Chinandega y su conexión con Panamá: el Ejército busca por cielo y tierra al primer contagiado

La conexión panameña: busquen al militar

Un día de la tercera semana de marzo de 2020, mientras Nicaragua esperaba con temor el inminente anuncio de que el nuevo coronavirus ya estaba en el país, los cielos chinandeganos se estremecieron con el resonar de los poderosos motores de dos helicópteros del Ejército. Las aeronaves coordinaban su trayectoria con la movilización en tierra de un pelotón de efectivos militares que cercaban una manzana del Reparto La Florida, ubicada en la periferia sur de esta ciudad de occidente. En ese momento nadie sospechaba cuál era el objetivo de la misión… pero más tarde los chinandeganos se enteraron que el despliegue tenía que ver con lo que el país temía: la COVID-19.  

Entendidos de que de ninguna manera su presencia podría pasar desapercibida a las dos de la tarde, hora en que efectuaron el operativo, los soldados y sus jefes se limitaron a actuar con eficiencia, estableciendo un doble cerco; el más grande, creado alrededor del bloque de viviendas vecinas a la del objetivo, y uno más pequeño alrededor de la casa que buscaban, para que no se les escapara.

No buscaban a ningún narco, ni a ningún peligroso terrorista. Tampoco a un opositor o un disidente político. En vez de eso, su intención era localizar a uno de los suyos, un uniformado al que la historia reciente de Nicaragua conoce solo como “el Paciente 1” de COVID-19, que un día antes había abandonado la cama del Hospital Militar donde estaba siendo tratado ante la sospecha de haber adquirido el virus SARS-CoV-2 en un viaje de negocios a Panamá, país del que acababa de regresar.

Aunque no es posible saberlo con certeza sin hacer estudios genéticos y epidemiológicos, en ciertos niveles se considera que la pandemia de COVID-19 llegó a Chinandega, y de hecho, al país, proveniente de Panamá, gracias al “Paciente 1”.

El caso de este militar, cuyo nombre no se conoció fuera de algunos círculos médicos, militares y periodísticos, sí se supo dentro de la ciudad, gracias al despliegue con que el Ejército fue a sacarlo junto con su esposa, de su casa en el Reparto La Florida.

El registro médico del militar contagiado de COVID-19, publicado el 19 de marzo por el periodista Wilfredo Miranda Aburto.

Este militar es dueño de un negocio de repuestos automotrices ubicado en el Barrio San Agustín, y por eso viajó a Panamá a surtir su tienda. Regresó a casa el 15 de marzo, después de cuatro días de permanencia en tierras canaleras. Unos días después, enfermo, se vio obligado a buscar ayuda médica. Le informan que presenta síntomas de COVID-19, y lo hospitalizan.

En ese momento, mientras el mundo veía con espanto a España e Italia, naciones que eran el epicentro de la pandemia y reportaban más de 800 muertos en promedio a diario, en el continente americano se comenzaron a tomar medidas drásticas ante el surgimiento de los primeros brotes… en contraste, el Gobierno de Nicaragua inició a implementar su política de negacionismo. Es por eso que la búsqueda del militar se realizó lo más bajo perfil posible. Sin embargo, no fue posible ocultarlo por mucho tiempo. 

El periodismo independiente consiguió la copia del expediente médico del primer contagiado en Nicaragua. De vuelta a la cama de hospital, el Paciente 1, aún con fiebre alta, decide que no quiere seguir hospitalizado y abandona el local, regresando en bus a Chinandega, sin protección alguna, por lo que no queda duda de que debió haber provocado un foco de contagio.

Quizás los habitantes de Chinandega nunca habrían conocido toda esta aventura, ni de que eran merecedores del dudoso honor de haber aportado el primer caso conocido de la enfermedad, de no ser por la ruidosa presencia de los dos helicópteros del Ejército que sobrevolaron su casa, y el pelotón de efectivos militares que la rodeó para sacarlos a él y su esposa, y llevarlos de regreso a Managua, donde ambos serían atendidos, y él etiquetado como “el Caso 1”.

Chinandega se detuvo a partir de un entierro

Mientras el militar y su familia comenzaban a experimentar un miedo desconocido hasta entonces, una familia de El Viejo, una pequeña ciudad ubicada a pocos minutos de esta cabecera departamental, vivía su propia tragedia: dos parientes, padre e hijo, habían perecido en Panamá, en un incidente que las autoridades de ese país atribuyeron a la delincuencia común. Ante la falta de otro pariente que pudiera identificarlos allá para certificar la identidad de los fallecidos, la viuda y madre doliente viajó a Panamá con otra persona más para efectuar los trámites que le permitieran repatriar ambos cuerpos, que fueron velados y sepultados con toda la pompa y el dolor que la ocasión ameritaba.

Eran los tiempos en que apenas se hablaba del COVID-19, de tal forma que no había mascarillas, ni facilidades para lavarse las manos, ni ningún tipo de distanciamiento físico. El que tenía que llorar, lloró abrazado a quien pudo abrazar, sin preocuparse por nada más que por desahogar sus almas. 

Chinandeganos hacen fila en un banco luego del azote de la pandemia. Heydi Salazar | DIVERGENTES.

Aunque no hay certeza de que ni la viuda ni su acompañante hubieran llevado la enfermedad a la ciudad, el miedo al virus hizo que muchos eligieran encerrarse en sus hogares, ante el temor de que un encuentro fortuito con alguno de los asistentes a las honras fúnebres de los asesinados resultara en un contagio, y fue entonces cuando la ciudad decidió encerrarse.

El impacto económico que eso representó al frenar la actividad comercial, se vio reforzado por la paralización del sector turístico que generaba empleos e ingresos para trabajadores y empresarios. “El turismo emisor dejó de llegar desde marzo, cuando el resto del mundo comenzó a cerrar sus fronteras”, recuerda Arturo Cano, Secretario de la Cámara Nacional de Turismo (CANATUR), relatando el tercer elemento de la conexión panameña.

“Desde diciembre del 2019 estábamos esperando a un grupo de turistas chinos, a los que un empresario local iría a buscar a Panamá para traerlos al país. Él fue a Panamá a esperarlos, y se quedó entrampado allá cuando ese país paralizó aeropuertos y cerró fronteras. Vino cinco meses después”, dijo Cano.

Salvar la vida; cuidar los negocios

El comercio (de alimentos, medicinas, e implementos de limpieza) fue uno de los pocos, sino el único, de los rubros económicos que mantuvo cierto grado de dinamismo, en una ciudad que, aunque rodeada de extensas zonas cultivadas con caña y maní, sigue apostando a la compraventa de bienes y productos para generar empleos y movimiento de efectivo.

“Chinandega es una plaza comercial que recibe mercadería desde el triángulo norte de Centroamérica, (principalmente de El Salvador y Guatemala, aunque también desde Honduras), y de China, la que entra a través del puerto de Corinto”, asegura el empresario turístico Arturo Cano. Eso hace que muchos viajen a esta ciudad desde muchos lugares del país para surtir sus tiendas y por eso, la reducción de más del 50% de gente circulando en las calles, se manifestó con fuerza en los negocios de la ciudad.

El turismo es, precisamente, uno de los rubros que más ha sufrido. Antes de marzo, las extensas costas chinandeganas recibían a vacacionistas y surfistas que disfrutaban de las playas, aunque también había quien se aventurara a recorrer senderos volcánicos o boscosos, o a perderse en la magnificencia colonial de la ciudad de León. Pero al llegar la Semana Santa todos se habían ido, especialmente los salvadoreños y guatemaltecos que llegan en grupos a disfrutar de la hospitalidad local.

Los mercados de Chinandega se han reactivado poco a poco temiendo un rebrote. Heydi Salazar | DIVERGENTES.

Mientras la vida trata de imponer una nueva normalidad, los hoteles de playa (y los de ciudad que no cerraron definitivamente) van abriendo de forma paulatina, atendidos por sus propios dueños, que esperan el retorno del turismo para recontratar a parte del personal que tuvieron que despedir. Elisa Madriz Miranda es la copropietaria de Humeli Servicios y Diseño, un establecimiento que comenzó como cibercafé, se amplió a heladería, librería y finalmente negocio publicitario. “Cuando la gente decidió quedarse en sus casas vimos una baja general en las ventas, pero mantuvimos abierto el negocio todo el tiempo, buscando cómo preservar los empleos, incluso haciendo uso de las reservas que habíamos logrado guardar”, dice la mujer.

Ella recuerda el espectáculo inusual que presentaban las calles de la calurosa ciudad, con transeúntes que “parecían astronautas”, ataviados con caretas, máscaras, guantes, turbantes, y anteojos de construcción, por lo que ellos también se subieron a la moda de la limpieza, ofreciendo agua y jabón o alcohol gel a los clientes que aún requerían de sus servicios.

La primera que cayó fue la heladería, no solo porque nadie estaba interesado en estos productos, sino también por el alto costo en términos de consumo de electricidad, que significa mantener encendidos los congeladores. El negocio publicitario también se caería, casi desde el inicio, porque nadie necesitaba imprimir una tarjeta de felicitación en una ciudad sumida en el miedo. En medio de toda esa zozobra, la Sra. Madriz se felicita porque pudo conservar a todo su personal, no sólo recurriendo al ahorro, sino también a una suerte de ingeniería social. El negocio ya ofrecía efectuar transacciones de uno de los mayores bancos del país, y se decidieron a ampliar la oferta, entrando en negociaciones con otro banco, pero aún faltaba que la gente hiciera uso del servicio.

“Le dijimos a la gente que viniera aquí a hacer sus transacciones bancarias, para ayudarnos a conservar los empleos de los muchachos, y la gente respondió de forma positiva”, narra ahora.

Emprender en tiempos de pandemia

Aunque la vida ha regresado con temor a las calles de la ciudad, el efectivo aún no vuelve a los negocios, ni siquiera al lento ritmo con que lo hacía antes que la pandemia lo trastocara todo. “El servicio publicitario”, que es el que les genera más ingresos, “apenas se ha recuperado en un 30%”, explica la Sra. Madriz. Todo lo demás se mantiene bajo también.

Mientras Humeli Servicios y Diseño lograba mantenerse en pie con grandes esfuerzos, las mismas calles de la ciudad vieron otro negocio que logró crecer en medio de la pandemia, y gracias a ella. “Ay Voy” es un pequeño negocio de mensajería y paquetería que vio sus mejores días en la medida en que la gente prefería quedarse en su casa y pagarle a alguien más para que corriera el riesgo de salir a la calle.

“Yo sé que la forma correcta de escribirlo es ‘Ahí voy’, pero lo escribimos ‘Ay voy’, porque así lo pronuncia y así lo entiende la gente”, explica Edwin Espinoza, estudiante de ingeniería en sistemas y antiguo Coordinador Nacional de Tesorería de Credi Express, que en septiembre de 2018 puso una empresa unipersonal de entrega de paquetes y realización de mandados.

Lo habían despedido apenas un mes antes, producto de la crisis sociopolítica en que el país se vio envuelto ese año. No era la primera vez que hacía mandados a alguien más, (como un favor), pero sí sería la primera vez que cobraría por ello, aprovechando que su familia es muy conocida en la ciudad, lo que le sirvió para comenzar a crear y crecer su base de clientes.

Edwin Espinoza, estudiante de ingeniería en sistemas, fundador del emprendimiento Ay Voy en Chinandega. Heydi Salazar | DIVERGENTES.

A pesar de todo, la marcha del negocio fue lenta, hasta que llegó marzo de 2020, cuando la ciudad se dio cuenta que la muerte rondaba las calles, y que era mejor quedarse en casa y pagar a alguien más para pagar recibos, hacer compras en el supermercado, o traer alcohol gel y mascarillas de la farmacia. “Nadie quería salir de su casa, así que nos llamaban, y nosotros íbamos por ellos a los lugares que no querían ir, pero llegó un momento en que dejamos de ir al Mercado Central, que se quedó vacío después que se detectó el primer contagio en ese lugar”.

Los clientes eran solidarios con ellos: les regalaban alcohol o mascarillas cuando llegaban a dejarles los paquetes en medio de las más estrictas medidas de bioseguridad, que incluían dejar los pedidos en una mesita en las afueras de las casas, recibiendo el pago dentro de una bolsa plástica, y entregando el vuelto en otra bolsa.

Las semanas pasaron, los entierros exprés dejaron de ser notorios y frecuentes, las calles volvieron a llenarse, y la gente comenzó a hacer sus propios mandados, lo que encogió nuevamente la base de clientes de ‘Ay Voy’, pero no venció los ímpetus de Espinoza, que ahora tiene tres motos para hacer las entregas, más el apoyo de la tecnología. “Yo desarrollé mi propia aplicación, y digitalicé los menús de varios restaurantes de la ciudad, así como parte de las existencias de los supermercados, para que la gente pueda hacer sus pedidos por la vía digital”, dice, con la esperanza de volver a crecer y establecerse en el mercado, más allá de la coyuntura sanitaria.

Rebrote o salida suave: un mundo en incertidumbre

Todos en Chinandega esperan que los días de terror hayan quedado atrás, y tratan de convencerse a sí mismos de que la temida segunda ola quizás no llegue nunca, pero el médico Néstor Gómez, que no solo conoce al virus SARS-CoV-2, causante del COVID-19, porque lo ha visto en los rostros sufrientes de sus pacientes, sino porque él mismo lo tuvo alojado en su sistema respiratorio, no es tan optimista.

“El COVID-19 se ha mantenido. Algunos no hacen caso de protegerse y proteger a los demás para evitar que se siga propagando”, en especial los jóvenes, que se convierten en reservorios del virus, y lo esparcen por todas partes, incluyendo sus casas. Por eso, aunque ve “una disminución en el número de casos”, (llegó a atender 3 a 4 pacientes con COVID-19 al día en los peores momentos de la epidemia, aunque solo ha visto a dos en un mes) para él es evidente que “el rebrote está latente”.

Los negocios reabren en Chinandega asumiendo medidas de protección. Heydi Salazar. DIVERGENTES.

Lo peor es que, si la primera ola afectó primordialmente a personas mayores, esta podría afectar a los más tiernos; aquellos menores de edad cuyos sistemas inmunológicos están en desarrollo, por lo que aún no pueden defenderse de una invasión vírica. Conscientes de que un rebrote podría volver a poner a la ciudad de rodillas, los empresarios saben que solo pueden echar para adelante, escuchando a la ciencia.

Edwin Espinoza, de ‘Ay Voy’, está tratando de suplir la caída de su clientela local, atendiendo pedidos llegados desde el extranjero (España, Panamá y Estados Unidos, por ahora), para entregar en Chinandega. A la vez, cuenta que el uso de pagos electrónicos, a través de la plataforma SmartMoney, de Lafise Bancentro, mientras espera completar el nuevo giro de su negocio, a través de la App que él mismo diseñó.

Elisa Madriz Miranda, la copropietaria de Humeli Servicios y Diseño, lee tanto la historia como la información científica que se va generando en la medida en que se conoce más cómo actúa el SARS-CoV-2. Es por eso que puede decir que “a lo largo de la historia hemos visto cómo surgían las pestes, y aterrorizaban a la gente, hasta que surge una vacuna, o desarrollamos anticuerpos, o se resuelve de cualquier forma”.

“Ha habido muchas pestes, en épocas en que había menos avances médicos, pero la humanidad se aclimata y seguimos adelante. En este momento no siento que estemos a punto de sufrir una segunda ola, aunque tampoco puedo decir que la epidemia se haya acabado. Sí sé que la primera ola funcionó como escuela de cómo deberemos actuar si llega la segunda. Para mientras, yo leo, observo y me informo”, aseguró antes de volver a sus labores.

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