Hace un par de años decíamos que “en una región con muchos malestares la disputa por la democracia no termina en la construcción de Estados capaces de dar educación, salud e infraestructura de calidad a sus ciudadanos, o en la construcción de partidos políticos capaces de construir alternativas políticas dentro de los marcos constitucionales, pasa también por la reconstrucción de ambientes mediáticos y de periodismo libres de presión de los poderosos. Los desenlaces de la situación actual aún están por verse”.
Mientras hace tres años pensábamos en el futuro, el presente de Costa Rica nos deja: el cierre del espacio Hablando Claro conducido por la periodista Vilma Ibarra, periodista crítica del gobierno. La revocación de visas de la junta directiva del Grupo Nación, medio crítico del gobierno. Y la reunión privada del dueño de Televisora de Costa Rica y el ministro de hacienda/presidencia – Rodrigo Chaves- en casa presidencial.
Todo esto sucede en un contexto común para América Latina, una fórmula que ha sumado concentración de poder y desmantelamiento democrático en los últimos años. De la caja de herramientas de esta fórmula autoritaria podemos poner foco en la captura de medios de comunicación. Es decir, en las formas, mecanismos y recursos que usan los poderosos para cambiar las narrativas y la información.
Los aprendizajes sobre la captura de medios son muchos. En un primer estudio académico, los autores John McMillan y Pablo Zoido documentan los pagos a través de los cuáles, Vladimir Montesinos, director de inteligencia de Alberto Fujimori (Perú), establecía contratos con cadenas de televisión. Estos contratos le permitían a Montesinos revisar cada día la información antes de salir al aire en aquellos temas que corresponden al gobierno o al congreso. En promedio, Montesinos pagaba mensualmente USD 300 mil a políticos para tener mayoría en el congreso; cerca de USD 250 mil a jueces y más de USD 3 millones a los canales de televisión. Para los autores, la diferencia en el pago a jueces, políticos y medios radica en el lugar que ocupan los medios ante la ciudadanía, es decir, su capacidad de generar debate público y, además, su capacidad de resguardo de las democracias.
También hemos aprendido que, en mercados de medios pequeños y altamente concentrados como los Centroamericanos la transferencia de fondos públicos y la contratación estatal de publicidad han sido mecanismos a través de los cuales los gobiernos buscan influir en una supuesta “cobertura balanceada” de la información. Por ejemplo, de Tony Saca, expresidente de El Salvador (2004-2009), aprendimos cómo con fondos públicos se contrató pauta publicitaria en medios y agencias de publicidad para asesorarle y mejorar la narrativa sobre su gobierno, así como, del pago directo a periodistas para “aconsejarle”. Hablamos de las “mentas” en el lenguaje popular salvadoreño: dinero sin transparencia pública para cobertura noticiosa positiva.
También en El Salvador, pero de Bukele, aprendimos que el control sobre información privilegiada de Hacienda, y, sobre todo, el uso instrumental del poder político para fabricar casos por “evasión fiscal” ha sido fundamental para acallar medios, y prensa crítica. Bukele ha sido además un artífice de las “campañas permanentes”, para instalar, como señala Amparo Marroquín, un clima emocional que convierte en verdad todo aquello que se encuentra cerca de mis propios deseos.
De Daniel Ortega y Rosario Murillo hemos aprendido que la presión política del Ejecutivo sobre las empresas privadas es un mecanismo eficaz de captura de medios. En nuestros mercados de publicidad o invierte el Estado o invierte el sector privado, sin embargo, frente a las presiones del ejecutivo nicaragüense la mayoría de las empresas privadas cortaron su financiamiento a medios independientes. Este estrangulamiento financiero, aunado al cierre de la cooperación de los EE.UU. ha implicado la salida de periodistas y medios críticos e independientes del entorno mediático centroamericano. En el caso nicaragüense la violencia, el exilio y el encarcelamiento de periodistas han sido mecanismos fundamentales de la captura mediática en Nicaragua.
De la Administración Chaves Robles nos queda el uso del aparato ejecutivo para afectar la economía de las empresas de medios, y más recientemente, la instrumentalización de la revocatoria de visas para ganar “silencios”. Amparado en el acceso a fondos públicos, el chavismo ha construido su propio andamiaje de medios afines. Se trata de canales en señal abierta, periodistas, youtubers y otras páginas en redes sociales que sostienen la agenda del ejecutivo y reproducen sus narrativas. Estos nuevos entornos mediáticos como plantea Marroquín se sostienen constantemente en falsos dilemas, ruptura de lo políticamente correcto, el escándalo, la división y utilizan sus mensajes para ofrecer realidades falseadas y llenas de filtros que magnifican las narrativas gubernamentales.
Hoy cuando en Costa Rica las tuercas sobre la libertad y la independencia de prensa se doblan a favor de los poderosos, y del ejecutivo, nos preguntamos: ¿Qué quedará de nuestra prensa libre cuando el chavismo ya no esté?
ESCRIBE
Francisco Robles Rivera
Profesor Catedrático de la Universidad de Costa Rica.