Manuel se despierta en la madrugada porque siente que se ahoga. No es un susto. Tampoco un mal sueño. Es el aire que no alcanza llegar a sus pulmones. Abre los ojos en la oscuridad, se lleva las manos al pecho y busca desesperado el frasco de aceite de zorro que coloca siempre encima de una silla de plástico que le sirve como mesa de noche. No lo encuentra.
La tos es tan fuerte que siente que los pulmones se le van a salir por la boca. Enciende la linterna que guarda debajo de su almohada y la luz débil, por el desgaste de las baterías, le muestra la botellita café. La agarra como puede, con las pocas fuerzas que tiene, la destapa y unta el líquido en su torso. Esa es su lucha nocturna y la de miles de enfermos asmáticos de Nicaragua que no tienen acceso a medicinas, por lo que se ven obligados a recurrir a remedios caseros.
—¿Cómo pasó la noche?, le pregunta uno de sus nietos al amanecer.
—Pasé toda la noche “coff, coff, coff”, responde, simulando el sonido de la tos a modo de reclamo.
Manuel es un hombre de 50 años, delgado y alto como una palmera y de piel tostada por los años que trabajó en el campo bajo el inclemente sol. Era agricultor. No recuerda cuándo empezó a padecer de asma, pero sí el año en que fue diagnosticado por el médico del centro de salud de su comunidad, en el departamento de Granada. 2018. El diagnóstico no cambió nada. Sigue sufriendo por las noches. Cuando afronta una crisis de asma, siente que el pecho se le cierra, que el aire se atasca en la garganta y respirar es imposible.
Su casa de dos habitaciones, construida con el apoyo de su hija que vive en Costa Rica, está ubicada sobre una loma rodeada de árboles de naranja y mangos. Hasta allí llegan las nubes de polvo que levantan los carros cada vez que pasan por el camino de tierra. Además del polvo, tiene que lidiar con el humo de la cocina de leña. Vive con su esposa de 45 años, y dos nietos de 18 y 15 años.

La Organización Mundial de la Salud (OMS) define el asma como una enfermedad crónica caracterizada por ataques recurrentes de falta de aire y sibilancias, y afecta a personas de todas las edades, aunque es más común entre los niños. En algunos pacientes, los síntomas empeoran con la actividad física o por la noche. Si no se identifican y evitan los desencadenantes de la broncoconstricción (estrechamiento de las vías respiratorias), pueden producirse ataques de asma, disnea, o incluso la muerte, apunta la entidad global.
Las noches de noviembre han sido un horror para Manuel. Las crisis de asma se han vuelto más recurrentes, sin que el sistema de salud público de Nicaragua pueda hacer mucho por él. Dos días antes de conversar con DIVERGENTES, asistió al centro de salud de su comunidad y salió como llegó, igual de enfermo pero con una receta que prescribía la compra de inhaladores de Salbutamol para aspirarlos dos veces al día. Ni siquiera pensó en ir a una farmacia, porque sabe que no puede costearlo. En Nicaragua, cada frasco de salbutamol oscila entre 200 y 250 córdobas, y él apenas recibe una remesa que no llega a los 3000 córdobas al mes. Solo algunas veces ha podido comprar el medicamento o recibirlo por parte del Ministerio de Salud (Minsa)..
En esas condiciones, muchos pacientes nicaragüenses recurren a medicinas alternativas. Según el Mapa Nacional de Salud 2024 , el asma es la cuarta enfermedad crónica. La sufren 47 860 personas, pero como ocurre con todas las cifras oficiales, los expertos dudan de ese número y apuntan a un subregistro. En la mayoría de los casos, los pacientes se ven obligados a costear las medicinas ante la falta de estas en los dispensadores de los centros sanitarios públicos. Los médicos siguen recurriendo a una publicada en 2010.
Según dicha guía, un paciente con asma debería contar con inhaladores de salbutamol y acceso a nebulización durante las crisis. También debería recibir educación sobre cómo manejar la enfermedad y evitar los desencadenantes. Sin embargo, nada de eso ocurre en la práctica para miles de enfermos nicaragüenses. En las comunidades rurales, los asmáticos no pueden costear los inhaladores y contar con un nebulizador es un lujo.
De ahí que Manuel recurra al aceite de zorro. Está convencido de que es un remedio eficaz para “abrir el pecho” y aliviar afecciones respiratorias como el asma, la bronquitis o la tos con flema. En las noches en que se le dificulta respirar, asegura que el aceite le ayuda a que el aire pueda llegar a sus pulmones. Él se aferra a esa creencia, aunque no existe evidencia científica que respalde tal cosa.
Hay días en que Manuel intenta coger la escoba para barrer las hojas secas que caen en el patio, pero después de unos pocos movimientos se cansa. Se detiene. Suele dejar la escoba apoyada en el tronco de un árbol y se sienta en una silla, tratando de respirar mejor. La tos lo reduce. Su nieto menor, dice, lo auxilia, no sin antes regañarlo por querer hacer actividades que ya no puede. La vigorosidad de Manuel, que antes lo hacía recorrer largas distancias entre siembros de maíz y plantaciones de plátano y árboles frutales, es cosa del pasado.

Los médicos que hablan bajo anonimato debido al clima represivo de Nicaragua, coinciden en que el asma puede controlarse con diferentes planes de prevención. El problema, es que la pobreza es un factor determinante en la vida de los enfermos de Nicaragua.
Manuel quiere regar las plantas de su patio, cultivar yuca en sus parcelas, limpiar el monte cuando llega el invierno, pero no puede. Lo único que puede hacer es caminar hacia la orilla del camino de tierra a ver pasar gente y carros hasta que cae la noche y debe regresar a su casa. Piensa en lo que le espera. Una posible crisis de asma en la madrugada. Y, como lo ha hecho durante los últimos años, antes de acostarse coloca un frasco en la silla de plástico que usa como mesa de noche. Así sobrevive: sin inhaladores, sin nebulizadores y, en gran medida, con la fe puesta en el aceite de zorro.