Bryan y el boxeo en el ‘Callejón de la muerte’

Bryan Mercado, de 16 años, es un boxeador nicaragüense amateur que reparte su tiempo entre el boxeo y su trabajo como vendedor de refrescos en uno de los mercados más grandes de Centroamérica. Vive en una zona de peligro, conocida como el ‘Callejón de la muerte’. Fue invitado a pelear en Japón y ganó la pelea. Ahora está a la espera de una beca para hacer carrera en el país asiático. Y a fuerza de golpes sobre el ring espera vencer un destino marcado por la falta de oportunidades

Por Julián Navarrete (@juliannavarret9) | Managua, Nicaragua
22 de diciembre 2021

Vas a caminar con miedo por este lugar, sobre todo cuando te digan que le llaman el ‘Callejón de la Muerte’. Pero al observar a mujeres que ofrecen sus cuerpos a menos de cinco dólares, a niños con un tubo para inhalar piedras de crack en medio de borrachos desparramados y de otros pidiendo un par de monedas para completar un cuarto de licor, sentirás tristeza. Lo harás porque la belleza está tan alejada de estos pocos metros cuadrados, que tendrás que hacer fuerzas para imaginar algo peor. Porque escucharás historias sobre cómo hace algunos años salir de aquí sin un tiro o sin una puñalada, era un auténtico milagro. Te parecerá exagerado, pero verás que varios policías permanecen todo el tiempo alertas para que no se le eche más leña a este infierno. Entonces observarás a un chavalo que camina con un balde sobre su hombro derecho y que se detiene para entregar vasos con refrescos. Te preguntarás por qué si solo vive a menos de una cuadra, 25 metros, unos 30 pasos, no ha caído en este círculo de dolor.

Su nombre es Bryan Mercado. Tiene 16 años de edad y vende refrescos junto a sus padres en el Mercado Oriental, el más grande de Managua, la capital nicaragüense. Hasta aquí puede parecer una historia de vida de lo más normal. Lo que tal vez hace la diferencia es que Bryan es boxeador, amateur hasta el momento, pero uno tan bueno que varios periodistas deportivos pronostican que será campeón mundial. El registro de los 15 nicaragüenses que han conquistado coronas mundiales es uno de los pocos que Nicaragua puede presumir en Latinoamérica. Bryan quiere ser campeón. Me lo dijo esa mañana de enero que lo acompañé con sus padres a vender en el mercado. Ese día me habló de la pelea que hizo en Japón y lo concentrado que está en el boxeo desde entonces. A inicios de este año, el diario más grande del país lo describió como “una joya del boxeo”. Por eso esta historia tiene que contarse de cerca, porque cualquiera siente curiosidad de saber cómo Bryan camina sobre la cornisa de un paisaje de violencia y vicios. Siempre al filo de caer, y no lo ha hecho.

No encontrarás respuestas fáciles, pero a lo mejor escuches a su papá, Edwin Mercado, decirle que se levante de la mesa donde está recostado para que pique hielo y se monte el balde de bebidas al hombro. Puedes verlos salir a los dos de la casa, uno cargando y al otro apuntando en su cuaderno los clientes que van pagando. Sin importar qué parte del ambiente y qué hora del día sean, las pequeñas lagunas de agua sucia, entre el lodo de las calles, siempre despiden hedor. Escucharás que a su papá le dicen “Mostro” en cada cuadra, porque más que un lugar de trabajo estas calles para él son como una extensión de su hábitat. Luego de bachillerarse, trabajar como ayudante de soldadura, vender periódicos y lustrar zapatos, comenzó a vender refrescos. Te dirá que cualquiera puede escribir eso en un par de líneas, pero lo realmente difícil es levantarse todos los días bien temprano para trabajar porque no hay certeza de que los seis miembros de tu familia tengan algo de comer. Para algunos esa ansiedad puede ser mortal, pero los comerciantes como él, que la gran mayoría tiene deudas, ya están acostumbrados a que hay días buenos y días malos, como los tiene cualquiera. Hay que relajarse, hermano, te dirá, mientras su hijo Bryan acelera el paso porque hoy tocarán con el grupo de música que ha formado su papá con sus otros dos hermanos y algunos conocidos. Todos saben de cumbias, congas y chachachá, y se hacen llamar los Bárbaros de la Marimba. Edwin se la busca a como sea, y es bueno con la marimba, y se le cree porque te enseña los callos que tiene en los nudillos. Mientras que Bryan suena el güiro y los timbales, los mismos instrumentos con los que aparece en la foto de perfil de Facebook de su papá. Después del toque buscarán más clientes ofreciendo sus servicios en las calles, como lo hicieron en la mañana con los refrescos, cuando cruzaron el ‘Callejón de la Muerte’.

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Morinari Watanabe es un japonés de 61 años de edad, alto y fuerte, que en casi todas las fotografías en internet aparece de saco y corbata. Es el presidente de la Federación Internacional de Gimnasia y era el encargado de organizar las competencias de boxeo en los Juegos Olímpicos que se suspendieron el año pasado en Tokio, Japón, por la pandemia del coronavirus. Pero antes, en 2019, Watanabe dejó el saco en su casa y se colocó una camisa blanca de cuello redondo y un pantalón gris para visitar todos los gimnasios de boxeo de Nicaragua en los que practicaban niños. Una tarde de agosto entró al gimnasio Tropical Boxing, del barrio Altagracia, al sur de Managua, donde entrena Bryan, bajo la dirección de Sergio Quintana, un moreno gordito que desde hace siete años prepara a niños y adolescentes aquí.

Tropical Boxing no es una escuela de boxeo normal. Está ubicada en un centro recreativo que al fondo del lugar tiene una pileta, unas sillas y mesas plásticas alrededor. Hay servicios de restaurante y venden bebidas alcohólicas. En algunos barrios de esta ciudad hay este tipo de lugares, visitados por aledaños casi todos los fines de semanas.

El día que llegó Watanabe, en una esquina del Tropical Boxing, Bryan Mercado golpeaba un saco que hacía chillar la correa de metal que lo sostiene. Bromeaba con su hermano Edwin, de 18 años de edad, que también practica boxeo. Para aprovechar la visita del japonés, el entrenador Sergio Quintana organizó una tarde de guanteo. Fue un entrenamiento más para Bryan en el gimnasio. Salvo la fotografía que Watanabe le pidió que se tomaran juntos al final de la tarde, no tuvo razones suficientes para pensar que vería al japonés otra vez.

“Unas semanas después me llamaron diciendo que el señor Watanabe quería que viajara a Japón con todos los gastos pagados para que peleara en un torneo”, dice Bryan en su casa, en el mercado Oriental. En la página web del Comité Olímpico Nicaragüense se ve la foto en la que el japonés aparece a la par de Bryan, de camisa rosada y protector oscuro, cerrando los puños con otros boxeadores más a la par.

Luego se levanta de la silla de la sala de su casa para mostrarme el diploma y una medalla dorada que obtuvo en Japón, la más grande de su colección, y conecta su celular al parlante para que miremos la pelea.

“El protector del pecho me lo pusieron mal ahí”, dice Bryan, mientras vemos en su celular el inicio del combate que disputó en Japón el 25 de diciembre del 2019. En el video lleva el pelo corto, usa una camiseta sin mangas y un pantaloncillo rojo. Se escuchan una seguidilla de aplausos. “La primera pelea era la mía y la gente aplaudía de emoción”, dice el boxeador.

Camino al ring, la música que lo acompañó fue un rock que nunca había escuchado. Si le hubieran preguntado, habría preferido entrar con el Himno Nacional de Nicaragua. Justo antes de subir, Sergio Quintana le pegó una cachetada. “Eso lo hace siempre el profe Quintana, para que yo me despierte antes de las peleas”, dice y agrega un poco más emocionado: “estaba nervioso porque nunca había peleado fuera del país. Pero yo dije que tenía que quitarme ese nervio. Siempre se me quita con el primer golpe que me dan, y así pasó”.

De pronto, Bryan frena el video de la pelea y me dice que la veremos más tarde, después de que vaya a recoger los vasos de refrescos que siempre presta a algunos comerciantes de los alrededores.

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En lo alto de una pared del Tropical Boxing están las fotos de los 15 nicaragüenses que han sido campeones mundiales. En un país con escasas figuras que brillan a nivel mundial, el boxeo ha hecho posible que estos nicas derroten a representantes de auténticas potencias del mundo. Entre las cuerdas de un cuadrilátero, al final son dos hombres, desnudados por los focos, cuyo futuro está en sus manos.

Debajo de las fotografías, Bryan Mercado inicia un día más de entrenamiento. Hoy toca guanteo. Esto quiere decir que hará una pelea simulada de dos rounds con protección: careta, protector en los testículos y camiseta. Para algunos pugilistas profesionales, los guanteos son solo entrenamientos. Otros, llevan estos a niveles de exigencia tan fuertes que resultan más duros que las propias peleas. Para los boxeadores amateur, como Bryan, los guanteos son auténticas peleas no oficiales. Todos los peleadores tienen el mismo objetivo: derribar al contrincante. A diferencia de cualquier otro deporte, en el boxeo no se juega. Ningún boxeador dice que acaba de jugar una pelea, como un futbolista puede decir que jugó un partido de fútbol. Aquí lo único que tiene Bryan para jugar son los puños. Aquí, juega a los golpes. Parafraseando a Joyce Carol Oates, el boxeo en sus momentos de más intensidad parece contener una imagen completa y potente de la vida: belleza, vulnerabilidad, desesperación, coraje incalculable y a veces autodestructivo. No es un simple juego.

Cuando finaliza el primer round, Bryan baja del ring para esperar que otros dos niños suban a repartirse puñetazos. Solo se escuchan unas ráfagas que se estrellan en las caretas, antebrazos y torsos. Bryan espera sin camisa, cargando unos gastados guantes amarillos. Corren por su pecho gotas de agua y sudor. Suena un silbato.

–¡Vamos Bryan y Leyman, arriba!– grita el entrenador Sergio Quintana.

Hoy es un sábado de finales de enero. Un parlante con cumbia ambienta el lugar. Antes de entrar al gimnasio, saludé con el puño a Edwin Mercado, el padre de Bryan, que miraba todo desde afuera con una botella de cerveza en la mano. Platicaba con el padre de otro niño boxeador, menor que su hijo, que también tendrá una sesión de guanteo.

Veo a Bryan arriba del cuadrilátero. Tiene el rostro fino, el peinado estilo hongo, la mirada dura. Inicia el segundo y último round de guanteo.

–Ese  chavalo es hostigoso– dice un señor cerca del ring, mientras ve a Bryan lanzar golpes a su rival.

– ¡Ah! ¡Ah! ¡Ah!–, grita Bryan mientras tira una combinación. Pocos son los puñetazos que impactan el cuerpo del otro chico, que de inmediato contraataca con un par de ganchos abajo, a la zona hepática, y a la careta. La cabeza de Bryan se mueve hacia atrás pero su cuerpo se paraliza por un momento, y luego se mueve hacia adelante.

–No es fácil pelear contra Leyman–, dice Bryan cuando finaliza el round y baja del ring. Lo dice porque Leyman Benavidez, de 27 años de edad, ya es un boxeador profesional con nueve años de experiencia. Es decir, pelea como profesional desde que Bryan tenía siete años. Y no es cualquier boxeador: actualmente es campeón Gold de la Asociación Mundial de Boxeo (AMB) y está esperando la oportunidad de pelear por el título mundial. Cuando le pregunto si no le da temor pelear contra un hombre más fuerte y experimentado, me dice “no, al contrario, me gusta porque así aprendo más y se me quita el miedo”.

Pero en realidad le da miedo en casi todas las peleas. Desde la primera vez que se subió a un ring, hace seis años y tiraba golpes desordenados. Es más bien una sensación de ansiedad, dice, por demostrar que lo hace bien y esperar que todo le salga: “que no me roben la pelea o que no me den un golpe de suerte y la paren (la pelea) y pierda”. En todo eso piensa en un combate. “Pero ya lo he llegado a controlar porque eso te puede matar. Entonces ahora solo subo a hacer mi trabajo”.

Tampoco se enoja con su rival. Eso lo aprendió también desde que entró por primera vez a este gimnasio, cuando tenía 10 años de edad. Como cualquier otro niño, llegó atraído por la curiosidad. Como vivía a tres cuadras de aquí, llegaba con sus amiguitos a pagar los cinco córdobas (0.14 centavos de dólar) que cobraba a diario el entrenador de ese entonces. “Me gustaba andar peleando en la calle, por eso me metí al boxeo”, dice Bryan.

En el guanteo de esta mañana recibió más golpes de los que conectó. Leyman, el prospecto de campeón mundial, hizo valer su fuerza y experiencia. Es uno de los pocos que han puesto a Bryan a morder la lona en sesiones como estas. Nadie lo ha logrado en peleas oficiales. Tampoco le han rajado las cejas o le han quebrado la nariz. La única cicatriz que tiene en el ojo izquierdo se la hizo una tarde que su hermano le metió el pie mientras corría por la casa. Su párpado fue directo a dar al filo de una silla mecedora. Una hora más tarde tenía varios puntos.

Al inicio era sensible al tabique nasal: sangraba cuando lo tocaban. “Pero ahora eso se me ha quitado”, dice Bryan, como si “eso” fuera un malestar que se cura con el tiempo, de tanto hacer corroncha. Como los nudillos de sus puños, que ya se abrieron, se partieron y se regeneraron, formando unos huesos puntiagudos que sin guantes le pueden partir la cara a cualquiera.

Lo malo de sangrar en una pelea, dice, es que a uno le cuesta ver al rival. El cuerpo está caliente y no se siente nada más. Solo se ve el líquido rojo correr por la cara, que incomoda y no da lugar a concentrarse.

Después del guanteo, tiene un poco rojizo el pecho y apenas inflamada la cara. Leyman, su rival, baja directo a seguir golpeando un saco. El entrenamiento del futuro campeón mundial no se puede interrumpir. Le pido a Bryan que me envíe el número de Whatsapp del hombre que lo acaba de golpear durante tres minutos seguidos para que pueda entrevistarlo más tarde. Cuando recibo el contacto, miro que lo tiene guardado como “Leyman amor mío”.

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— ¿Crees que puedes ganar el título mundial algún día? —le pregunto.

—Sí, creo que Dios me ha dado un don, y es el boxeo. Es por eso que me quiero preparar, para ser alguien grande, y ahí vamos — responde.

Si ganara una corona mundial, Bryan Mercado le compraría una casa a su madre. También sueña con construir un centro de rehabilitación para adictos.

Su entrenador, Sergio Quintana, miró que Bryan tenía un buen futuro desde el día que perdió una pelea contra un chico más grande y más fuerte. “Perdió la pelea pero demostró lo más importante que un boxeador debe tener: el coraje y el carácter. Tiene que ser campeón mundial porque lo ha venido demostrando todos estos años en sus combates”.

La baja estatura de Bryan, mide apenas 1.45 metros, es una de las características que tiene en contra. Sin embargo, Leyman Benavidez, el boxeador profesional que a veces practica con él, piensa que su fortaleza ha provocado que gane la mayoría de sus peleas. “Es un muchachito fuerte, tira bastantes golpes”, dice Benavidez, quien también es amigo de Bryan y su familia, y en ocasiones llega a visitarlos a la casa del mercado. “De todos los boxeadores amateur con los que guanteo, yo siento que él es el que más me exige”. 

La última vez que fui a Tropical Boxing, Bryan estaba apoyado en las cuerdas animando a un muchacho novato que hacía su primera sesión de guanteo.

— ¡Vamos jueputa! Que vamos ganando—, gritaba con tono de burla, mientras el aprendiz recibía sendos puñetazos que le inflamaron el ojo derecho.

“Siempre ha sido inquieto, pero el boxeo lo ha controlado un poco”, dice su entrenador Sergio Quintana, quien cuenta que lo ha corrido del gimnasio cuando se portaba mal, como una forma de castigarlo para que no lo vuelva a hacer. “Una vez no lo dejé entrar al gimnasio durante varias semanas, lo corría, hasta que su papá habló conmigo y Bryan me lo pidió llorando”, dice Quintana, sonriendo.

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Antes de las cinco de la mañana, cuando aún está oscuro, la familia de Bryan Mercado se levanta para abrir uno de los 20 mil establecimientos que hay en el Oriental, el centro de compras más grande del país y probablemente uno de los más extensos de toda Centroamérica. A esa hora buscan frutas, leche, azúcar y hielo, para hacer tres baldes de jugos que venden al día. Aunque tienen un establecimiento fijo, todos los días salen a caminar por las calles cercanas para ofrecer los refrescos. Generalmente los venden a los mismos comerciantes, en vasos grandes en los que caben casi un litro y cuestan unos 50 centavos de dólar. Se calcula que a diario se dan cita en esta enorme mancha de comercios unos dos mil trabajadores ambulantes, según las últimas estadísticas de la Corporación de Mercados de Managua.

La madre del adolescente boxeador se llama María Amparo García. Ha vivido sus 41 años en el mercado Oriental. De piel blanca, pero con la cara tostada por el sol, ella es una de miles de personas que van y vienen por los tramos de este lugar que mide 120 manzanas, es decir, unos 118 campos de fútbol profesional. Es una ciudadela que ha engullido al menos a cuatro barrios, escuelas, clínicas, bares y prostíbulos. María Amparo ha vendido aquí todo tipo de mercaderías, entre ellas jabones, sopas instantáneas y detergentes.

“Yo en este mercado dejé el ombligo”, dice. “Mi mamá toda la vida ha vendido aquí. Por eso, cuando conocí a mi esposo, me lo traje para vender en el mercado”, dice. María Amparo está casada con Edwin Mercado, el papá de Bryan, desde hace más de 20 años.

María Amparo y su familia producen más de 70 vasos de jugos todos los días. Las labores se reparten entre todos: unos buscan los ingredientes, otros pican el hielo y, cuando están hechas, las bebidas son anunciadas y entregadas. Por último, pero no menos importante, definen quién cobra el dinero. Según estadísticas del Banco Central de Nicaragua, el 80% de los trabajadores en Nicaragua trabajan en la informalidad, como la familia de Bryan. Esto significa que obtienen ingresos por su cuenta, pero no tienen seguros médicos ni sociales. Lo más difícil es que tampoco tienen seguro que ganarán dinero para comer al día siguiente.

La cantidad de trabajadores informales es quizás incluso mayor, después de una crisis política que vive el país desde 2018. Ese año hubo una serie de protestas contra la administración de Daniel Ortega, mandatario desde 2007, que precedieron a un derrumbe económico que los especialistas han catalogado como “depresión económica”: en tres años las riquezas han caído en 14% y Nicaragua ha retrocedido a niveles de pobreza de hace seis años. Alrededor de 400 mil personas han quedado desempleadas y, como resultado, muchas de ellas se integraron a la informalidad. Esta cifra se ha ensanchado luego de la pandemia de la Covid-19 el año pasado.

“Nosotros somos el motor de la economía”, dice Gema Morales, dueña de un negocio que alquila carretones para vendedores ambulantes en el mercado Oriental. No está lejos de tener razón: solo los negocios de aquí generan entre el 25 y el 30% de las riquezas del país. “Nos sentimos bendecidos porque a pesar de todo lo que ha ocurrido, seguimos recibiendo, y si podemos, también damos”, agrega Morales.

A las tres de la madrugada inicia la jornada de Morales. A esa hora ya hay una fila de personas a las que les alquilan carretones a diario para vender ambulantes en el mercado.

 “Sabemos que hay personas que ponen su ventencita ambulante con 600 pesitos (17 dólares) y ya le sacan unos 300 pesos diarios (8 dólares), ya con eso se compran por lo menos el arroz y los frijoles para comer”, dice Morales.

Por eso abre su negocio de alquiler de carretones los 365 días del año. No importa que sea fin de semana o días festivos. “Aunque uno tenga dinero, no sabemos si otras personas tienen la necesidad de ganarse su dinero diario para comer”, afirma.

Y así, al amanecer, antes del canto de los pájaros, se oye en las calles el traqueteo de las ruedas de las carretas. Gema escucha a sus vecinos, la familia de Bryan, picar el hielo para hacer los jugos. Mientras algunos dormimos tranquilos, otros se levantan de madrugada para no acostarse con el estómago vacío en la noche.

“Todos los comerciantes de aquí queremos a Bryan, porque lo conocemos desde que estaba en la panza de la mamá”, cuenta Morales.

La madre del boxeador dice que ella llevó a su hijo al mercado a los dos días de nacido. Después señala una canasta grande hecha de tusa, que forraba con retazos de ropa y cartones, en la que dormía Bryan mientras ella vendía refrescos. “Ahí pasaban los borrachos y lo cuidaban, lo sudaban”, dice María Amparo, riéndose. “Pero gracias a Dios nunca se me enfermó”.

Ella ha criado a sus seis hijos de esa manera. Si salía a distribuir refrescos, otra vendedora, como Gema Morales, quedaba pendiente del niño “y luego me decía, “mire al niño, está orinadito, hay que cambiarlo”, dice María Amparo, en su casa en el centro del mercado Oriental.

La casa es una construcción rectangular de bloque y cemento, techada con zinc. Para entrar hay que subir unos escalones por donde empieza la sala. Lo primero que llama la atención son las medallas que Bryan ha ganado en el boxeo, a la izquierda hay una larga mesa para colocar los baldes de refrescos; y a la derecha un parlante que conecta al celular para escuchar música. Los cuartos están divididos con láminas de plycem, y al fondo hay un patio amplio, que ocupa la mayoría del lugar, donde solo están a medio construir un baño, la cocina y un lavandero. Un saco de boxeo cuelga de un árbol y a la par están dos perros que no paran de ladrar.

Hace cuatro años que viven en esta casa en el mercado. Antes, cuando vivían en Altagracia, a tres cuadras de Tropical Boxing gastaban más en pasajes para trasladarse. Un amigo de Edwin les alquila a buen precio, ya que los terrenos del Oriental son de los más caros del país. Un solo metro cuadrado puede costar cinco mil dólares y hay tramos que ascienden a los 200 mil dólares. Los servicios de agua potable y luz eléctrica también son costosos, pues los cobran como tarifa comercial. Un recibo mensual de energía puede costar 200 dólares, cuando el salario mínimo en Nicaragua es de 226 dólares al mes. 

“Tenemos que ponernos de puntillas para pagar el recibo”, dice Gema Morales, la vecina comerciante. “Y la necesitamos porque no podemos andar sin luz a las dos de la mañana en este sector, porque si bien es cierto que ya no es como antes de peligroso, vienen delincuentes de otros lugares. Tenemos que cuidar a los clientes porque sin ellos no sobrevivimos. Ellos, como nosotros, andan luchando, ganándose su quincena, y no es justo que venga otro y se le robe todo”.

María Amparo García no vio las primeras peleas de su hijo. Se quedaba llorando en su casa porque temía que Bryan recibiera una paliza. Pero en la medida en que Bryan golpeaba más de lo que recibía, esta mujer cambió de opinión. “Me fui sintiendo alegre porque he visto que puede llegar a ser alguien grande como Chocolatito (Román González, nicaragüense, tetra campeón mundial de boxeo)”, afirma.

Cuando María Amparo ahora ve una pelea de su hijo, lo anima a gritos y le aplaude en todos los rounds. En la última pelea que ganó, se subió al ring emocionada para levantarlo, pero se cayó de espalda sobre la lona. “Bryan ya está grande, ¿cómo me lo voy a aguantar?”, dice, riendo.

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Después de recoger los vasos de refrescos, Bryan vuelve a poner el video de la pelea en Japón, justo donde la había dejado: cuando le conectaron el primer golpe que le quitó el nerviosismo. Fue una pelea cerrada, en la que el pequeño boxeador nicaragüense lanzó más golpes, aunque eso no significa que los haya conectado todos.

“Al inicio entré desordenado, pero después fui ordenando mis golpes”, relata Bryan, un año después de aquel combate. Durante los primeros dos rounds, Edwin Mercado, su papá, quien miraba la pelea a través de un en vivo de Facebook, sentía que su hijo estaba perdiendo. Sergio Quintana, su entrenador, desde una esquina del cuadrilátero veía que la victoria se estaba poniendo difícil. Como solo él acompañó a Bryan por Nicaragua, un entrenador costarricense los ayudó en el cuadrilátero.

“Yo conozco a mi boxeador, por eso le dije al entrenador de Costa Rica: ‘Vas a ver cómo esta pelea va a cambiar’, y le empecé a gritar a Bryan: ¡Vamos mi loco, vos podés, vamos mi loco, vos viniste a ganar!, y de ahí el chavalo cómo que se activó y empezó a cambiar, a ganar la pelea”, dice Quintana, y agrega entre risas: “El entrenador de Costa Rica se quedó asustado de ver el cambio de Bryan cuando le empecé a gritar: ¡Vamos mi loco!”.

La competición fue en Navidad. Los vecinos del mercado llegaron a la casa para ver la pelea a través del celular de Edwin. Querían meterse en el móvil. María Amparo, la madre de Bryan, se mordió todas las uñas por puro nerviosismo.“En el fallo se dilataron un montón de tiempo, esto solo podía significar que le habían robado la pelea, que la habíamos perdido, eso le decía Edwin a cada rato”, dice María Amparo, un poco emocionada. 

“Yo sentía que había ganado, pero estaba ansioso por la decisión de los jueces”, recuerda Bryan. Tampoco entendía una sola palabra de la presentadora que anunció el resultado del combate. Solo pudo estar seguro que había ganado la pelea cuando el referí levantó su mano en señal de victoria.

“La victoria es de Dios, pero también de mi familia en el mercado, que siempre está apoyándome”, dijo Bryan en una corta entrevista que dio después de ganar la pelea, al bajar del ring. “¡Viva Nicaragua! Soy cien por ciento pinolero”.

Siete jóvenes boxeadores de diferentes países de Centroamérica y República Dominicana fueron invitados al torneo para competir contra los siete mejores boxeadores japoneses de sus mismas edades. Solo Bryan Mercado y un chico dominicano derrotaron a los asiáticos. Morinori Watanabe, el japonés encargado de las competencias de boxeo en los Juegos Olímpicos, les ofreció a estos dos una beca para llevarlos a Japón para perfeccionarlos en boxeo y para que estudiaran una carrera profesional.

“Solo estamos esperando que nos confirmen para que yo me pueda ir a mediados de este año”, dice Bryan, quien ahora usa el pelo largo, pantalones holgados y se cuelga una cadena de plata. La beca consiste en una estadía de cinco años, en los que anualmente Bryan podrá visitar a su familia en Nicaragua, según comunicó Watanabe.

Después de recibir la noticia, Bryan y su entrenador Sergio Quintana caminaron sonrientes durante varios días. Acompañados de una traductora, pasearon por Tokio, conocieron a algunos luchadores sumos e hicieron viajes en tren. “Todo era bonito, es otro mundo para mí. ¿Usted sabe? Es el País del sol naciente”, dice Bryan.

Un mundo distinto, claro, al que puedes ver en el ‘Callejón de la Muerte’, en el mercado Oriental. Si alguna vez vuelves a pasar por este lugar sentirás que es difícil ver sin juzgar, e intentas describir lo más objetivo posible:

Un callejón angosto. Pequeños cuartos a los lados. Mujeres en minifaldas sentadas esperan afuera. Vestidos estampados, rostros pintarrajeados. Serias las más. Delgada, en pantalón de mezclilla, fuma una de cabello rojo. Los perros famélicos hurgan en la basura. Por las hendiduras de las puertas de los cuartos se ven camas con colchones gastados y sábanas perforadas. El adolescente boxeador les da un par de vasos a unas mujeres. Recibe dinero, da el cambio, sonríe. Un hombre sin camisa, con el cuerpo cubierto de tatuajes, ojos rojos, aliento de alcohol, se acerca porque quiere beber un refresco. Otro comerciante se lo paga.   

Llegas al final de la calle y te das cuenta que te demoraste un minuto, pero después de dos semanas no sabrás por qué sigues recordando aquella escena. Luego ves al pequeño boxeador tomar un bus para ir al gimnasio. Por la noche regresará al mercado para visitar a su novia, con la que lleva dos semanas y vive a pocas cuadras de su casa. Se irá a la cama alrededor de las nueve. Antes, escuchará un par de canciones de reggaetón. Luego se quedará dormido, para comenzar de nuevo al día siguiente.

“A su edad pudo andar perdido en drogas o robando, pero está luchando por salir de esta pobreza”, dijo Gema Morales, la vecina. Quizás por eso se ha levantado después de cada derrota para ganar la próxima pelea. Golpeando las adversidades como a los sacos de boxeo. Y hasta el momento, no ha vuelto a perder. Sin olvidar que sigue siendo un adolescente. Uno que mientras va vendiendo refrescos se detiene cada vez que mira las gorras usadas que tanto le gustan o que te enseña con asombro un puñal que acaba de comprar un amigo comerciante.

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