En junio de 2013 hice un recorrido por las ya extintas minas de piedra pómez de Masaya para escribir un reportaje sobre la extracción de esta roca, que tuvo su auge con la llegada de las zonas francas al Oriente del país, a finales de los años noventa y comienzos de los dos mil. Tenía 19 años y escribía entonces para la revista Domingo de La Prensa. Me acompañaba el fotógrafo Alfredo Zúñiga.
Quienes escribíamos para la edición dominical del diario salíamos de la redacción con el automandato de regresar con una buena historia y una buena fotografía.
Después de varias entrevistas y visitas a distintas minas en los municipios de ese departamento, sentía que no teníamos la imagen que ilustraría el reportaje, ni para las páginas interiores ni para la portada. Así que se me ocurrió una idea: sugerirle a un hombre que trabajaba en la mina que tomara el pico y arañara con fuerza el talud para que Zúñiga pudiera fotografiarlo.
Zúñiga me lanzó una mirada asesina y me pidió hablar. En resumen, me dejó claro que no estaba dispuesto a fotografiar una escena dramatizada. Sus palabras, o más bien su regaño, me siguen resonando y me siguen avergonzando. Saco esta anécdota a colación porque en periodismo hay cosas que no se pueden hacer.
En los últimos meses he visto en algunos medios de comunicación nicaragüenses un abuso de la inteligencia artificial (IA). Observo que se ha recurrido a ella para fabricar fotografías, ilustrar noticias con escenas que nunca ocurrieron o presentar como reales imágenes.
Aquel impulso de novato de una mañana de junio era, en miniatura, lo mismo que hoy se hace a escala industrial con la IA. Yo quería que un hombre fingiera un esfuerzo para que la imagen resultara más impactante para el lector de la revista. Lo que hoy se le pide a una máquina es parecido: que fabrique lo que no se pudo conseguir o dimensione una imagen para añadirles ciertos matices.
Antes bastaba una persona dispuesta a posar y un fotógrafo dispuesto a fotografiarla. Hoy solo basta una instrucción escrita y unos pocos segundos de espera frente a la computadora.
Tuve la dicha de trabajar con grandes fotógrafos nicaragüenses. Óscar Navarrete y Uriel Molina son algunos. En las conversaciones que sostenía con ellos me contaban de malas prácticas en las que incurrían algunos periodistas, con posados que no se acercaban a los hechos que contaban. La cosa es que la herramienta cambió, pero el vicio es el mismo. O los vicios.
Además de las imágenes creadas con IA, proliferan las notas informativas escritas con IA.
La inteligencia artificial ha profundizado los vicios del periodismo. El titular sensacionalista que vende más de lo que la noticia contiene, el rumor que se publica sin confirmar. Esto no es nuevo. Lo nuevo es la facilidad, y la facilidad sin escrúpulos es peligrosa porque Chat GPT o Gemini no los conoce. La rigurosidad debe estar en quien la usa, y aquí quiero dirigirme a periodistas y directores de medios que no están cumpliendo esta máxima del periodismo.
No escribo desde una postura de policía de la IA, ni desde el miedo a la tecnología. La IA es una herramienta que debemos aprovechar. Puede transcribir en minutos una entrevista que antes tomaba horas, ayudar a cruzar bases de datos, traducir documentos, ordenar archivos enormes o señalar inconsistencias que un ojo cansado pasaría por alto. No es justo que el periodismo renuncie a eso.
El problema, como dije antes, es el abuso y la falta de transparencia y honestidad con las audiencias.
Una distinción que me parece necesaria destacar es que ilustrar una información es una cosa y fabricar una evidencia es otra.
Un gráfico, una infografía, una ilustración o un montaje claramente señalado como tal acompañan al lector sin mentirle. Lo que pasa es que algunos medios de comunicación en Nicaragua le piden a la IA que diseñe imágenes sin decirle a su audiencia que son contenidos sintéticos. Una imagen sintética no puede presentarse como registro documental porque no registra nada. Tampoco aporta nada.
Por ejemplo, veo un afán por mostrar a Daniel Ortega y Rosario Murillo como seres satánicos a través de imágenes sintéticas con titulares sensacionalistas, sin advertir que es IA. ¿No se dan cuenta del daño que provoca esta práctica?
Cada fotografía falsa mina la credibilidad de las que sí son reales. Si la gente aprende que las imágenes de un medio pueden ser inventadas, empezará a dudar también de las que son verdaderas, incluidas las que documentan abusos reales. En un país donde buena parte de la evidencia de lo ocurrido en los últimos años ha dependido de testimonios y registros visuales difíciles de obtener, regalarle al poder el argumento de que “todo es falso” es un lujo que no podemos permitirnos.

Lo mismo ocurre con prácticas que no necesitan IA para existir. Reconstruir o “arreglar” una escena para hacerla más dramática, usar una imagen de archivo sin decir que lo es o reutilizar una fotografía de otro lugar y otra fecha porque “ilustra bien” son la misma falta con distinta tecnología.
Una foto de archivo con su fecha, su autor y su contexto es un recurso legítimo. La misma foto sin esos datos se convierte en falta por omisión.
Pasa también con el titular. Cuando el título en mayúsculas y con signos de exclamación o interrogación ofrece algo más de lo que el texto sostiene, el lector paga el costo de una decisión editorial tomada para beneficiar una métrica. No se vale el clickbait. Nada lo justifica.
Otra cosa que he notado es publicar sin confirmar fuentes o reproducir contenido viral como si fuera un hecho verdadero. Hay medios que toman como noticia cualquier opinión de cualquier persona. Si todo lo que hace falta es copiar lo que ya circula, el medio no aporta nada que el lector no pueda encontrar por sí mismo en X.
El valor del periodismo está en lo que añade: contrastar, preguntar, dudar, volver a llamar. Hemos olvidado la necesidad de confirmar.
Mi idea al escribir este texto no es señalar a periodistas y medios que ya hacen un trabajo valiente desde el exilio. Buena parte del periodismo nicaragüense independiente trabaja hoy con grandes restricciones: redacciones desmanteladas, acceso limitado al terreno, fuentes que temen hablar, equipos reducidos. Es comprensible que la tentación de resolver con una imagen generada con IA o con un contenido rimbombante sea mayor.
Si un medio usa IA, el lector tiene derecho a saberlo. No como confesión vergonzosa, sino como práctica profesional normal: indicar cuándo una imagen es una ilustración generada, cuándo un texto fue asistido por herramientas, cuándo una traducción o una transcripción fue automática y revisada por una persona. Esta transparencia no debilita la credibilidad; al contrario, la fundamenta. Lo hacen grandes medios como Reuters y BBC.
He preguntado a varios amigos periodistas que trabajan en medios si cuentan con un manual de IA y la respuesta me abruma. Solo dos medios de comunicación, de seis cabeceras consultadas, tienen un documento. Mi trabajo no es señalar ni decir quién lo tiene y quién no, pero sí poner de relieve la necesidad de que las redacciones lo adopten.
Los periodistas y medios nicaragüenses necesitan un código de ética y de buenas prácticas que establezca unos mínimos sobre cómo informar, cómo utilizar las nuevas herramientas, cómo verificar lo que publicamos y cómo responder cuando nos equivocamos.
Aquel día en la comarca de Las Flores, en Masaya, Alfredo me frenó desde una convicción profesional sobre lo que se puede y no se puede hacer con una cámara. En estos tiempos esa convicción acerca de lo que está mal es urgente en el periodismo nicaragüense.
*Este artículo ha sido revisado gramaticalmente con ayuda de una herramienta de inteligencia artificial.
ESCRIBE
José Denis Cruz
El autor es periodista nicaragüense exiliado en España. Es miembro de la Asociación Centroamericana para la Democracia y el Desarrollo y coordinador de Casa Centroamérica en España.