Él dice que ha mandado a sus tropas a rescatar a cuatro salvadoreños a quienes supone secuestrados por las bandas criminales que mandan en Haití. Dice también Bukele, en uno de sus ya comunes delirios mesiánicos, que está ahí con el apoyo de Dios.
Para empezar, no está claro si los salvadoreños secuestrados siguen vivos, si hay alguien a quien rescatar. Donald Trump, el presidente estadounidense, dijo a reporteros que había hablado de Haití con Bukele, quien le pidió ayuda militar para la aventura haitiana que Trump negó y que, de paso, le dijo que los salvadoreños estaban muertos. Bukele no ha desmentido eso.
Como con todas las narrativas de Bukele, en esta hay, si se rasca apenas unos milímetros, varios problemas. No está claro si los salvadoreños secuestrados eran miembros del pequeño contingente –unos 125 “aviadores” y “técnicos” según la narrativa bukelista– que el gobierno envió para apoyar a la Fuerza de Supresión de Pandillas (GSF en inglés), apoyada por la ONU, o contratistas que, antes del despliegue de la fuerza multinacional, trabajaban con Vectus, la empresa dirigida por el estadounidense Erick Prince, cuyos mercenarios operan en Haití y en Europa del Este. Solo se sabe la identidad de uno de los desaparecidos.
Antes de que los uniformados salvadoreños reforzarán el GSF, unos 200 ciudadanos de El Salvador llegaron a trabajar para Vectus en Haití. De esa relación tiene Bukele conocimiento pleno. En 2024, el presidente salvadoreño recibió a Erick Prince en San Salvador, según reportó Diario El Mundo entonces. Matt Gaetz, el excongresista republicano acusado de pagar por sexo a una menor de edad y uno de los grandes valedores de Bukele en Washington, fue uno de los gestores de aquella reunión.
El 29 de septiembre de 2026, poco antes de la desaparición de los cuatro salvadoreños, la Asamblea Legislativa, bajo el poder de Bukele, aprobó una extensión e las atribuciones del personal desplegado junto al GSF, permitiéndole involucrarse en acciones más allá de la capacitación, la asistencia técnica y el rescate.
Hay otro asunto que Bukele ha obviado mencionar en todo esto, el de Damián Merlo, el lobista estadounidense, cercano a MAGA, que le abrió las puertas de Mar-a-Lago y del trumpismo y a quien luego contrató como asesor y pagó miles de dólares con dinero público. Merlo fue en 2011 el jefe de campaña de Michell Martelly, el político haitiano que gobernó su país hasta 2014. Entre 2022 y 2024, Canadá, Estados Unidos y la Unión Europea sancionaron a Martelly por su supuesta relación con algunas pandillas haitianas. Este año, Martelly volvió a Haití.
Martelly, además, ha sido citado por la justicia haitiana como testigo para declarar en el caso abierto por el asesinato de Jovenel Moïse, su sucesor en la presidencia. La esposa de Moïse ha acusado a Martelly de estar vinculado con el asesinato, algo que no ha sido probado. Lo que sí es cierto es que, tras la muerte de Moïse, Haití se hundió aún más en el caos pandillero en el que ahora Bukele quiere intervenir.
¿Cuál es la relación entre Merlo, Erick Prince, Bukele, los contratistas enviados antes del despliegue del GSF y los secuestros de personal salvadoreño? ¿Cuál el vínculo entre todo esto y la invasión emprendida por Bukele tras las desapariciones con el envío de unos 2,000 militares a la isla? No está claro: la única explicación del presidente salvadoreño es una de sus diatribas en redes sociales en las que apela a la intervención divina y su éxito en el combate a las pandillas. ¿Quién paga por todo? Bukele dice que a los soldados les paga su gobierno. ¿Con plata del ejército? ¿Un fondo especial? Tampoco se sabe.

A finales de octubre, la organización haitiana Asociación de las Naciones Unidas-Haití (UNA-Haití) acusó a Bukele de usar drones armados y bombas en el país caribeño. El presidente salvadoreño respondió diciendo que era mentira, que sus tropas no tienen esa tecnología militar. Lo que Bukele no dijo es que Erick Prince, a quien él recibió y para quien trabajan 200 salvadoreños, sí han usado bombas y drones en Haití.
Vamos a la narrativa antipandillera. En El Salvador, Bukele acudió a tres estrategias para lidiar con la MS13 y el Barrio 18. Negoció: protegió a algunos de los líderes de la extradición a Estados Unidos, donde son reclamados por terrorismo, y a otros les ayudó a fugarse de las cárceles a cambio del apoyo electoral de las organizaciones criminales en los territorios que controlaban; todo esto consta en pruebas presentadas por fiscales estadounidenses en una corte de Nueva York. Pagó: investigaciones de un grupo anticorrupción apoyado por la OEA para combatir la corrupción en El Salvador, a la que Bukele en principio apoyó y luego desechó cuando las pesquisas se acercaron a él y a su grupo, recogieron indicios de pagos a pandilleros durante los cierres por coronavirus. Y luego, tierra arrasada: en marzo de 2022 el pacto se rompió y Bukele respondió con un régimen de excepción que dura hasta ahora y gracias al cual han ido a la cárcel, además de algunos pandilleros, miles de inocentes sin derecho a defensa que han pasado años presos sin juicio.
Será muy difícil que en Haití Bukele aplique su triple estrategia antipandillera, la de pacto, pago y cárcel masiva. No depende de él, porque, a pesar de lo caótica que pueda ser la situación haitiana, ahí Bukele no controla el Estado, que es lo que en El Salvador le ha permitido hacer lo que le plazca sin contrapeso alguno. Y plata no tiene para pagar. En cuanto al uso de la fuerza, de lo que ya advirtió a las pandillas haitianas en uno de sus posts bravucones, ni Bukele ni el ejército salvadoreño tienen demasiada experiencia en combate abierto con una fuerza irregular con la capacidad letal que tienen los criminales que controlan Haití.

Tal vez sí pueda hacer, Bukele, lo que se le ha dado bien hasta ahora, negociar con los líderes pandilleros, y todo el resto, la bravuconería, la desinformación, sean parte de la narrativa inventada para tapar esas negociaciones y la relación con los mercenarios de Erick Prince o un posible vínculo con Merlo y su cliente haitiano.
Como no está claro si los salvadoreños desaparecidos están vivos o no, el asunto del rescate tampoco tiene demasiado sentido.
Y hay que volver a decir esto: Bukele es un mago de la distracción, un maestro en el arte de cambiar la conversación para alejarla de tópicos que no convienen a su imagen, a la que intenta vender a las decenas de miles de salvadoreños que le creen y al mundo, que ya le cree menos. Hay varias cosas de las que, de nuevo, hemos dejado de hablar, concentrados como estamos en la aventura haitiana de Nayib Bukele.
Hablamos menos de que, a principios del próximo año, Bukele se presentará por segunda vez a las elecciones después de que unos magistrados constitucionales, a los que sus diputados eligieron de forma ilegal en 2021, le permitieran su primera reelección ilegal y luego una reforma que le ha permitido adelantar los comicios y ampliar el periodo a presidencial de cinco a seis años. Cuando se reelija en 2027, Nayib Bukele se habrá asegurado catorce años en el poder, más que cualquier presidente salvadoreño, incluido el dictador sanguinario Maximiliano Hernández Martínez. No es algo que Bukele quiera necesariamente explicar al mundo.
Hablamos cada vez menos de los inocentes que siguen presos en las cárceles de Bukele, incluidos reconocidos críticos y disidentes, como la abogada Ruth López, quien lleva presa 540 días sin juicio bajo cargos tan absurdos que a la fiscalía de Bukele no le quedó más que inventarse un caso del que hace eco la poderosa máquina de desinformación del bukelismo, incluido un sitio de noticias falsas que maneja una empresa ligada al presidente del congreso, uno de los funcionarios más cuestionados del régimen.
Y no hablamos suficiente de las farsas pasadas, que, como parece ser el caso con este asunto de Haití, empezaron a gritos y terminaron en fracasos, como el Bitcoin, llamado por Bukele a ser la salvación económica del país y del que solo sabemos ahora que recibió millones de dólares de los que el presidente nunca ha dado cuentas.
Podemos empezar por seguir preguntado: ¿qué hace en realidad Bukele en Haití? ¿Rescatar a cuatro salvadoreños de los que aún no hay prueba de vida? ¿Desviar la atención de otros asuntos? ¿Vender como éxito internacional una política de seguridad basada en pactos con criminales y violaciones plenas a la vida y a la libertad de ciudadanos inocentes? ¿Satisfacer delirios mesiánicos como el que lo lleva a vestirse, literalmente, de caudillo centroamericano decimonónico? ¿Todas las anteriores?
ESCRIBE
Héctor Silva Ávalos
Periodista salvadoreño. Ha trabajado desde 1994 como editor, reportero e investigador en varios medios y centros de investigación latinoamericanos como La Prensa Gráfica de El Salvador, Prensa Comunitaria de Guatemala e Infobae en Argentina. Se ha especializado en temas como crimen organizado transnacional, corrupción política y cobertura en zonas de conflicto. Estudió periodismo en la Universidad Centroamericana "José Simeón Cañas", de El Salvador, y en la Universidad de Barcelona. Fue investigador asociado en American University y en la Fundación InSight Crime y fellow en la Universidad de Misuri. En 2014 publicó el libro "Infiltrados", sobre la corrupción de la policía en su país.