La última vez que tuve a Daniel Ortega cerca de mí fue el nueve de enero de 2012 mientras recibía las credenciales como presidente reelecto de Nicaragua. Era su segundo mandato consecutivo y, a su lado, estaba Rosario Murillo, en ese entonces primera dama y coordinadora del Consejo de Comunicación y Ciudadanía de Nicaragua. Todavía no era copresidenta. Yo estaba abajo, agachado en uno de los escalones de la escalera principal del Consejo Supremo Electoral; sostenía mi cámara Sony Handycam para cumplir con mi asignación de ese día.
Ese año Ortega tenía 66 años y Murillo 60. “Estaba entero el hombre” —dirían por ahí—, al igual que Rosario, aunque siempre con su estilo hippie estrafalario, los dos lucían fuertes. Todavía no eran esos dos ancianos que en la actualidad caminan con dificultad cada vez que se presentan a un acto público. Obvio, los años —y la maldad que se cargan— no pasan en vano.
Desde esa vez no los volví a tener tan cerca como en esa tarde. Los aniversarios de la Revolución que cubrí los hice desde la tarima que instalan a unos 80 o 100 metros del escenario central y desde 2022, que me tuve que ir de Nicaragua, solo los he visto en las transmisiones en YouTube y las fotografías oficiales de cada acto partidario.
Es sabido que ambos son políticos que no frecuentan las apariciones públicas. Una de las últimas veces Ortega acumuló 61 días sin aparecer públicamente, ese récord lo ha hecho dos veces, y ahora lleva 58 días (contabilizados al 30 de octubre cuando sale esto) sin dar la cara. Esas limitadas comparecencias hacen que el archivo fotográfico de Ortega y Murillo sea escaso y nos limita a utilizar capturas de pantalla de las transmisiones o las fotos de César Pérez y Jairo Cajina, los fotógrafos oficiales de la pareja codictatorial.
Y no es que nos haga falta ver todos los días a los copresidentes, pero las pocas fotografías actuales de Ortega y Murillo plantean un reto a la hora de graficar notas y reportajes en los medios de comunicación nicaragüenses en el exilio y agencias internacionales. Sin embargo, en los últimos meses ese reto se puede transformar en una preocupación.
Hace un par de meses, mientras navegaba en las redes sociales tuve la percepción de que las imágenes de Ortega y Murillo me hacían verlos más jóvenes, entonces empecé a guardar algunas imágenes publicadas en Facebook y sitios web de noticias. Específicamente representaciones de los copresidentes, aunque no son los únicos personajes que protagonizan estas imágenes. Lo llamativo de estas ilustraciones —que seguro Hellmut Escobar, nuestro ilustrador humano, se va a molestar por llamarlas así— es que cada imagen tiene a un Ortega o Murillo diferente. Por muy mínimos que sean estos cambios faciales, la percepción de las personas expuestas a estas imágenes puede empezar a modificarse.
No hablo de las imágenes que usan las páginas de propaganda como El19Digital, Multinoticias, Viva Nicaragua o JP, cuyo objetivo es favorecer la representación pública de los codictadores. Hablo de —y analizo— las que publican los medios de comunicación y periodistas independientes en el exilio para ilustrar las noticias sobre Ortega y Murillo.
En una imagen recurrente de Ortega aparece con bigote o cabello oscuros, rasgos de años anteriores, cuando en 2026 los tiene blancos. Son fotos con desfase temporal que se utilizan para generar estas miniaturas presentadas sin fecha junto a hechos actuales. Los cambios faciales casi siempre van en la misma dirección: rostros más rojos, más marcados y más duros.
De las 31 imágenes que guardé, 26 presentan piel recoloreada, 29 apariciones faciales tienen tonos más rojos y saturados que en las fotografías de referencia —y eso que las fotos oficiales de referencia ya presentan ciertos ajustes técnicos de color e iluminación— y 16 imágenes muestran arrugas y surcos más marcados. Seis imágenes muestran expresiones endurecidas, gestos de enojo, alarma o desdén que no se registran en las fotografías de referencia. Un análisis de las 31 imágenes para miniaturas de videos y publicaciones contrastadas con 15 fotografías de actos públicos sugiere que la piel es el rasgo más alterado, Ortega y Murillo aparecen con una rojez superior en comparación a sus fotos reales. Otro de los rasgos que más cambia es el bigote de Ortega que aparece más oscuro en relación a su piel. El análisis derribó mi primera hipótesis: no se ven más jóvenes, pero sí los percibí más vigorosos y endurecidos por la edición y composición de las imágenes.
La inteligencia artificial generativa —como ya he dicho en otros artículos— representa una gran herramienta para el periodismo o cualquier otro oficio en el que se pueda aplicar. Aun así, esta se convierte en una espada de doble filo en la escenificación real del poder al modificar la apariencia de los protagonistas.
Un estudio (Grinfeld et al., 2026) plantea que en un entorno digital saturado de fotografías e imágenes, la facilidad para producir contenido visual falso mediante inteligencia artificial dificulta que las personas distingan lo auténtico de lo fabricado. Los resultados sugieren que la exposición reiterada a imágenes en redes sociales representa un riesgo de familiaridad o credibilidad, incluso cuando el contenido es artificial. Sin embargo, otra investigación más reciente (Kramer, 2026) encontró que la repetición no aumentó el realismo percibido de los rostros y el autor concluye que ver una imagen repetida una sola vez no es suficiente para hacer que un rostro generado por IA parezca más real. Esto no significa que la repetición nunca pueda producir ese efecto.

Las representaciones de Ortega y Murillo que circulan en redes sociales pueden generar ese sesgo cognitivo, principalmente, en grupos de personas adultas mayores. Ellos podrían tener menor precisión que otros grupos al reconocer imágenes sintéticas o modificadas, aunque poseen cierta ventaja para identificar rostros reales (Cai et al., 2026). Sin embargo, no podemos asumir que todos los usuarios disponen de las mismas herramientas y conocimientos para reconocer rostros o imágenes manipuladas.
Con cierta frecuencia se cuestiona la salud de Ortega y, en menor medida, la de Murillo. Sus prolongadas ausencias suelen despertar diversas versiones sobre el estado del dictador: que está enfermo, que está en coma y hasta muerto. Sin embargo, siempre termina reapareciendo en actos públicos. Ya no baila como antes, pero todavía se le ve conduciendo su Mercedes Benz o caminando con dificultad hacia las tarimas. En cambio, las imágenes editadas o retocadas nos presentan a un Ortega con vitalidad, agresivo y dominante.
Las imágenes analizadas actúan justo sobre esas señales y en direcciones opuestas a como realmente se ven Ortega y Murillo. En 29 de las 36 apariciones de rostro, la piel es más roja o saturada. Aunque su estructura facial se conserva, la exposición repetida podría generar aceptación de una representación alterada. Un estudio de Ian D. Stephen y colaboradores encontró que el aumento de la tonalidad rojiza en rostros masculinos estaba asociado con una mayor percepción de agresividad y dominancia. Sin embargo, estas conclusiones no se aplican directamente a las imágenes analizadas ni al público expuesto. Además, desde la psicología del color, el rojo puede adquirir significados relacionados con el peligro, la ira y la agresividad.
Lo que genera preocupación es que estas imágenes no son distribuidas por los canales de propaganda del régimen, sino por medios de comunicación que tienen la responsabilidad de documentar y fiscalizar. Aunque estos recursos puedan responder a necesidades editoriales o de diseño y no a una intención de engañar, también están construyendo una versión visual distorsionada de ese poder. Al registrar pocas apariciones en público la gente no tiene una base suficiente para contrastar los rostros. ¿Cuál es el grado de responsabilidad del periodismo cuando modifica la representación visual de quienes ejercen el poder, incluso para ilustrar noticias y no para engañar deliberadamente?
Una fotografía o una ilustración no está para llenar el espacio que deja el texto. La primera documenta una realidad y aporta información que las palabras no siempre pueden transmitir; la segunda permite explicar o interpretar aquello que no puede fotografiarse. Si antes normalizamos la mala práctica de tomar cualquier imagen “de Google” solo porque la nota debía llevar imagen, no debería sorprendernos que esas mismas carencias editoriales se amplifiquen ahora con la inteligencia artificial.
Aunque los medios de comunicación siempre han recurrido a ilustraciones, caricaturas y fotomontajes, esa delgada línea entre lo ilustrativo y real guardaba su distancia y se identificaba sin tantas dudas. Y la manipulación visual no es un invento reciente, pero la IA amplió su facilidad y capacidad de producir resultados realistas. Comprendo el uso de la IA en nuestro contexto: somos exiliados, el periodismo es un oficio precarizado, algunos medios no cuentan con presupuestos para contratar ilustradores, diseñadores, fotógrafos o pagar licencias de fotografías.

No voy a demonizar a la IA (la usé para analizar las fotografías de las que hablamos) y tampoco es un ataque a los colegas. La crítica —y autocrítica— con respeto nos hace mucha falta en estos días. Más cuando no existen escuelas de periodismo nicaragüense ni observatorios que nos hagan las señales pertinentes. Sin embargo, podemos tomar ejemplos de los referentes globales como The Associated Press (AP) que, desde 2023, mantiene una prohibición de utilizar IA generativa para crear, alterar o mejorar fotografías informativas. Las normas de AP permiten crear gráficos y collage de fotografías sin alterar los hechos ni producir una imagen que parezca una fotografía. Debe quedar claro que se trata de composiciones gráficas.
Quizá debamos trabajar más en los límites que necesitamos trazar, como periodistas y audiencia —que por cierto ya estamos terminando nuestro manual y políticas de uso de IA—, sobre el contenido generado por inteligencia artificial. Aunque una imagen sintética no es desinformación automática, sí importa su presentación, el contexto, etiquetado y el potencial que pueda tener para confundir a las personas.
La responsabilidad de documentar el poder implica preservar lo que ocurrió y separar lo que fue imaginado digitalmente. El problema no es si Ortega y Murillo se ven fuertes, con rostros más marcados o canosos, sino la fidelidad de la representación de dos dictadores. Nos arriesgamos a terminar recordándolos casi tan enteros y fuertes como hace 14 años cuando los vi tan cerca de mí por última vez.
Nota metodológica del análisis de las imágenes: Comparamos 31 imágenes de Daniel Ortega y Rosario Murillo, señaladas como posibles alteraciones hechas con inteligencia artificial, con 15 fotografías reales fechadas entre noviembre de 2025 y septiembre de 2026, en su mayoría de canales oficiales. Con una malla facial de 478 puntos medimos las proporciones del rostro, el color de la piel y su textura, y comparamos cada valor con el rango que muestran las fotos reales de la misma persona. Después revisamos, imagen por imagen, nueve rasgos, desde la estructura del rostro hasta el vestuario. El análisis no determina si se usó IA ni quién publicó cada imagen: describe en qué se apartan de las fotografías reales, y no infiere el estado de salud de nadie. Nos asistimos con herramientas de inteligencia artificial bajo supervisión humana y criterio editorial; no las usamos para generar ni retocar imágenes.