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Cataclismo ciudadano en Cuba: la isla nunca volverá a ser la misma después del 11 de julio

Proyecto Inventario, un medio independiente que se especializa en el periodismo de datos, ha confirmado que en más de 60 puntos del país la gente ha salido a las calles. Cortesía.

Desde 1959, cuando la revolución liderada por Fidel Castro triunfó, en Cuba no se veía una protesta popular como la que ocurrió este 11 de julio. Proyecto Inventario, un medio independiente que se especializa en el periodismo de datos, ha confirmado que en más de 60 puntos del país la gente ha salido a las calles. En las decenas de videos y transmisiones en vivo que han circulado en las redes sociales se escuchan claramente los siguientes reclamos: “libertad”, “abajo la dictadura”, “no tenemos miedo”, “no más mentiras”, “que se vayan”, “no más golpes, queremos comida”, “Díaz-Canel singao” (estribillo de una canción de dos raperos contestatarios) , “Patria y Vida” (nombre de otra canción de reconocidos músicos cubanos que se contrapone a la consigna oficial de Patria o Muerte), entre otras.  

En los últimos 62 años de historia nacional, por supuesto, han sucedido disímiles protestas en contra del régimen castrista y sus políticas. Dos de las más recientes y emblemáticas fueron la del 11 de mayo de 2019, en defensa de la diversidad sexual, y la del 27 de noviembre de 2020, en contra de la violencia policial. Esta última fue una respuesta espontánea al allanamiento de la sede del Movimiento San Isidro, un grupo opositor pacífico conformado principalmente por artistas e intelectuales que reivindican el derecho a la libertad de expresión, y marcó el inicio de la plataforma 27N, que desde entonces ha estado abogando por generar un diálogo ciudadano que involucre a las instituciones estatales. Pero casi siempre las protestas han sido pequeñas y efímeras y las autoridades las han reprimido de manera inmediata. 

Lo que ha pasado en Cuba este 11 de julio ha sorprendido a todos los cubanos y a gran parte del mundo. Supongo que también al propio gobierno. No hubo convocatorias públicas a tomar pueblos o ciudades. No hubo líderes. No hubo una sola organización opositora o disidente que llamara a movilizarse. Las más de 60 manifestaciones se desencadenaron de manera orgánica. Desde que en las redes sociales se empezaron a compartir imágenes de la primera, en el pueblo de San Antonio de los Baños, al suroeste de La Habana, la llama del descontento se esparció por toda la isla. La gente se dio cuenta del poder que tenía y lo ejerció como nunca antes. 

Y si bien ha sido sorprendente ver a miles de personas desafiando al gobierno, debido a que Cuba es un sistema totalitario que criminaliza el ejercicio de derechos civiles y políticos, que prohíbe la creación de partidos, asociaciones y medios de prensa independientes al Estado, a nadie que conozca la realidad cubana, sea porque la vive a diario o porque se informa sobre ella, le ha costado entender los motivos. Los sectores oficialistas, en sintonía con las declaraciones del presidente Miguel Díaz-Canel, han insistido en que los manifestantes han sido manipulados por “la contrarrevolución” y se encuentran “confundidos”. Han hablado, como siempre, del impacto del embargo de Estados Unidos y de las sanciones implementadas por el expresidente americano Donald Trump. Han trasladado la responsabilidad al “enemigo”. Pero lo cierto es que esa es una visión reduccionista de los hechos, que parte de subestimar al pueblo. 

En la raíz de las protestas del 11 de julio hay una profunda insatisfacción con el gobierno. Es cierto que la política estadounidense impacta negativamente en la economía, pero hay dos cosas muy importantes que la gente sabe: la primera es que los dirigentes no sufren las medidas del embargo, y la segunda es que el embargo no afectaría tanto a la población si el gobierno cubano no pretendiera centralizar todo en el Estado y no coartara las libertades. 

Lo que se puede evitar

Pese a que el gobierno cortó el internet en Cuba, las imágenes de las protestas se viralizaron. Cortesía.

Para el pueblo cubano, lo más terrible no son los mercados en MLC (Moneda Libremente Convertible), a los que solo una minoría con acceso a divisas puede ir a comprar, mientras que la mayoría debe conformarse con las limitadas ofertas de los mercados en moneda nacional. Lo más terrible no son las multitudinarias colas de horas y a veces hasta de días para comprar un kilogramo de pollo, una botella de aceite, un paquete de diez salchichas o cuatro rollos de papel higiénico, cuando tienes la suerte de no irte a casa con las manos vacías. 

Lo más terrible no es el retorno de apagones de seis horas. Lo más terrible no es la escasez de todo tipo de medicamentos, ni la cifra ascendente de casos positivos al coronavirus, que el pasado 10 de julio llegó casi a 7 mil. Lo más terrible es que muchas de estas circunstancias podrían ser distintas, menos dolorosas y mortíferas, si el gobierno escuchara los reclamos de la población y los consejos de diversos especialistas para enfrentar una crisis que se viene intuyendo desde hace al menos cinco años. Sin embargo, el gobierno cubano, que se encuentra en una posición sumamente desfavorable en el conflicto con Estados Unidos, no quiere ceder por ninguna parte. Su estrategia se basa, en esencia, en mantener el control casi absoluto de la economía –cada vez más militarizada-, exigir a Estados Unidos que flexibilice su política y levante el embargo sin ofrecer nada a cambio, y continuar reprimiendo con impunidad a todas las personas que disienten del sistema. 

Desde mayo del presente año, ante las múltiples denuncias de muertes por falta de atención médica o medicamentos que han salido a la luz pública, la comunidad cubana residente en el exterior empezó a promover la idea de crear un corredor de vuelos humanitarios que permitiera el envío a Cuba de forma expedita de medicamentos, insumos hospitalarios, alimentos y productos de aseo. Muchos de los cubanos o descendientes de cubanos que viven en Estados Unidos ya se encontraban completamente vacunados entonces y mostraban su disposición de viajar a la isla para llevar ayuda. El principal inconveniente era -y sigue siendo- que los vuelos de Estados Unidos a Cuba se encuentran limitados desde enero. Pero el gobierno cubano ignoró ese reclamo, como ha ignorado tantos otros reclamos, y la situación sanitaria siguió agravándose. 

En las últimas semanas, la provincia de Matanzas, al occidente de Cuba, se ha convertido en una de las zonas más golpeadas. El pasado 10 de julio reportó más de 3300 casos de Covid-19. Su personal de salud se encuentra agotado, sin recursos suficientes para enfrentar la pandemia y proteger sus vidas, y sus hospitales han colapsado. El gobierno cubano ha trasladado refuerzos para la zona, pero de todas formas no logra cubrir plenamente todas las necesidades. Mientras, emigrantes cubanos en España, Estados Unidos y México, en conjunto con residentes en Cuba, se han organizado para enviar ayuda humanitaria y han pedido al gobierno que coopere en el empeño. 

Artistas inspiran 

Y, en los últimos días, la etiqueta #SOSCuba se ha vuelto viral en las redes sociales. Diversos artistas internacionales, como Paco León, Don Omar, Ricardo Montaner, Alejandro Sanz, J Balvin, Nicky Jam, Natanael Cano, Daddy Yankee, Natti Natasha, Becky G, Mia Khalifa y René Pérez (Residente), han expresado su solidaridad con la nación caribeña y algunos incluso han criticado al gobierno cubano. También artistas nacionales, entre quienes destacan Chucho Valdés, Leoni Torres, Yuliet Cruz, El Chacal, Jacob Forever, La Diosa, Yotuel y Yomil Hidalgo, se han sumado al mensaje y han contribuido a aumentar la atención sobre lo que pasa en Cuba. Es imposible determinar si este apoyo de celebridades sirvió o no de inspiración, pero sin dudas constituye un antecedente clave de las protestas del 11 de julio. 

Pero la gran pregunta ahora no es cómo fue que se dieron las protestas sino qué será de Cuba después de ellas. Hasta ahora la cifra de personas detenidas no deja de crecer. En la última revisión que yo hice, rondaba las 60 personas, y el paradero de muchas era desconocido. Las imágenes de personas golpeadas proliferan. Hay al menos un video de policías disparando en plena calle, en La Habana, y de una mujer herida de bala en una pierna. El país amaneció hoy militarizado y continúan los reportes de interrupciones del servicio de Internet. El presidente cubano, para colmo, ayer llamó a los cubanos a enfrentarse. “La orden de combate está dada, a la calle los revolucionarios”, dijo en una intervención en la televisión nacional. Pero, a pesar de la violencia con que ha respondido el gobierno, hay algo que es incuestionable: el 11 de julio representa la llegada a un punto de no retorno. 

Todavía es demasiado pronto para saber si las protestas conducirán a una transición política o un cambio profundo en el país. Queda por ver cómo se recupera la sociedad civil de la represión sufrida y cómo se reconfigura el gobierno. También, cómo influye la comunidad internacional en el curso de los acontecimientos. Pero es un hecho que Cuba nunca volverá a ser la misma después del 11 de julio y que en el imaginario popular quedará grabado para siempre todo lo que se vivió ese día. El pueblo probó, como nunca, la fruta prohibida de la libertad. Es cierto que hubo asaltos de mercados en MLC y patrullas volcadas. ¿En cuál protesta legítima no se han visto escenas similares? Pero la mayoría tomó el espacio público por una sola razón: un anhelo profundo de libertad. Si el gobierno no aprende a interpretar el contexto con humildad, el 11 de julio puede ser apenas un ensayo de lo que puede suceder. 

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