construir instituciones que permitan a los jóvenes ascender por el estudio y el trabajo, no por las balas. Si no cambiamos eso, la historia seguirá repitiéndose y los héroes de ayer terminarán, inexorablemente, convertidos en los villanos de mañana.
Para cerrar, no puedo dejar de recordar que lo que vimos en el mundo no fue solo un tropiezo: fue la caída de mitos. El derrumbe del muro de Berlín y la desintegración de la Unión Soviética dejaron sin brújula a muchos Juancho, y más tarde el estancamiento cubano mostró que la resistencia puede enquistarse en la escasez. Por su parte, la entrega de sectores del liderazgo venezolano a intereses externos, hasta alinearse con quienes antes señalaba como enemigos, fue la última lección amarga: quienes se proclamaron revolucionarios terminaron subordinándose a poderes que, según su discurso, no defendían al pueblo, y lo hicieron por dinero. Esas imágenes, juntas, son la advertencia final de que los atajos del poder acaban devorando la promesa de un futuro mejor.
Cuando el héroe se aferra a su medalla y no a su principio, la historia lo acomoda en el mismo basurero donde descansan aquellos a quienes prometió derrotar.
ESCRIBE
Eliseo Núñez
Abogado con más de 20 años de carrera, participa en política desde hace 34 años sosteniendo valores ideológicos liberales.