Alfonso Malespín
24 de Abril 2026

Abril, narrativas y símbolos


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Desde 2018 el régimen de Daniel Ortega y Rosario Murillo ha pasado del estupor que le produjeron las masivas protestas en las calles del país, a reventarlas a balazos y desarrollar la idea de que fueron un “intento fallido de golpe de estado” en contra de una revolución popular y bien querida por las mayorías. Como siempre, según el oficialismo, “el Imperio” estaba detrás de ese movimiento, manipulando los hilos malévolamente en contra de los pobre copresidentes.

Ortega y Murillo no aceptron, no aceptan ni aceptarán que fue gente del pueblo, por su libre y espontánea voluntad la que se lanzó a la calle a repudiarlos. A él, a su consorte y a todos lo que representan. Y no pueden hacerlo – aunque lo saben – porque eso sería aceptar que ya no son bien queridos y que las siglas de lo que fue un partido dejaron de ser “vanguardia” hace muchas lunas.

Ha pasado casi un siglo, 80 años, desde el final de la segunda guerra mundial. Desde entonces, la producción de testimonios, libros, documentales, películas, archivos sigue en marcha porque el fascismo y el nazismo deben ser repudiados en tanto haya seres humanos sobre la faz de la tierra.

En el caso de Nicaragua, apenas han transcurrido 8 años desde la masacre del movimiento popular que le demostró a Ortega y Murillo de quiénes eran esas calles. Tanto efecto tuvo esa manifestación cívica que los copresidentes ya no pudieron reeditar aquellas masivas celebraciones callejeras –a las que llegaban acarreados, pero también muchos por su libre decisión–, y mandó a sus policías y paramilitares a impedirlas a cualquier costo.

Preparando recomendación…

A esa disputa física, que Ortega y Murillo saldaron con persecución, balas, muerte, sangre, exilio, cárcel, persecución e insultos cotidianos, se une una disputa simbólica que aún no se resuelve. Ortega vende la idea de que él –un David– fue atacado por un Goliat –el Imperio Yanqui–. Él se presenta como el Sandino de nuestros tiempos y todos los que se le rebelaron son los traidores de la patria.

Veamos:

  1. Las banderas. Ortega perdió la azul y blanco para siempre. Por eso ha impuesto su bandera partidaria en la Constitución. No puede asumir la azul y blanco de la patria, porque eso sería asumir la bandera de sus enemigos mortales, como que al vampiro le enrostren el crucifijo.
  2. Las canciones. La rebelión de abril produjo un cancionero que sigue siendo fructífero. Ortega ha podido implantar unas cuantas piezas que suenan y vuelven a sonar en sus medios de propaganda y congregaciones intramuros. El copioso cancionero de abril por ahí suena … a veces. ¡Hasta las canciones emblemáticas de los años setenta y ochenta le arrebataron!
  3. Los muertos. La cultura política de Nicaragua es necrofílica. Ortega y la ciudadanía opositora se disputan las cifras y la autoría de las muertes. Ortega machaca que 22 de los suyos fueron muertos por quienes estaban detrás de las barricadas, y que los muertos fueron 300. Del otro lado le reiteran que Ortega mandó a matar a por lo menos 355 nicaragüenses, incluyendo 29 niños y adolescentes. Para Ortega sólo sus muertos cuentan. Los azul y blanco olvidan recalcar cotidianamente que la demanda de investigación y justicia es para todos los muertos de 2018.
  4. La causa. El movimiento autoconvocado azul y blanco creció de manera casi espontánea y explosiva en abril de 2018. Ortega, consciente de que llegó al poder con apenas el 38% de los votos, no podía admitir públicamente que desde entonces era minoría y que en el 2008 ya era fraudulento. Por eso grita todos los días que su causa es legítima y Dios lo respalda. Del otro lado se dice todo lo contrario, que Ortega es ilegítimo, fraudulento, corrupto, dictatorial, y que apenas representa sus propios intereses. Los azul y blanco no han sido capaces de crear mensajes concretos que lleguen al corazón y mentes de la gente que sobrevive en el país. Los conceptos son importantes, pero la vida concreta es poderosa.
  5. Las vacas sagradas. Rosario Murilo se ha encargado desde 2007 de vender la idea de que ella y su marido están en el altar de la patria. Eso son las enormes tarimas enfloradas. Que ella es la suprema sacerdotisa –“soy la madre de todos”– y que él es la vaca sagrada de que hablaba García Márquez en “El otoño del patriarca”. Siendo así, no puede haber nadie que le haga sombra. Por eso se deben destruir todos los demás símbolos, llámense pastores que pronostican avivamientos, obispos que denuncian y exorcizan, o veneradas imágenes de la Sangre de Cristo.
  6. La literatura. Acá Ortega las tiene feas. Ha vaciado el país de intelectuales y no tiene quien le escriba. Del lado azul y blanco, lo de 2018 sigue siendo una fuente no agotada para producir memoria histórica y ficción. El peso de la memoria ha estado sobre los hombros de periodistas y activistas de los derechos humanos. Por eso Ortega necesitaba vilipendiarlos, encarcelarlos y expulsarlos. Sergio Ramírez (Tongolele no sabía bailar), Gioconda Belli (Un silencio lleno de murmullos), Gabriela Selzer (Crónicas de abril), Arquímedes González (Como esperando abril), Roberto Samcam Ruiz (Ortega el calvario de Nicaragua) están vedados en Nicaragua. También lo están quienes han producido documentales, informes y testimonios.
  7. La memoria. Daniel Ortega quisiera despertar con el milagro de que a Nicaragua llegó la peste macondiana, y que todo el mundo perdió la memoria. Pero eso no ocurre. Él y su mujer viven con insomnio. Lo dijo él: “hay que dormir con un ojo abierto todas las noches”.  Y por eso abril lo llena cada vez más con gritos, insultos y actividades a las que van los obligados. Del otro lado, persiste la memoria por la labor de activistas, víctimas de Ortega y organismos de derechos humanos, que son relevados en los relatos de los medios y las palabras en foros mundiales, donde no dejan de asombrarse por la transformación de alguien que dijo ser un revolucionario, pero ha demostrado ser un exterminador. Eso sí, no es Abadón.
  8. Los discursos. El movimiento azul y blanco fue también en repudio a toda la clase política de Nicaragua, a la que se responsabiliza por el surgimiento de esta ya no tan nueva dictadura. Pero su discurso no está bien acabado y su vocería sigue siendo inarticulada y hasta dispersa. Se ha quedado sin líderes. Del otro lado, Ortega machaca un hilo cuasi bíblico que va de Diriangén a Sandino a Carlos Fonseca a Ortega, en una trayectoria heroica que enfrenta a los malos hijos de la patria.

Esta disputa por la memoria de lo que realmente pasó en Nicaragua durante la dictadura de Ortega, se comenzará a saldar con la extinción de ese oprobioso régimen. Luego se deberá desintoxicar al país del ortegato – a como desnazificaron Alemania en 1945–, hacer justicia para las víctimas con debidos procesos judiciales, y mantener vivas para siempre las razones por las que ocurrió la gesta de abril de 2018.El país comenzará a darle vuelta a esta página triste cuando ocurra aquello que cantaba Carlos Mejía Godoy medio siglo atrás: “cuando los afiches del tirano sean referentes de una vieja historia…”

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Alfonso Malespín

Periodista. Investigador de temas de libertad de expresión y medios de comunicación. Amante de la gastronomía, bailes y paisajes nicaragüenses.