Hace 47 años, en junio de 1979, mi hermana Zulema Baltodano Marcenaro cayó en la masacre de Batahola. Tenía apenas 17 años. Como miles de jóvenes de su generación, decidió enfrentar una dictadura convencida de que Nicaragua merecía un futuro distinto. Hoy quiero recordarla no solamente por la forma en que murió, sino, sobre todo, por quién fue, cómo vivió y cuáles eran los sueños que la animaban.
Zulemita nació en León, en el barrio El Laborío, el 28 de septiembre de 1961. Fue sietemesina, una condición que entonces marcaba mucho la vida de los niños y niñas, pues solía asociarse con mayor propensión a las enfermedades. Era la penúltima de los diez hijos e hijas de mi madre, también llamada Zulema, y de mi padre Roberto. Desde sus primeros años estudió en el Colegio La Pureza de León.
No puedo negar que mis hermanos fueron influidos directamente por mi decisión de militar en la lucha por el cambio social y el fin de la dictadura. Recuerdo siempre que, en 1973, organicé un pequeño grupo con mis hermanos menores, adolescentes y niños. En un acto estudiantil, acompañados por la guitarra que tocaba mi hermano mayor, entonamos el Himno de la Internacional. Antes les había hablado sobre el origen del himno y sobre el sentido de sus palabras. Todos participaron con decisión. Zulemita tenía entonces apenas 12 años.
Pero sería injusto reducir su compromiso a una influencia familiar. Fueron también las condiciones sociales, la represión imperante y la existencia de una opción organizada de lucha las que hicieron posible que miles de jóvenes se sumaran a ese torrente que, entre 1978 y 1979, llegó a convertirse en la lucha sandinista. En mi familia, mientras los mayores colaboraban de distintas formas, los menores —Amparo, de 19 años; Ricardo, de 18; Zulema, de 17; y Alma Nubia, de 15— asumieron un compromiso más directo y riesgoso.
A principios de 1975, la Oficina de Seguridad Nacional sabía que yo había pasado a la clandestinidad el año anterior. Por entonces la represión se incrementó. Vivíamos bajo Estado de Sitio y Ley Marcial, después de la operación del comando Juan José Quezada, en diciembre de 1974. Esa situación llevó a mi madre a trasladarse con mis hermanos a Managua. Allí, Zulemita estudió en el Colegio San José, institución que después del triunfo de la Revolución llevaría su nombre.
En 1977, a los 15 años, Zulemita participaba activamente en los movimientos estudiantiles que respaldaron las huelgas y tomas de iglesias de ese año, realizadas por la libertad de los presos políticos y por reivindicaciones estudiantiles. Ese mismo año comenzó a trabajar con el FSLN -el de Carlos Fonseca- en tareas de organización y propaganda en los barrios noroccidentales de Managua, donde vivía junto a mi madre y mis hermanas. Para entonces yo estaba presa y ella llegó algunas veces a verme. La vi crecida, madura.
Mi hermana era una joven muy hermosa, de rasgos costeños, cabello oscuro y una presencia que llamaba la atención. Pero quienes la conocieron recuerdan, sobre todo, la fuerza de su carácter, su independencia y la determinación con la que defendía sus ideas.
Mi hermana Amparo recuerda que Zulemita tenía muchos enamorados. Uno de ellos, a quien llamaban “el Chinito”, era un muchacho moreno y gordito que la adoraba. Llegaba a la casa de Las Delicias del Volga, media cuadra al lago, donde vivimos en 1978 y le llevaba flores y regalos. Eran apenas adolescentes, pero aquel muchacho la cortejaba como un enamorado de otra época.
Mi hermana Anita la recuerda fuerte, dura cuando hacía falta, celosa de su individualidad y de sus cosas, pero también fiestera, le encantaba bailar y sabia ser tierna. Esa ternura se expresaba especialmente con Pancasan, mi hijo, a quien tuve que dejar al cuido de mi madre a finales de 1976, cuando tenía apenas dos meses de nacido. Zulemita era amorosa con él; dedicaba horas a pasearlo, cuidarlo y atenderlo.
Cuando pienso en Zulema, no la evoco únicamente como combatiente. La imagino cantando canciones de ABBA a todo pulmón, bailando, discutiendo con sus hermanas porque defendía su independencia, cuidando a Pancasan durante horas y llegando a la casa con esa mezcla de ternura y determinación que la caracterizaba.
El año 1978 fue de huelgas, paros y grandes movilizaciones después del asesinato de Pedro Joaquín Chamorro, el 10 de enero. Los estudiantes se sumaron a esas luchas, y Zulemita participó ya como dirigente en su colegio. Con el apoyo de algunos padres de familia, ella y otros jóvenes se tomaron el centro educativo para acompañar la huelga de hambre de Albertina Serrano y otras madres por los derechos de los presos políticos.
Para ese año, la Asociación de Estudiantes de Secundaria estaba dirigida por Manuel Olivares, Marcos Sequeira, Eddy Rodríguez y los hermanos Mariano y César Sediles, casi todos caídos en la lucha. En su colegio, Zulemita fue expulsada junto a otros jóvenes por su participación en esas acciones. Por eso, en 1979 ingresó al Colegio Alfonso Cortés, ya casi al final de su secundaria.
Ese año formó parte de los Comités de Acción Popular. Como han testimoniado varios jóvenes de la época, para entonces las acciones del movimiento estudiantil se orientaban cada vez más hacia los barrios. Seguían realizándose actividades en los colegios, sobre todo de organización política y reclutamiento, pero por las noches se participaba en labores de propaganda barrial, fogatas, pintas y otras acciones de resistencia. Eran tareas organizadas, realizadas por escuadras, con vigilancia y coordinación. Aunque la Guardia borraba las pintas al día siguiente, los jóvenes volvían a hacerlas. Era una manera de decir: aquí estamos.
En 1979, Zulema también integró las Escuadras de Combate de Monseñor Lezcano, primero bajo la responsabilidad de Martha Kraudy y luego de Pedro Meza. Eran estructuras que realizaban operaciones armadas con recursos muy limitados. Martha, una de las dirigentes estudiantiles en Matagalpa, debido a la represión había tenido que pasar a la clandestinidad en Managua. Ella y Zulema se hicieron muy amigas.
Mi hermano Ricardo, quien fue enviado a León, pero pudo compartir una parte de ese proceso, recuerda que Zulemita se caracterizaba por su carácter fuerte. Era claramente independiente y autónoma. Mis hermanas dicen que, aun sin nombrarlo de esa manera, ella era feminista: defendía su derecho a tomar sus propias decisiones. Era tan valerosa que a veces rozaba la imprudencia. Insistía en la necesidad de actuar, sin darle demasiadas vueltas a las cosas. Esa inclinación a la radicalidad generaba no pocos dolores de cabeza a la familia. Incluso yo, como jefa de la GPP en Managua, tuve que involucrarme en orientar a Martha Kraudy para poner límites a algunas de sus intrépidas acciones.
El 7 de abril de 1979, Zulema cayó presa mientras viajaba a Matagalpa para devolver unos documentos que habían sido expuestos en una galería de combatientes caídos, organizada por el FER. La Guardia Nacional cateó el bus en que se movilizaba y la capturó. Cinco días después, en el barrio Altagracia, nuestra hermana Alma Nubia, de 15 años, resultó gravemente herida mientras fabricaba bombas de contacto. La potente bomba le cercenó ambas manos y provocó otras heridas graves. Ellas eran las dos hijas menores de mi madre, Zulema Marcenaro, quien además participaba activamente en las luchas de AMPRONAC. Fueron momentos muy duros para la familia.
Zulemita estuvo casi un mes presa. Al salir se incorporó de nuevo a la lucha y pudo acompañar a Alma Nubia en el refugio donde se restablecía. El jefe inmediato de ellas orientó a mi madre y a mis hermanas asilarse en la Embajada de Venezuela, pero Zulema y Amparo se negaron a cumplir esa orientación. Al final, mi madre, Alma y mi pequeño hijo Pancasan se asilaron.
Mis hermanas recuerdan que a Zulemita le encantaban las canciones de ABBA, en especial Fernando y Chiquitita, y que las cantaba a viva voz cuando podía, incluso después de que mi madre se asilara, es decir, poco antes de su muerte. Desde que lo supe, no puedo escuchar esas canciones sin que se me oprima el corazón.
Para los levantamientos de los barrios occidentales, a principios de junio, Zulema ya estaba nuevamente integrada a una escuadra, bajo la jefatura de Amílcar Ocampo Elvir, responsable de los Comités de Acción Popular del barrio Monseñor Lezcano.
Como se sabe, los jóvenes organizados de los barrios noroccidentales – Monseñor Lezcano, Santa Ana, La Morazán, Las Brisas, Acahualinca y Miraflores- lograron mantener el control de esos barrios durante varios días. También realizaron ataques contra la Tercera Sección de Policía, cerca de Foto Lumington, y contra la Cuarta Sección, cerca del Cine Darío. Esas fuerzas libraron combates muy intensos, especialmente en la calle principal del barrio Monseñor Lezcano, desde la ferretería Lang -hoy Walmart- hacia el lago, hasta llegar a La Ceibita.
Pero no contaban con armas ni municiones suficientes para enfrentar a las fuerzas de la Guardia Nacional que se organizaron para recuperar el control de esos barrios. Cuando se decidió la retirada, los grupos salieron en distintas direcciones. Una parte de la fuerza se dirigió hacia Occidente, por el asentamiento Los Martínez; otra decidió avanzar hacia San Judas.
Ese grupo fue emboscado por la Guardia Nacional en los predios baldíos donde hoy se levanta el barrio Batahola. Allí fueron atacados quienes se replegaban, muchos de ellos sin posibilidades reales de defenderse. Zulema iba entre ellos. Se habla de más de cien muertos; hasta ahora he logrado completar más de cincuenta nombres.
Mi hermana Amparo ha relatado:
“La volví a ver hasta el 15 de junio de 1979, cuando llegó a convencerme de irme en el Repliegue de Batahola. Le dije que no, que Germán nos había dicho que teníamos que esperar orientaciones. Ahí nos despedimos con un abrazo. No pensé que esa sería la última vez que la vería con vida. Llegó como a las siete de la mañana, después del toque de queda, con unos botines, un azulón, una cotona blanca con rayas de colores pasteles en zigzag, una gorra de corduroy café con visera y sus anteojos, que eran muy gruesos. Fue la última vez que la vi”.
Amparo también me relató, hace quince años, que esa tarde una señora que colaboraba con Zulema —la dueña del restaurante El Gitano, ubicado por Monseñor Lezcano— llegó a decirle: “Ahí está Claudia”, que era como ella la conocía, “en el lugar de la masacre”. Intentaron entrar, pero ya había un cordón de la Guardia.
Al día siguiente, Amparo volvió con Gloria Elena, nuestra prima, después del toque de queda. Ya no estaban los cuerpos. Había quedado, sin embargo, un rastro doloroso de lo ocurrido: mochilas, lentes, ropa dispersa y pertenencias de los jóvenes. Amparo buscó hasta encontrar parte de la cotona, la gorra y los anteojos de Zulema, junto con una porta lentes de plata que mi mamá le había regalado. Necesitaba recuperar algo suyo, algo que confirmara lo que le decían: que Zulema había muerto. Todo eso se lo llevó a mi madre a la Embajada de Venezuela como recuerdo. Más tarde, mi madre lo prestó para el Museo de los Héroes y Mártires de Batahola. De ahí no supimos qué pasó.
Después se supo que la Guardia Nacional recogió los cadáveres y los trasladó con rumbo desconocido. A los barrios orientales, donde yo me encontraba, me llegó la noticia: “Tu hermana Zulema cayó”. Confieso que entonces no pude llorar. Yo pensaba en mi madre, en su dolor y en su situación.
Después del triunfo, pasamos a formar parte de las familias que no pudieron enterrar a sus muertos. Por eso colocamos una lápida en el lote familiar del cementerio. Mi madre escribió allí: “Zulemita, no tienes una tumba en el campo santo, pero moras en cada pulgada de tu tierra amada y en el corazón de tu madre”.
En 1989, durante la construcción del Centro de Convenciones Olof Palme, fueron encontradas unas ochenta osamentas y restos de los caídos, precisamente en el lugar donde estuvieron las instalaciones de la Academia Militar y que en 1979 era un campo baldío. Esos restos fueron trasladados hacia la entrada del centro de convenciones y enterrados en una tumba colectiva, donde se erigió un monumento con pequeñas placas que llevan los nombres de los caídos. De los otros cuerpos se sabe que algunos fueron quemados y otros rescatados por sus familiares.
¿Por qué evocar a Zulemita 47 años después?
En primer lugar, porque el paso del tiempo no disminuye el amor, la admiración ni el respeto que sentimos por ella. La seguimos recordando con el mismo cariño y seguimos imaginando la vida que pudo haber tenido; una vida que hoy la encontraría próxima a cumplir 65 años, amada por hijos y nietos.
Pero la razón principal para evocarla va más allá del ámbito familiar. Su vida, entregada a una edad tan temprana, nos interpela y nos compromete con los ideales de justicia, libertad y dignidad por los que ella, y miles de jóvenes de su generación, estuvieron dispuestos a arriesgarlo todo.
Al recordar a Zulema no buscamos alimentar la nostalgia ni construir un relato de martirio. Tampoco pretendemos quedarnos atrapados en el pasado. La memoria tiene un sentido profundamente presente. Recordamos porque creemos que la historia no puede quedar en manos de quienes la manipulan para justificar nuevas formas de opresión.
Es importante que las nuevas generaciones conozcan de aquellos miles de muchachos y muchachas que lucharon contra la dictadura somocista. Jóvenes como Zulema no entregaron sus vidas para que Nicaragua terminara sometida a otra dictadura, peor que la de Somoza, sustentada en la concentración familiar del poder, la represión y los privilegios de una élite gobernante.
Por eso, recuperar estas historias también es una invitación a reflexionar sobre el futuro del país. Nicaragua necesita reencontrar caminos de entendimiento, del cese de la violencia, convivencia democrática, respeto a la diversidad de pensamiento y al estado de derecho. La memoria de quienes cayeron debe servirnos para aprender de nuestra historia y para reafirmar un compromiso esencial: que nunca más una familia se apropie del Estado, que nunca más el poder se imponga mediante el miedo y la violencia, y que nunca más los nicaragüenses tengamos que enfrentar una guerra entre hermanos.
Ese es, quizás, el mejor homenaje que podemos rendir a esa generación, de la cual Zulemita fue apenas una entre miles de jóvenes que soñaron con una Nicaragua más libre, más justa y más digna.
ESCRIBE
Mónica Baltodano
Ex comandante guerrillera de la lucha contra la dictadura somocista. Ex diputada. Cientista social y Máster en Derecho Municipal de la Universidad de Barcelona, España. Historiadora. Es autora de cuatro volúmenes de "Memorias de la Lucha Sandinista". Exiliada y desnacionalizada