Brasil, después del incendio

Tomamos el pulso en las calles de diferentes lugares de Brasil, tras las elecciones presidenciales y en los inicios de un Mundial de fútbol. Un país partido en dos y sin la fiesta que el balón traía consigo

Simpatizantes del presidente Jair Bolsonaro participan durante un acto en el que piden la intervención de las Fuerzas Armadas contra el presidente electo Luis Inácio Lula da Silva, en frente a la sede del Ejército brasileño en Sao Paulo. EFE/Fernando Bizerra

A Jefferson do Mar, 43 años, se le quemó la casa hace un mes, y su hijo de cinco años quedó con algunas huellas del fuego en la cara, y un susto que aún no se le quita del cuerpo. Busca en las redes de la televisión local, de Belém do Pará, la puerta del Amazonas del nordeste brasileño, las imágenes del accidente. Cuando los bomberos pudieron extinguir el incendio, apenas quedaron de la casa los marcos calcinados de puertas y ventanas. “Lo perdí todo. Todo”, dice con las dos manos hacia arriba, y luego las lleva a su teléfono para mostrar la sucesión de imágenes de la catástrofe. 

Lo increíble es que el fuego devoró únicamente la suya, como si la hubiera elegido a capricho, entre una hilera de viviendas adosadas a un lado y otro, construidas pared con pared. Aquí se utiliza mucha madera en la construcción, y con ella se levantan los hogares en los barrios más poblados de esta ciudad, de más de 2 millones de personas. De hecho, mientras hablamos, la radio da la noticia de dos casas más que fueron calcinadas, anoche mismo, por sendos incendios, en esta capital de un Estado con una de las mayores áreas de biodiversidad del planeta. Aquí también se firmó la primera Convención Interamericana de Prevención y Sanción de la Violencia contra la Mujer. 

Hablo con Jefferson mientras esquivamos una manifestación de seguidores de Bolsonaro que, desde el pasado 30 de octubre, no han dejado de congregarse frente a las instalaciones militares y de la policía, como en muchas otras ciudades de este gigantesco país-continente. Aquí en Pará, ganó Lula por apenas 4 mil votos más que su oponente. Este es un rincón de un país dividido política, moral, ideológica y hasta familiarmente. La huella de los escándalos de corrupción de Lula y los exabruptos y radicalismos de Bolsonaro lo han partido en dos. Las últimas elecciones son la prueba: 60 millones de personas votaron por Lula; 58 por Bolsonaro. En las zonas con menos recursos ganó Lula; en las más desarrolladas, Bolsonaro. Pero en todas, quedaron muy cerca uno del otro.Los bolsonaristas se identifican con la camiseta de la selección brasileña y la bandera nacional. Es una novedad durante este año electoral que, además, coincide con la celebración de la Copa del Mundo. La izquierda y los votantes de la alianza liderada por el Partido de los Trabajadores (PT) de Lula resiente que la camiseta verdeamarela se la apropió Bolsonaro como símbolo nacionalista. Las tres primeras personas con las que hablo, lejos de esa manifestación dicen abiertamente que han votado por el todavía presidente Bolsonaro. Jefferson es uno de ellos, aunque, en realidad, lo que le preocupa, en este instante, es que su hijo tiene miedo de quedarse solo y, por eso, él y su esposa se turnan durante el día para acompañarlo mientras trabajan. Ella lo hace como recepcionista de una oficina, y él lleva en pequeñas giras a turistas que alterna, como conductor de Uber, aunque se lleva muy poco dinero con eso, asegura. En el sector del transporte, incluidos los taxis, Bolsonaro pegó muy fuerte. Marcos Reis, un transportista nacido y criado en Belém, también votó por él: “Ha dado muchas ayudas a los conductores”, unos 6 mil reales al año (unos 1,100 dólares aproximadamente), asegura. Una cantidad nada despreciable en un país donde el salario mínimo ronda los 200 dólares. En realidad, el actual presidente convirtió las ayudas a las personas más vulnerables en una artimaña electorera con la promesa de una subida de las mismas, el pasado mes de agosto, elevando el techo de gasto previsto. Pero no fue suficiente para convencer a la mayoría del pueblo brasileño. No obstante, la elevación del gasto público también está entre los planes de Lula para su gobierno.

Simpatizantes del presidente de Brasil y candidato a la reelección, Jair Bolsonaro, antes de conocer los resultados de la segunda vuelta electoral, en Río de Janeiro (Brasil). EFE/ Andre Coelho

Jefferson, en realidad, no quería votar por Bolsonaro en estas últimas elecciones, pero lo hizo “para no votar por Lula”. A él le hubiera gustado que hubiera tenido más fuerza una “tercera vía”. Pero esa “tercera vía”, encabezada, al centro izquierda, por Ciro Gomes, del Partido Democrático de los Trabajadores (PDT), y al centro derecha por Simone Tebet, candidata y senadora del Movimiento Democrático Brasileño (MBD) está aún muy lejos del porcentaje de votos relevantes, y tuvieron que plegarse a mostrar apoyo o rechazo a los dos grandes púgiles. Tebet, fue la tercera opción más votada en primera vuelta, con un 4%. En segunda vuelta, Gomes mostró su apoyo a Lula, pero la ligera sorpresa la dio Tebet, cuando el 6 de octubre publicó en su Twitter este mensaje claro de apoyo, aunque sin adhesión, a Lula.

Actualmente, Tebet podría estar muy cerca de encabezar un ministerio en el nuevo Gobierno de Lula, que ha tenido que concurrir en una alianza de ocho partidos de signos e intereses muy variados y difíciles de gestionar. 

Pero Jefferson insiste: “Necesitamos a un emprendedor que haga de Brasil una gran potencia económica. Alguien que venga del pueblo y que sepa gestionar”.

La piedra que arrastra Lula

El presidente electo de Brasil, Luiz Inacio Lula Da Silva, en una fotografía de archivo. EFE/EPA/Antonio Cotrim

¿Por qué no quieres a Lula como presidente?, le pregunto. “El día después de las elecciones que ganó Lula, empezaron otra vez los robos en mi barrio”, asegura. “Una vez le escuché defender a unos jóvenes que habían robado un celular con violencia, diciendo que no iba a castigar ni violentar a unos muchachos, solo por robar un celular. Ese es un mensaje muy malo para la sociedad”. 

Lo que explica Jefferson está unido como una losa a la imagen de Lula. Y por esa losa, le costó tanto alcanzar una victoria pírrica, a pesar de enfrentarse a un candidato ya desgastado por sí mismo y por su fatal gestión de la pandemia. Para Jefferson, Bolsonaro “habla demasiado”, y lo achaca a su carácter bravucón de oficial del Ejército. Pero aprecia el orden frente a los robos y la violencia. Jefferson no cuestiona la victoria de Lula, solo lamenta que no hubiera opción para esa “tercera vía”. 

Mientras tanto, grupos de bolsonaristas se manifiestan por todo el país, al más puro estilo de los seguidores de Trump, sin aceptar el resultado de las elecciones y sin ninguna duda en que todo ha sido un fraude, aunque nadie tenga una sola prueba. Las presiones a las Fuerzas Armadas para que reviertan el resultado electoral han sido tan fuertes que sus autoridades tuvieron que emitir un comunicado de lealtad y respeto escrupuloso a la Constitución y al Estado de Derecho. Pero las presiones de los manifestantes continúan, como las de algunos gremios de transportistas donde Bolsonaro sigue teniendo influencia. 

Desde antes de las elecciones, la institución que se convirtió en el blanco de las críticas de los bolsonaristas fue el Supremo Tribunal Federal (STF) encargado de la vigilancia y cumplimiento de la Constitución brasileña. Especialmente desde que asumió como magistrado Alexandre de Moraes, quien se mostró muy crítico con las manipulaciones de Bolsonaro. Moraes se convirtió en un defensor a ultranza del proceso electoral de su país, sobre el que el presidente vertió mensajes de desconfianza, siguiendo al pie de la letra lo que hizo Trump durante las semanas previas a las elecciones en Estados Unidos. 

De hecho, en días recientes, de Moraes y otros magistrados se encontraban de visita en Estados Unidos para participar de una conferencia y fueron increpados y hostigados por grupos de bolsonaristas acusándolos de traidores y estafadores. Este alto tribunal fue clave también para dirimir sobre las irregularidades en el proceso llevado a cabo contra Lula por el llamado “Lava Jato” (Autolavado). No se puso en duda si la cadena de corrupción fue o no fue verdad, sino la imparcialidad con la que investigó y actuó el juez, Sergio Moro, quien sería después ministro de Justicia con Bolsonaro, en aquel proceso que llevó a Lula a la cárcel por más de un año.

EFE/Fernando Bizerra

Yandira regenta un pequeño negocio en la playa de Copacabana, en Río de Janeiro. Atiende a turistas y hace pequeños tours con ellos, si le deja el tiempo en que tiene que ir a buscar y llevar a su hija del colegio a la casa y viceversa. Está en un lugar complicado y la acompaña siempre por seguridad. Ella no dice si votó o no, pero opina: “Estamos ya cansados. Queríamos cambiar todo hace tiempo, hacer de Brasil el país más bonito del mundo, una potencia, pero no hemos podido. Ya está, y esto es lo que hay. Ahora tenemos que jugar con las reglas que tenemos. Dentro de cuatro años, quién sabe”.

El clima político se volvió muy agrio y permeó hasta las familias de muchas partes del país. En São Paulo, una de las grandes urbes de Brasil, Lucía trabaja para una multinacional, y me pide que le cambie el nombre porque no quiere que su esposo se entere cuando dice abiertamente que votó por Bolsonaro en las anteriores elecciones. El argumento de peso es “la demasiada corrupción de Lula. Fue increíble todo lo que pasó. Es un desastre que pueda volver a ser presidente”, lamenta. El esposo votó por Lula porque “a él no le gustan los discursos virulentos de Bolsonaro”. Y Lucía jamás creyó que, algún día, ella votaría por alguien como Bolsonaro, pero no había dónde elegir, opina. 

Aunque Lula fue liberado de sus cargos, la estela de corrupción aún le persigue, pero, ahora, su mayor reto es mantener el equilibrio de un gobierno formado por una alianza de partidos y grupos de muy diverso calado, con intereses, en algunos casos, contrapuestos. Sin embargo, él tiene experiencia en gobernar y manejar alianzas. 

En sus primeras declaraciones, tras la victoria electoral, el presidente electo dejó entrever dos ejes claros en sus planes de gobierno: la lucha contra la pobreza, a la que declaró haber comprometido su vida (en Brasil se calcula que hay más de 30 millones de personas desnutridas, según organizaciones expertas), y la recuperación de las políticas medioambientales. 

El primer viaje de Lula al exterior fue, precisamente, a la Conferencia de Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (COP 27), celebrada en Egipto. Allí fue a llevar su promesa de una vuelta al cuidado del Amazonas y la colaboración con los pueblos originarios. Pero para volar allá, lo hizo en un jet privado, propiedad de un empresario aliado, según reveló una periodista de la Folha de São Paulo, y que además también estuvo manchado por acusaciones del caso “Lava Jato”. Más allá de la polémica de imagen, Lula se trajo un compromiso firmado con varios países para cooperar en materia medioambiental.

Desde el día después de las elecciones del 30 de octubre, miles de activistas de la ultraderecha permanecen acampados a las puertas de decenas de cuarteles en varias ciudades del país, rechazando la elección de Lula y exigiendo un golpe de Estado que impida su investidura el 1 de enero de 2023, pero hasta ahora los militares han ignorado por completo a ese movimiento. EFE/Joédson Alves

Mientras tanto, en su país, su vicepresidente electo, Geraldo Alckmin seguía conformando la lista de delegados para el proceso de traspaso: 290 personas para 31 temas de agenda, que podrían convertirse en respectivos ministerios. Sin embargo, del otro lado de la mesa, la del actual gobierno continúa un silencio y una invisibilidad nada usual en su líder, Jair Bolsonaro. El pulso en la calle de sus seguidores continúa, aunque se debilita a medida que pasa el tiempo.

A Jefferson, en Belém, le cuesta hablar de algo que no sea del miedo en que quedó su hijo, su único hijo, después del incendio de su casa, y de lo mucho que ha perdido. Al ver la foto, se le queda una sensación extraña en el cuerpo. La gente que conoce le ayuda, y cuando salió en las noticias, algunas personas fueron a comprar ropa y juguetes para su hijo, que lo había perdido todo. Sobre el Mundial, no le apetece hablar mucho. 

Algunos analistas comparan la situación de la selección brasileña actual con la de Pelé, bajo un gobierno dictatorial. Presión y controversias. De hecho, algunos jugadores de la fama de Neymar declararon públicamente su apoyo a Bolsonaro. La Copa del Mundo ha comenzado con victorias contundentes de Brasil. En las calles, se respira un Mundial muy diferente al de otros años, como si ya no fuera, como solía ser, cuestión de Estado. Las heridas, la desconfianza, las divisiones que han dejado las dos opciones que se presentaban en las últimas elecciones, le han quitado la sonrisa a este país, que está resentido y algo más triste. Queda ver si, tras el incendio político, los progresos de su selección en el Mundial le devuelven una sonrisa, y si la camiseta verdeamarela vuelve a ser de todas y todos los brasileños.