Costa Rica: Un doctor en el epicentro del exilio nica

El doctor Rommel Meléndez es una de las principales personificaciones del exilio nica en Costa Rica. Un profesional sobre calificado en el sector salud que no ha podido encontrar empleo en su ramo, y batalla contra la dura situación económica que dejó la pandemia en ese país. Pensaba retornar después de las elecciones de noviembre, pero eso ya no es posible.

El doctor Rommel Meléndez en su cuarto de habitación en la casa que alquila en San José, Costa Rica. Foto: Divergentes.

El doctor Rommel Meléndez acaba de mudarse a una casa más espaciosa y no lo hace por comodidad. La razón es que su exilio forzado en Costa Rica se alargó mucho más de lo pensado. Son ya tres años desde que salió de Nicaragua, huyendo de los paramilitares que lo buscaban en su natal pueblo de La Concepción, en el departamento de Masaya. Mudarse de aquel mínimo apartamento a esta vieja vivienda de madera —tan húmeda por la lluvia que casi a diario moja estos barrios periféricos de San José— ha sido un paso definitorio, motivado por el cierre electoral en Nicaragua, impuesto con represión y cárcel por el gobierno de Daniel Ortega y Rosario Murillo. 

El doctor Meléndez ha decidido abandonar la visión de campamento, de una estancia temporal, a aceptar un exilio de “largo plazo”. Es todo un proceso doloroso, un duelo y una realidad amarga que, inevitable, se impone… Por eso optó por la casa y por comprar algunos electrodomésticos usados, muy desgastados a decir verdad, en una “ganga” de 100 mil colones (161 dólares). La oferta incluyó una cocineta con su tanque, una refrigeradora y un televisor que data de la prehistoria de los modelos de pantalla plana, pero que el médico usualmente no usa, porque siempre está en su laptop puliendo su currículo o preparando las clases de enfermería, que le han permitido en Costa Rica seguir sintiéndose el profesional que es: máster en salud sexual y reproductiva, licenciado en farmacia y catedrático con más de tres décadas de experiencia en el sector público. 

Después de su intempestiva llegada a San José en 2018 a través de un naranjal, burlando las represalias paramilitares por la atención médica que brindó a los heridos que protestaban contra el régimen sandinista en La Concepción (ciudad mejor conocida como La Concha), el doctor Meléndez tuvo esperanzas de retornar pronto a Nicaragua. Un sentimiento que, a decir verdad, sentimos la mayoría de los más de 100 mil nicaragüenses que nos exiliamos forzosamente en Costa Rica entre 2018 y 2019. 

Un desarraigo de un tajo que, ingenuamente, pensamos era temporal… Miles de nicas —en especial a los radicados en la ruidosa capital tica— a quienes los días grisáceos de San José, lluviosos como un llanto recurrente y desmejorados por las noticias de la represión policial en Nicaragua, nos hizo ir posponiendo un retorno tan anhelado como escurridizo. A finales de 2019 hubo quienes regresamos a Nicaragua; hablo de periodistas y algunos activistas. En 2020 muchos más exiliados retornaron empujados por la pandemia de COVID-19, porque el virus abrumó más la situación económica de este país de acogida. Sin embargo, la mayoría de exiliados como el doctor Meléndez se quedaron, resistiendo, en busca de trabajos alternativos tras perder los empleos. 

Desempleo y pandemia

El doctor Meléndez actualiza su hoja de vida de manera constante, con la esperanza de encontrar trabajo en el campo de la salud en Costa Rica. Foto: Divergentes.

Luego de pasar casi cinco meses viviendo de sus ahorros y en casa de un familiar, durante el primer trimestre de 2019 el doctor Meléndez se mudó a un pequeño cuarto. Estaba frustrado porque no podía encontrar trabajo por dos motivos. El primero porque para laborar en los hospitales ticos como médico necesita homologar su título nicaragüense. Un trámite que en la actualidad no ha podido conseguir debido a la cantidad de requisitos que solicita el Colegio de Médicos y Cirujanos de Costa Rica, entre ellos sus calificaciones académicas y las cartas que constatan el servicio social y su internado. Documentos imposibles para un médico nicaragüense exiliado, considerado un enemigo por el gobierno Ortega-Murillo. 

“Yo mandé a traer mis notas a Nicaragua, pero la UNAN-Managua me dijo que los registros fueron quemados por quienes se tomaron el recinto en 2018”, dice el especialista. “Es falso porque los muchachos ni siquiera tocaron esa oficina. Es que a nosotros, los médicos que atendimos heridos en las protestas, nos borraron nuestros registros. Ni el MINSA (Ministerio de Salud) nos responde”, sostiene el doctor Meléndez. Lo que nos cuenta Meléndez recuerda métodos estalinistas. Así como Stalin borraba a sus compañeros considerados opositores de las fotografías, las autoridades de la Facultad de Medicina de la UNAN-Managua, y también la de León, borraron los registros de los médicos considerados “golpistas”. Varios doctores exiliados así lo denunciaron en su momento. El doctor Meléndez asegura que su monografía fue encontrada por casualidad por un colega “en un basurero” en la UNAN-Managua. 

“Como en Nicaragua saben que estamos acá (exiliados), nos niegan esos documentos. Entonces el Colegio de Médicos y la Universidad de Costa Rica nos notificaron que no podemos seguir con el trámite de homologación sin esos requisitos obligatorios”, afirma el doctor Meléndez. 

Resignarse también es parte del exilio. No solo resignarse a lo que dejamos en Nicaragua, sino a las posibilidades que podrían abrirse en el extranjero trabajando en tu profesión. Esto es significativo porque los exiliados que salieron a partir de 2018 son una población con mayores niveles de escolaridad, en contraste con el migrante económico que, por décadas, ha llegado a Costa Rica. 

“Son personas con altas calificaciones técnicas y profesionales y estudiantes se ven obligadas a desempeñar trabajos en niveles inferiores a sus capacidades y expectativas, como limpieza, construcción, seguridad privada, servicios domésticos”, determina un estudio de la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (FLACSO). 

Otro estudio de la Fundación Arias para el Progreso Social, cuya co-autora es la socióloga Elvira Cuadra, confirma el perfil de alto nivel académico de este grupo de exiliados. “El 33.5 % tiene nivel de universidad incompleta y el 25.3% tiene nivel profesional. Otro porcentaje importante es el de los estudiantes con niveles de secundaria completa e incompleta que agrupan al 28.7 %. Estos datos coinciden con los resultados encontrados en el estudio realizado en 2019”, recoge la publicación académica.

La casa vieja que el doctor Meléndez alquila en San José apenas y tenía un espacio para cocina, porque antes funcionaba como un estudio de baile. Foto: Divergentes.

En palabras del doctor Meléndez, “Daniel Ortega ha vuelto a desterrar a nicaragüenses, como lo hizo en los años ochenta”. “Pero la diferencia es que la mayoría de nosotros, los que ahora formamos parte de esta oleada de exiliados, somos profesionales, teníamos trabajos o éramos estudiantes”, sostiene el especialista, quien se desempeñaba como doctor en el centro de salud de La Concha y docente universitario, mientras daba consultas en su clínica privada. 

Imposibilitado de poder ejercer como médico en Costa Rica, el doctor Meléndez consiguió un trabajo en una firma encuestadora. “Comienzo a plantearme que necesito una manera de sobrevivir, estar más estable y poder mandar dinero a mi casa en Nicaragua, porque tengo esposa e hijos que tienen necesidades”, afirma el máster en salud sexual y reproductiva. Fue un tiempo de respiro. Así pudo dejar la casa del familiar y mudarse a un pequeño apartamento cuya renta compartía con otros exiliados nicas. 

Viajaba por Costa Rica haciendo encuestas, analizando datos, hasta que un día la estabilidad emocional y económica que le daba el trabajo fue desmantelada por la pandemia de Coronavirus. Quedó desempleado. La economía y el comercio tico fueron asfixiados por la pandemia. Tiempos de encierro y de ajustarse los cinturones. La única distracción que tenía el doctor Meléndez era dar consultas gratuitas por teléfono a los extranjeros exiliados. 

Cuando las restricciones fueron levantadas por el gobierno de Carlos Alvarado, el trabajo más rápido que encontró el doctor Meléndez fue de mesero en un restaurante. 

—¿Cómo ha sido ese proceso de adaptación, tomando en cuenta que usted es un especialista?— le pregunto. 

—Pues, sinceramente, es duro. Es un proceso que uno va asimilando poco a poco. Es decir, en Nicaragua yo tenía mi familia, mi casa propia, un vehículo propio, mis salarios… nada lujoso, pero cómodo. Sin embargo, siempre recuerdo lo que decía mi papá cuando de joven trabajaba en su finca: “el trabajo hace al hombre, crea a las personas. El trabajo no es una afrenta. Y en lo que uno trabaje no hay ningún problema”. 

El doctor Meléndez intercala el trabajo de mesero como maestro horario en el Instituto Técnico del Valle, donde da cursos de asistente de paciente y de farmacia. En junio pasado, al ver la escalada represiva del régimen Ortega-Murillo que cierra la salida electoral, el especialista se decidió a rentar la casa más grande. Siempre lo hace acompañado de otros tres exiliados, para compartir gastos, porque una de los martirios más fuertes de los nicas es el elevado precio de la vida en Costa Rica. Y el cambio no es por espacio, sino porque el doctor Meléndez tiene un plan: trasladar a su esposa y su hijo de seis años a vivir a San José próximamente. 

“Daniel Ortega no quiere abandonar el poder, mucho menos la Rosario, que es la que tiene más esperanza de mantenerse. Entonces estoy pensando en traer a la familia, porque ya son tres años que estamos distanciados. He estado recibiendo visitas de ellos, pero no es lo mismo tenerlos acá”, expresa. 

—¿Entonces ya renunció a Nicaragua, doctor?— le pregunto casi instintivamente.

—¡No, no, no… pienso que no estoy renunciando a Nicaragua, pero sí estoy aterrizando los pies sobre la tierra. No sabemos cuánto tiempo más puede el régimen estar en el poder. Yo necesito tal vez no rehacer mi vida, sino recomenzar nuevamente con mi hijo y mi esposa. Tenemos que darnos un chance. Tenía la esperanza centrada en el proceso electoral; que en noviembre iba a haber un cambio. Sin embargo, ya vimos el giro de 180 grados que hizo la dictadura al poner presos a todos los candidatos. Puso a los suyos en el Consejo Supremo Electoral, reformar la ley para que nada cambie, aprobó esas leyes absurdas, ha aumentado la represión y no va a dejar que la oposición retome el poder. 

(Las declaraciones del doctor Meléndez adquieren grado pitoniso mientras escribo este reportaje. Una semana después, a finales de julio, la Asamblea Nacional del régimen sandinista canceló la personería jurídica a 24 oenegés, en su mayoría asociaciones médicas, como represalia a las denuncias de los médicos sobre la negligencia y el manejo de la pandemia. A la postre, varios especialistas han sido amenazados por el MINSA con la ley de ciberdelitos y cancelarles sus licencias si siguen informando sobre el virus. En Nicaragua no hay lugar para médicos críticos. Es lo que tiene muy claro el doctor Meléndez). 

El doctor Meléndez tiene como fondo de pantalla de su computadora a su hijo menor. Foto: Divergentes.

—Yo creo que el 80% de los exiliados que estamos en Costa Rica queremos regresar a nuestro país— dice el doctor Meléndez en tono solemne. 

—¿Eso no es contradictorio si dice que está en modo exilio de largo plazo? 

—Te pongo mi ejemplo personal: yo tenía visa gringa cuando vine, mi hermano vive en Estados Unidos y tengo amigos en Canadá que me han dicho que me vaya de aquí. Y esa es la gran diferencia de los exiliados en Estados Unidos y Europa: ellos ya no quieren regresar…. Pero quienes nos hemos quedado aquí, en Costa Rica, es porque todavía tenemos fe que puede haber un cambio en Nicaragua y estamos a pocos kilómetros de distancia nada más. 

Al final, el doctor Meléndez no es distinto a los exiliados con dolor de patria. Han apaciguado ese sentimiento, pero siempre la esperanza del retorno queda latente. Pero indagando en sus razones personales, hay una motivación aún más grande para quedarse en Costa Rica y rentar una casa más espaciosa, tomando en cuenta la facilidad para legalizar un estatus de refugiado: su hijo de seis años. Cuando dejó al pequeño en Nicaragua, todavía era un niño que cabía en sus brazos. Es un desasosiego palpable cuando mira el salvapantalla de su laptop: el niño sopla una vuvuzela, ataviado con una bandera azul y blanco con un cintillo que reza: ‘¡Viva Nicaragua libre!’. “Estoy harto de verlo crecer a través de videollamada. Ya no quiero eso”, confiesa el médico.