En Centroamérica, el ejercicio autoritario del poder es una tradición más que centenaria: dictaduras conservadoras, dictaduras liberales, dictaduras personales, dictaduras militares, dictaduras desarrollistas, dictaduras dinásticas, dictaduras revolucionarias, y los nuevos autoritarismos del siglo XXI, en sintonía con las transiciones autoritarias actuales de otros sitios del mundo, Estados Unidos a la cabeza.
En esta ensayo se pretende brindar en forma esquemática algunos elementos históricos como contexto de la situación presente. Podrían ser útiles las preguntas siguientes: ¿Desde cuándo se puede hablar de autoritarismo en la historia de la región? ¿Desde cuándo se invoca el término pueblo para hacer política? ¿Desde cuándo Estados Unidos es factor del autoritarismo en el Istmo? ¿Desde cuándo es posible hablar de democracia como horizonte posible en la región? ¿Desde cuándo ha habido ensayos de democratización en Centroamérica? ¿Por qué ha persistido hasta el presente el autoritarismo o si se prefiere por qué la región experimenta ciclos repetidos de fracaso de los proyectos democráticos? ¿Por qué Costa Rica tuvo éxito en el largo plazo en su proceso de democratización? ¿Cuáles serían las peculiaridades de los autoritarismos de la época presente?
1.- Actores y factores de los autoritarismos en Centroamérica: los autoritarismos y las democratizaciones en Centroamérica han estado condicionados por las formas de economía capitalista que ha adoptado, por la subsecuente estructura social, por los tipos de Estado y la forma de existencia de sus instituciones políticas, por las características de los actores políticos, por la densidad y nivel de autonomía de la sociedad civil, por los patrones de los conflictos sociales y, en fin, por la tutela de Estados Unidos. La interacción entre autoritarismos y democratizaciones requiere recordar la trayectoria de los Estados del Istmo.
2.- Tras la independencia en 1821: los Estados centroamericanos se formaron en un proceso de entrecruces en los espacios ístmico, hispanoamericano, continental, en su relación con Estados Unidos, como polo dominante estatal, y global, en su relación con Gran Bretaña, como imperio hegemónico en el siglo XIX.
3.- La República Federal (1823-1838) fue el primer intento de construcción estatal en el espacio centroamericano. Así, la formación de los Estados centroamericanos actuales fue un proceso de desvinculación de la experiencia federal, de diferenciación entre sí, y de adaptación a la disputa imperial entre Gran Bretaña y Estados Unidos.
4.- Los Estados del Istmo han sido poco consistentes, material y éticamente: mal implantados en sus territorios, ineficientes en las funciones que le serían propias, pero tan represivos que la violencia ha sido central en sus funciones de control de las poblaciones y de fomento de la acumulación de capital interno y externo. Desde 1900 aproximadamente son Estados clientes del sistema imperial de Estados Unidos implantado en el Caribe y América Central. En suma, han sido “leviatanes con pies de barro”. Después de 1821 y hasta el presente se pueden señalar algunas etapas en su evolución.
5.- Competencia política y militar sin Estados (1821-1850/1870): cf. W. Walker. Este periodo está caracterizado por un intento fracasado de centralización política y militar, la República Federal, y por intentos similares en los Estados herederos de su desintegración que se prolongaron hasta 1870 (Nicaragua y Honduras tardaron más en consolidar un Estado). Mientras no hay un Estado formado, un órgano que monopoliza el uso legítimo de la violencia en un cierto territorio, no tiene sentido hablar de autoritarismo puesto que lo que existe es una disputa continua entre facciones armadas y grupos étnicos o de base territorial, sea en contra de ese objetivo, sea en su búsqueda. La guerra civil, los pronunciamientos y las montoneras nacieron en la región en esta fase.
6.- Autocracias liberales de “orden y progreso” (1870-1930): cf. café, ferrocarriles y banano: En este periodo los Estados se consolidaron sobre la base del capitalismo agroexportador, su máxima prioridad sintetizada en el principio del progreso, y se convirtieron en Estados clientes de Estados Unidos. Tales Estados eran formalmente republicanos, aunque con constituciones no vinculantespara sus gobernantes y con procesos electorales periódicos de carácter puramente teatral. En ambos casos era más importante el “orden y el progreso” que la constitución y las instituciones. Los gobiernos combinaban represión (Estrada Cabrera en Guatemala) con clientelismo (los Meléndez-Quiñones en El Salvador) y ya hablaban en nombre del “pueblo”, integrado de clientes o súbditos no de ciudadanos, por supuesto. Por contraste, a inicios del siglo XX, surgen sociedades civiles, es decir, otro “pueblo” ciudadano que busca librarse del clientelismo, cuyos actores intentan ampliar el sistema político mediante la introducción de temas como la democratización, la cuestión social, el derecho al sufragio femenino, el nacionalismo y el antimperialismo.

7.- Autocracias socialmente defensivas e imperialmente toleradas (1930-1945): cf. Sandino y el 32 en El Salvador. Esta es la etapa de crisis y estancamiento del modelo agroexportador y de un subsecuente incremento de la participación del Estado en la vida económica y social. A pesar de una cierta resistencia inicial de Estados Unidos se consolidaron dictaduras anticomunistas en todos los países de la región, Jorge Ubico, Guatemala, Tiburcio Carías, Honduras, Maximiliano Hernández Martínez, El Salvador y Anastasio Somoza, Nicaragua; salvo Costa Rica, país que, sin embargo, experimentó grandes conflictos sociales y una guerra civil en la década de 1940.
8.- Autoritarismos desarrollistas imperialmente respaldados y guerras revolucionarias (1945-1990): cf. Industrialización, integración económica y terrorismo de Estado. Esta es la época de modernización capitalista del modelo agroexportador que va acompañada por una diferenciación de las clases dominantes con nuevos sectores de acumulación, la formación de sectores medios y la aparición de nuevas formas de exclusión social asociadas a los procesos de urbanización. En el marco de la Guerra Fría, la lucha contra el comunismo pasa a ser una “política de Estado” y prioridad imperial, surge el Estado terrorista que sistematiza la violación de los derechos humanos. Estos regímenes despóticos organizaban procesos electorales manipulados o irrespetados, lo cual fue un factor desencadenante de los procesos revolucionarios de las décadas de 1970 y 1980.
9.- De democracias neoliberales inacabadas a “transiciones autoritarias” (1990 al presente): Esta etapa se abrió con el fin de la revolución sandinista y de las guerras revolucionarias y con acuerdos de paz que dieron paso a transiciones democráticas que se transformaron en transiciones autoritarias. El neoliberalismo se ha establecido como único horizonte de políticas públicas posibles y el individualismo posesivo como visión de mundo dominante. Sin embargo, las economías centroamericanas dependen de las remesas y la acumulación de capital está muy penetrada por el narcotráfico. Los Estados desarrollistas se han convertido en “Estados frágiles”, “fallidos” o incluso “narcoestados”, minados por la corrupción. El conflicto social es ahora una “guerra social irregular” protagonizada por pandillas juveniles, una especie de bandolerismo de la época de la globalización, y la migración ha pasado a ser la forma principal de la resistencia popular, hoy puesta en jaque por Trump. En fin, nunca como en esta época, la sociedad civil ha tenido tanto protagonismo en la vida política del Istmo.
10.- Las transiciones autoritarias del presente: Un aspecto novedoso del tiempo presente en Centroamérica es la convergencia de sus Estados en un proceso de transición autoritaria neoliberal, es decir, de desmantelamiento de la institucionalidad democrática y de su sistemas de bienestar social, allí donde algo podía haber. Así, tras las pasadas elecciones Costa Rica ha dado un nuevo paso en la vía de la transición autoritaria neoliberal, iniciada con el Gobierno actual con un líder demagogo que logró fabricar el estilo y el discurso y crear la clientela o el público para esa transición, por ahora incipiente. Nicaragua es el caso extremo de una autocracia absoluta, sustentada en el terror y en la destrucción sistemática de la sociedad civil, y El Salvador se encuentra en un lugar intermedio, con un demagogo masivamente plebiscitado, la división de poderes desmantelada, el continuismo bien asentado, la criminalización de la prensa independiente, y la sociedad civil acorralada. También es novedoso que las transiciones autoritarias en curso, por lo menos al inicio, han surgido no de la violencia militar, sino de procesos electorales legítimos, es decir, de una interfase entre democracia y autoritarismo. Si los gobiernos autocráticos ha sido tan persistente en la región, ¿cuáles serían algunas posibles razones?

11.- Racismo y elitismo: Ciertos patrones de interacción política, tanto prácticas como valores, aparecidos en la época de la Independencia y la República Federal siguen hoy vigentes, por ejemplo, el racismo, la naturalización de la desigualdad social y la desconfianza de los mundos populares. Este prejuicio atraviesa a todas las elites centroamericanas desde liberales y conservadores del siglo XIX hasta las vanguardias revolucionarias de fines del siglo XX. Los nuevos déspotas del siglo XXI también hablan en nombre de un pueblo supuestamente soberano pero que en la práctica es masa manipulada, no ciudadanía, movida por políticas del resentimiento. Este mesianismo o elitismo divide a la sociedad entre quienes están llamados a dirigir y aquellos cuya función es ser dirigidos. Quienes no entran en este esquema binario son los enemigos de la nación o del pueblo.
12.- Unanimismo: La legitimidad política pretende fundarse en una voluntad unánime de la nación o del pueblo. Solo puede haber una partido, ese que unánimemente conoce y persigue el supuesto interés común. No puede ni debe haber partidos en competencia con propuestas que se debaten y que compiten en la arena electoral, sino un único proyecto definido y conducido no por un partido sino por quienes dicen encarnar la voluntad general. En suma, no hay adversario legítimo, solamente enemigos que deben ser reducidos a la impotencia o directamente aniquilados.
13.- Subordinación de las instituciones: Desde tiempos de la independencia, las instituciones no arbitran ni encuadran las acciones del Estado, del Gobierno y de la competencia política, ya que han estado subordinadas a principios superiores como el unanimismo, el orden y el progreso, el anticomunismo, el crecimiento económico, la revolución y, en el presente, la “redención” que convoca al odio y al estigma contra determinados grupos infrahumanos, criminales que solo merecen un trato bestial, y otros delincuentes habitantes indecentes de las altas esferas de poder. En todo caso, sea cual sea el principio, la institucionalidad o no se respeta o se ajusta a conveniencia.
14.- Continuidad de las clases dominantes: Además, las clases dominantes centroamericanas hasta el presente han tenido una gran continuidad histórica, aunque es posible que el narcotráfico haya fabricado nuevos sujetos muy poderosos. De todos modos, desde hace dos siglos esas clases mantienen una continuidad cultural y moral, si cabe la expresión, en la cual una disposición autoritaria y la naturalización de la desigualdad social y étnica son esenciales en sus relaciones con el resto de la sociedad. Comparten esta visión de mundo sectores de las clases medias para las cuales el ascenso social ha pasado por el “blanqueamiento” y cuyo bienestar estiman depende de la carencia o de la reducción al mínimo posible de derechos sociales y económicos de las clases populares. Por eso es que el anticomunismo es más que una ideología para estos grupos, es una especie de requisito de existencia.

15.- Bloqueo permanente a las fuerzas democratizadoras: Se deriva de los factores señalados, racismo y elitismo, unanimismo, institucionalidad vaciada y clases dominantes eternizadas, que los Estados y los regímenes políticos centroamericanos nunca han permitido la integración de las fuerzas democratizadoras y siempre al final las han aplastado y reprimido. Por eso, el uso de la violencia contra personas y grupos ha sido consustancial al ejercicio del poder en el Istmo. La resistencia a la represión estatal ha carecido de músculo por su ferocidad y por un desencuentro entre las clases medias y las clases populares, producto de prejuicios raciales y temores sociales, una especie de desconfianza arraigada hacia los pobres y a la gente de piel oscura.
16.- Democratizaciones en la historia centroamericana del siglo XX: cf. Caída de los Tinoco. La noción de democratización es válida en Centroamérica solo a partir de las primeras décadas del siglo XX, en el marco de la formación de la sociedad civil, es decir, del surgimiento de actores sociales y políticos con aspiraciones democráticas como estudiantes, grupos de obreros y artesanos, grupos de mujeres trabajadoras o de clases media y alta con una agenda sufragista, e intelectuales críticos; además, de procesos de maduración de la identidad nacional y de rechazo a la subordinación imperial. Su punto de partida se sitúa a inicios de los años 1920 con la caída de la dictadura de Estrada Cabrera en Guatemala o previamente en Costa Rica con la caída de los Tinoco, en 1919. Hubo otras experiencias en el tránsito de la década de 1920 a 1930, en particular en El Salvador, con el gobierno de Pío Romero Bosque (1927-1931). Pero en la memoria colectiva se guarda como gran intento de democratización saboteada la primavera guatemalteca (1944-1954) y los otros intentos menos profundos de democratización después del fin de la Segunda Guerra Mundial en El Salvador y en Nicaragua. Finalmente, la última democratización de la década de 1990 ha terminado en una transición autoritaria.
17.- Costa Rica en Centroamérica: Costa Rica muestra que lo vivido por los otros países centroamericanos no era inexorable. Así, en el largo plazo construyó instituciones republicanas, que luego fueron efectivamente democráticas y desarrolló un Estado de bienestar. Las relaciones de clase no impidieron procesos de movilidad social y de cambio en la integración de las clases dominantes, y las clases populares fueron adquiriendo progresivamente una verdadera condición ciudadana. Posiblemente, una de las claves de esta trayectoria excepcional haya sido que el racismo y la desigualdad social como principio de articulación de las relaciones entre grupos sociales tuvo un peso mucho menor en relación con los otros países centroamericanos. En el largo plazo, la democratización de Costa Rica terminó siendo un proceso irreversible hasta que en el presente se ha alineado con los otros países del Istmo y hoy camina por una transición autoritaria neoliberal.
En conclusión, prácticas, intereses, valores y sentimientos se han conjugado en la historia centroamericana para imponer el autoritarismo como forma de ejercicio del poder. En el presente, las políticas del resentimiento y lo que en este ciclo se denomina las tribus del odio encumbran a nuevas minorías herederas de viejas tradiciones autoritarias. Esas minorías han construido un sujeto o una base social que había venido alimentando una justificada desafección por la democracia porque teme o sufre una pérdida de status o un desclasamiento o porque padece una exclusión social de larga data. En el contexto neoliberal, del individualismo posesivo y del mundo ilusamente plebiscitario de las redes sociales el sujeto de la transición autoritaria ha convertido su difuso malestar económico, social y político en un sólido resentimiento antipolítico. Súmese a ese resentimiento el pánico moral conservador por la emergencia y el reconocimiento de los nuevos derechos humanos. En tales condiciones, la democratización siempre pospuesta sólo podrá llegar por una confluencia de prácticas, valores, intereses y sentimientos de justicia social, humanistas y democráticos también presentes en nuestra historia. Queda por verse si el sujeto social y político de esa tarea podría surgir.
ESCRIBE
Víctor Hugo Acuña Ortega
Doctor en Historia de la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales (EHESS) de París (1978). Es Profesor Emérito de la Universidad de Costa.