De cómo El Salvador logró frenar (de momento) la extinción de sus tortugas marinas

En los bosques del país más densamente poblado de la plataforma continental americana hubo jaguares, guacamayas rojas y tapires, extintos ya. El destino de las cuatro especies de tortugas marinas que anidan en El Salvador no era muy esperanzador hace un cuarto de siglo, pero una apuesta inequívoca y bien financiada por los corrales de incubación –más de 1.3 millones de tortuguitas liberadas cada año en la última década– y la prohibición absoluta del consumo de huevos vigente desde 2009 han logrado, cuanto menos, ganar tiempo.

rikirraka
Roberto Valencia
San Salvador, El Salvador
@cguanacas

09 de julio de 2021

Antaño nacían más tortugas en esta playa salvadoreña.

Hoy nacen pocas, muy pocas, quizá ninguna. Cientos de hembras aún salen del mar y desovan en estas arenas de playa El Flor, pero los humanos se los desentierran y, con suerte, los llevan a un corral de incubación en algotra playa; sin suerte, los huevos terminan devorados con sal, chile, salsa negra y limón. Son más de cuatro kilómetros y la posibilidad de que alguna tortuga ponga sin que un tortuguero le robe su descendencia siempre está, pero es poco probable en esta playa salvadoreña.

—El Flor parece feria en temporada alta –dice Benjamín Martínez, 45 años, líder comunitario de Las Tablas, de acá cerca.

—Hasta 100 personas podés ver tortugueando cada noche –apuntala César Rodríguez, 28 años, quien reside en el extremo oriental de la playa.

El Flor es linda, poco intervenida. Se ubica en el cantón Miravalle del municipio de Sonsonate, en la mitad occidental de El Salvador, a unos 50 kilómetros de la frontera con Guatemala. Hay basura y plásticos y porquerías que el mar devuelve, pero sobre la mera línea no hay restaurantes ni hoteles ni comunidades, casi, y pocos ranchos.

Hoy es un viernes de mayo, y faltan semanas para que arranque la temporada alta de desove, pero las primeras docenas de huevos se pagan mejor en el mercado negro. Yo estoy acá porque me pegué a Mauricio Velásquez, 45 años, biólogo de Funzel (Fundación Zoológica de El Salvador), la oenegé salvadoreña que más se involucró en la conservación de la tortuga marina. Entre 2008 y 2020, Funzel ha gestionado corrales que permitieron liberar casi 6 millones de tortugas neonatas.

Mauricio Velásquez ha venido porque Benjamín, César y otros líderes locales quieren que El Flor tenga su propio corral, regulado, asesorado y legal. Quieren que las tortugas vuelvan a nacer en esta linda playa, como antaño.

En el extremo poniente de El Flor empieza playa Los Cóbanos, más turística, más intervenida. Otra oenegé mantiene allá un corral que compra huevos a los tortugueros y los incuba. Mauricio Velásquez les pregunta por qué los de El Flor no los venden allá y así ahorran sinsabores con la Policía. Comercializar huevos de tortuga está prohibido en El Salvador desde el año 2009.

—Es por la delincuencia –dice Benjamín–; nosotros tenemos prohibido ir a Los Cóbanos, porque allá está la otra... 

Playa Los Cóbanos es territorio controlado por la pandilla Barrio 18-Sureños, y en playa El Flor controla la Mara Salvatrucha-13. Esta no iba a ser –ni será– una crónica sobre maras o sobre las fronteras invisibles que estos grupos criminales establecen. Se hablará sobre la conservación, sobre soluciones. Pero amerita explicitarse que esto es El Salvador, y que el fenómeno de las maras emerge incluso cuando uno está reporteando sobre tortugas marinas.

FOTO Ubicada en el cantón Miravalle de Sonsonate, playa El Flor nunca ha tenido un corral de incubación, por lo que buena parte de los huevos de las tortugas que la eligen para anidar se van al mercado negro. Foto: Roberto Valencia.

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Funcionó. Hay sombras y peros, pero, en términos generales, funcionó. 

Financiada mayormente con dineros estadounidenses, la apuesta firme que El Salvador hizo a finales de la década del 2000 por los corrales de incubación de huevos –como punta de lanza de una estrategia integral de conservación– funcionó. 

Biólogos experimentados y de muy distinto signo, el gobierno y líderes comunitarios coinciden en señalar que se acertó en la idea de pagar a los tortugueros por las docenas de huevos que, sin ese incentivo económico, se habrían seguido yendo en su inmensa mayoría al mercado negro. Hay mucho pero que se desarrollará en este relato, pero en lo esencial se acertó.

Lo dice el biólogo Enrique Barraza, 56 años, uno de los salvadoreños que más años le ha dedicado al estudio de las tortugas: “Hoy tuviéramos menos tortugas arribando al país a poner huevos de no ser por los corrales, sin duda”.

Lo dice Doris Ascencio, 47 años, nacida y criada junto al mar, tortuguera y presidenta de la asociación que trabaja por la conservación en una playa llamada San Blas: “Hace unos años, cuando nos bañábamos, las medusas lo pasaban quemando a uno, y la gente salía seguido del mar diciendo: ‘¡Ay, me picó una!’; ahora es raro que se quejen de las medusas”. Las medusas son parte esencial de la dieta de las tortugas.

Lo dice Miguel Gallardo, 43 años, director general de Ecosistemas y Biodiversidad en el Ministerio de Medio Ambiente (MARN): “En el caso de la tortuga golfina, que es la que más anida en El Salvador, incluso tenemos aumento en las poblaciones”.

Tan solo en la década transcurrida entre el 1 de enero de 2010 y el 31 de diciembre de 2019, según datos consolidados por el MARN, los entre 25 y 40 corrales de incubación que operaron cada año en el litoral compraron a los tortugueros 15.4 millones de huevos, de los que nacieron –y fueron liberadas– más de 13.3 millones de crías de tortuga.

“Se ha hecho un buen trabajo con las tortugas y, además, se ha logrado que el salvadoreño común y corriente esté un poco más concientizado con la conservación de estos animales”, dice Mauricio Vásquez Jandres, 57 años, biólogo de la Universidad de El Salvador, otro de los referentes nacionales cuando hablamos de tortugas.

FOTO Una cría de baule es liberada en una playa salvadoreña. De las cuatro especies que anidan en el país, la baule –que supera con frecuencia los dos metros de largo– es la más amenazada. Foto: Francisco Campos.

Vásquez Jandres conoce al dedillo los esfuerzos que desde hace medio siglo se han realizado en El Salvador para conservar las tortugas que anidan en sus playas. Los ha protagonizado como biólogo o documentado como académico. Podría hablarse de tres fases claramente diferenciadas.

La primera abarcaría desde los setenta hasta el punto de inflexión simbólico que supuso la gran mortandad de tortugas del año 2006. Fueron los años de la guerra civil primero y de la posguerra después, tres décadas con esfuerzos conservacionistas dispersos, bisoños y de alcance limitado, desarrollados en el marco de una depredación fuerte y una institucionalidad débil.

“El tata de todos los tortugólogos salvadoreños es Carlos Roberto Hasbún”, dice Vásquez Jandres. Tortugólogos, dice.

Vásquez Jandres y los demás expertos entrevistados citan como génesis los esfuerzos realizados desde mediados de los setenta en el cantón Barra de Santiago, municipio de Jujutla, en el occidente del país. Un sector alejado de los escenarios más activos de la guerra civil. 

Son los años del ensayo y error, con un impacto muy limitado. Está documentada en Barra de Santiago la incubación de 6,000 huevos en una temporada. La cifra puede resultar sonora a oídos del que poco sabe, pero representa menos del 0.3 % de los 2.2 millones de huevos que El Salvador logró cultivar en 2010, el año récord durante la fase de vacas gordas, como se explicará más adelante.

Fuera del mar, la depredación total de los nidos era el principal problema en aquellas décadas. “Quisimos implementar –recuerda Vásquez Jandres– mecanismos para concientizar a los pobladores: autovedas, noches en las que se pedía a los tortugueros que no salieran... todo por hacer un poco de conciencia, pero ¡paja! La gente siempre salía”.

Los setenta, ochenta, noventa y el arranque del nuevo milenio fueron los años en los que se instalaron los primeros corrales de incubación, con más entusiasmo que recursos y experticia. También fueron los años en los que se detectó y se documentó la gravedad de la situación: si no se actuaba con contundencia, una, dos, tres o las cuatro especies de tortugas marinas que anidaban en El Salvador (carey, golfina, prieta y baule, ordenadas de menor a mayor tamaño) iban en ruta directa a la extinción.

No es hipérbole. El Salvador era y sigue siendo el país más densamente poblado y deforestado de la plataforma continental que llamamos América; una sociedad que ejerce una presión brutal sobre sus recursos naturales; un territorio que a lo largo del siglo XX vivió la extinción del tapir, del puma, de la guacamaya roja, del jaguar…

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Según la Real Academia Española, la mentada RAE, la palabra tortuga no tiene familia léxica. En el anquilosado diccionario regio no existe el tortugón, que es como llaman a la tortuga prieta en el occidente del país; tampoco existen los tortuguistas (expertos en tortugas) ni los tortugólogos (ídem), ni siquiera los tortugueros, palabras todas escuchadas docenas de veces durante esta investigación. Por no existir, para la RAE ni el verbo tortuguear existe.

A Dora Ascencio, tortuguera y líder de una asociación que aglutina a 23 tortugueros de una playa llamada San Blas, le vale lo que la RAE diga o deje de decir. Ella sabe lo que es tortuguear y se arranca gustosa a explicarlo: “La hora buena para salir a tortuguear es a partir de las 6 de la tarde, cuando se está escondiendo el sol; entonces…”

La jornada dura hasta que el tortuguero le pone fin, que puede ser al amanecer. Se tortuguea, por lo general, solo o en grupos reducidos. El tortuguero diligente carga una bolsa plástica transparente (“bolsa de arroba la llamamos nosotros”, dice Dora Ascencio), su botella con agua, ropas oscuras, la capa por si se viene una tormenta, una cinta para medir el carapacho, algo para anotar, y, por supuesto, la linterna.

Tortuguear consiste en caminar playa arriba, playa abajo, hasta que se halla a la tortuga o su rastro en la arena.

“Si el tortuguero la ve salir del mar, no tiene que alumbrarla mucho –dice Dora Ascencio–; hay que dejarla que salga, que suba a la playa, y seguirla, pero por detrás, no delante; porque si el tortuguero se le corre enfrente, la tortuga se enoja y se le va”.

En principio, la tortuga –inocente animal– no le huye al ser humano. Si el tortuguero es experimentado, la acompañará en todo el proceso de desove, que requiere de cavar primero un hoyo en la arena con las aletas. Si es experimentado y paciente.

“Si el animal se queda en una poza, algunos tortugueros la cargan en brazos hasta la arena”, dice César, tortuguero en El Flor, playa con tramos rocosos.

La tortuga golfina pone entre cuatro y diez docenas de huevos, dependiendo de la edad, el tamaño o de si ya ha puesto antes esa misma temporada. Desenterrar de un solo seis o siete docenas es una buena cosecha, inferí de lo conversado con tanto tortuguero.

Esos huevos son los que, con suerte, terminarán esa misma noche en un corral de incubación; y sin suerte, en el estómago de algún depredador.

En esencia, eso es tortuguear, aunque a saber qué nombre darían los académicos de la RAE a todo esto.

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“Era bestial el número de barcos”, dice el biólogo Vásquez Jandres, “y acordate de que aquí se pescaba 365 días al año; sin veda, sin zonas, sin nada”.

Para 2005, docenas –quizá cientos– de tortugas morían cada año en redes y aparejos de pesca, o golpeadas por barcos y barcas, o reventadas por la pesca con explosivos, o torturadas-mutiladas-asesinadas en tierra por pura maldad humana. Era habitual que amanecieran en las playas tortugas abiertas en canal para extraerle los huevos; aún hoy pasa.

Y para la sociedad salvadoreña –excluido de la generalización el reducido grupo de visionarios–, la suerte de las tortugas era algo tan trascendente como el campeonato mundial de esquí alpino.

Escribo esto con pena. Yo entonces era el editor del área social (educación, salud, medio ambiente…) de La Prensa Gráfica, uno de los diarios de referencia, y el espacio que dábamos a las golfinas y las baules –y a la vida silvestre en general– era anecdótico, casi nulo.

Pero a finales de 2005 e inicios de 2006, la mortandad de tortugas se sobregiró. Una inusualmente elevada aparición de cadáveres en playas esta vez sí se coló en la agenda nacional, con fuerza además. Durante meses, desde los principales medios de comunicación informamos de las tortugas que casi a diario aparecían muertas en las playas, sin que se supiera la razón, lo que alimentó la intriga.

Tras meses de incertidumbre con cadáveres de tortugas en las portadas de los diarios y en los noticieros de televisión, los investigadores concluyeron que la responsable principal de la mortandad había sido la marea roja.

“Fue un evento de floración algal nociva; las tortugas ingerían medusas que tenían la toxina, y la toxina generaba una parálisis que les impedía nadar y las desorientaba”, dice el biólogo Enrique Barraza, quien entonces trabajaba en el MARN y vivió de lleno aquella crisis.

Las muertes por marea roja vinieron a sumarse a las muertes que los humanos generaban cada año. “Los barcos camaroneros siempre habían sido uno de los principales elementos de disminución de las tortugas, pero se salvaron circunstancialmente por ese evento de marea roja”, dice Vásquez Jandres.

Al margen de los matices, la amplia cobertura mediática de aquella mortandad de 2006 despertó entre los salvadoreños una incipiente sensibilidad por las tortugas y su destino. Eso facilitó todo lo demás.

“El problema de 2006 dejó como un sinsabor en el país”, dice el biólogo Barraza.

“La más afectada fue la prieta”, dice Miguel Gallardo, del MARN. La que en El Salvador se conoce como tortuga prieta es la tortuga verde en otras latitudes, la Chelonia mydas, la que ayuda a Marlin, el papá de Nemo, en su viaje liberador a Sídney.

FOTO Playa El Cuco, en San Miguel, acogió en 2010 y 2011 un corral de incubación, que dejó de funcionar cuando se acabaron los fondos de USAID. Tras cuatro años de pausa, otra oenegé llamada ADEL La Unión retomó en 2016 la idea y montó su propio corral, ahora con apoyo de FIAES. Foto: Roberto Valencia.

Algo cambió para siempre en 2006. No fue casualidad que el MARN comenzara ese año a monitorear y supervisar todos los esfuerzos de conservación. El ministerio empezó a registrar el número de corrales, los huevos que se incuban en cada proyecto y las tortugas que se liberan. Poco más de 116,000 crías nacieron en 2006 en 14 playas de cuatro departamentos: Usulután, Ahuachapán, La Libertad y La Unión.

Los 14 proyectos de 2006 pasaron a ser 40 en 2010, repartidos en arenas de los ocho departamentos costeros que tiene El Salvador. Y lo más importante, el número de huevos comprados a los tortugueros se multiplicó en ese lustro por 15; y las liberaciones, por 16.

Esas casi 2 millones de tortuguitas en una única temporada son un indicador rotundo de que algo se movió –para bien– en aquellos años. Resultó, además, un esfuerzo integral: la academia se involucró más, las oenegés se volcaron, las comunidades fueron capacitadas para el manejo de corrales, se aprobaron leyes más severas contra la depredación, hubo apoyo institucional y de la empresa privada, campañas de sensibilización… Un combo que pudo financiarse gracias a la cooperación internacional, con una institución como sostén primario: USAID, la Agencia de Estados Unidos para el Desarrollo Internacional.

“Es innegable el impacto que USAID tuvo, porque brindaron el recurso para la masificación de viveros”, dice Miguel Gallardo.

“Hubo billetón de por medio para la compra de huevos en esa época de vacas gordas, que duró unos cinco años”, dice el biólogo Vásquez Jandres.

La oenegé que más se involucró fue la referida Funzel, que en el año récord de 2010 supervisó más del 80 % del total de crías liberadas. Fue en esa época cuando se incorporó al equipo el biólogo Mauricio Velásquez, que un viernes de mayo de 2021 visitó la linda playa El Flor, la delimitada al poniente por una de las fronteras invisibles que imponen las maras.

Durante la época de vacas gordas, hubo proyectos en los que los tortugueros recibían hasta $3.25 por la catorcena (los corrales, por lo general, piden dos extra por cada docena comprada), un precio más que competitivo respecto a lo que el tortuguero recibe del mercado negro, e incluso en cualquier otra labor del campo. El salario mínimo en el sector agropecuario rondaba los 100 dólares mensuales en 2010.

2009, 2010, 2011, 2012… Todo iba sobre ruedas, hasta que USAID comenzó a cerrar el chorro, lo que impactó de manera directa. Varios proyectos cerraron. “El problema es cuando todo depende de un financiamiento; lo ideal sería que todas las playas pudieran ser financiadas, pero tendría que ser un financista con demasiado dinero”, dice Mauricio Velásquez.

Para mediados de la década de 2010, el número de corrales bajó de forma alarmante. En 2015 el MARN registró 27, contra los 40 de 2010 y de 2012.

“Algunos proyectos cerraron por tema de plata, como todo en la vida”, agrega Mauricio Velásquez, “pero otros siguen activos y caminando poco a poco hacia una sostenibilidad”.

Con USAID fuera de la ecuación, la fase que podríamos llamar de las vacas gordas dio paso a otra de estrecheces económicas, pero fue la que a la postre terminaría revelando el grado de compromiso de la sociedad salvadoreña con sus tortugas marinas.

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El 4 de febrero de 2009 el Diario Oficial publicó el decreto ejecutivo que más ha influido en la suerte de las tortugas que anidan en El Salvador: “Se acuerda una veda total y permanente al aprovechamiento de huevos, carne, grasa, aceite, sangre, huesos, especímenes disecados, caparazones, fragmentos y productos elaborados de caparazones de todas las especies de tortugas marinas”. 

Veda total y permanente. 

En cuestión de semanas, zamparse media docena de huevos entre Pílsener y Pílsener se convirtió en algo ilegal. Tortugueros, restauranteros, devoradores y demás involucrados pasaron a estar expuestos a multas de hasta cien salarios mínimos (una fortuna para los eslabones más débiles de la cadena depredadora) y a penas de hasta cinco años de cárcel.

Comprar huevos devino delictivo, como comprar cocaína. 

No hay experto entrevistado para esta investigación que no subraye la trascendencia que esta herramienta jurídica tuvo en la conservación de las tortugas en una sociedad con déficits en educación ambiental, como lo es la salvadoreña. Pero ilegalizar algo no significa que ese algo desaparezca.

Transcurrida más de una década de prohibición, los huevos no están en los menús de los restaurantes ni te los ofrecen embolsados en un semáforo, como antes, pero para las personas que gozan devorando su docenita, conseguirla tampoco es una odisea.

“El consumo se ha reducido y eso es importantísimo”, subraya el biólogo Barraza, “pero el mercado negro aún está”.

Pedí a un buen amigo que se mueve como pez en el agua entre comedores y chupaderos del centro histórico de San Salvador –sesentón él– que averiguara si podía conseguir huevos. Al par de días me citó en un comedor de dos dólares por almuerzo, uno en los alrededores del parque Centenario, atendido por una conocida suya, y ahí me tenían una docena por siete dólares, con arena playera y todo los huevos, frescos. Me sorprendió la facilidad, sobre todo teniendo en cuenta que ni siquiera era temporada alta.

“El mercado negro no desaparecerá mientras los tortugueros no tengan otro medio de vida, o mientras los consumidores no tengan conciencia; cualquiera de las dos cosas”, admite Miguel Gallardo, del MARN.

“Como yo lo veo –dice el biólogo Mauricio Velásquez–, podría decir que una cantidad igual a la que nosotros incubamos en proyectos de conservación se va al mercado negro”. 

Vaso medio lleno o medio vacío. Pocas veces un lugar común resultará tan funcional.

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Los dineros de USAID lubricaron por un lustro la estrategia de conservación de la tortuga marina en El Salvador: los corrales, las capacitaciones, los viajes, las campañas publicitarias, las investigaciones, el decreto de veda, los salarios de buena parte de los involucrados… Cerrado ese chorro, que todo se viniera abajo como castillo de naipes era una posibilidad real.

Dice el biólogo Mauricio Velásquez, desde su experiencia: “La clave está en la organización; los tortugueros que vieron los corrales sólo como un lugar en el que le pagaban por los huevos, sin involucrarse más, esos proyectos terminaron cuando el financiamiento acabó”.

Hubo proyectos de incubación en comunidades costeras que se desmantelaron apenas dejaron de fluir los dineros de USAID, por supuesto, pero hubo aún más proyectos que se rebuscaron para poder seguir liberando tortugas al mar.

Un ejemplo es Acotomsab, la Asociación para la Conservación de las Tortugas Marinas en playa San Blas. Esta playa está en el municipio y departamento de La Libertad, a apenas 30 kilómetros de San Salvador. Es una playa turística, muy intervenida, integrada de hecho en ‘SurfCity’, uno de las apuestas del gobierno actual para promover internacionalmente el país.

Nacida en 1974 en un cantón aledaño a San Blas llamado El Majahual, Dora Ascencio es la presidenta de Acotomsab, que en la actualidad reúne a 17 tortugueros y seis tortugueras. La asociación se creó en 2007, en la estela de la mortandad de 2006. “Llegaban a la playa muertas o a punto de morir y sí, al principio todos creímos que eran los barcos camaroneros”, dice.

Improvisaron un corral a pura iniciativa propia. Aún faltaban dos años para el decreto de veda total y permanente. Dora Ascencio: “Un grupo de tortugueros vimos que si seguíamos vendiendo todos los huevos que agarrábamos, nos íbamos a acabar a las tortugas”. 

En 2007 implementaron el primer corral, rudimentario, con los huevos donados –a cambio de nada– por los tortugueros fundadores. Lograron luego el apoyo económico de un ciudadano que se enamoró de la causa, vecino de una exclusiva residencial ubicada en las inmediaciones de San Blas; y más luego, el apoyo de Funzel, que ayudó a canalizar fondos de USAID.

Pero lo verdaderamente relevante es lo que sucedió terminada la fase de las vacas gordas. Lejos de rendirse, Acotomsab se rebuscó para mantener sí o sí el corral. Y costó –sigue costando, de hecho–, pero se logró, incluso con una pandemia de por medio.

Pese a que desde el año 2009 hay un decreto que prohíbe la venta y el consumo de huevos de tortuga, con penas incluso de cárcel para quien lo haga, aún existe un vigoroso mercado negro. Por 7 dólares puede conseguirse una docena en comedores del centro de San Salvador. Fotos: Roberto Valencia y Francisco Campos

Que San Blas sea una playa tan turística tiene sus inconvenientes, pero ayuda a generar ingresos: abrieron un pequeño museo interpretativo, empezaron a vender camisetas y artículos promocionales, consiguieron el apoyo puntual de empresas y –sobre todo– le apostaron a la liberación de tortugas como aliciente, cobrando cinco dólares a los turistas –con énfasis en la niñez– por vivir la experiencia de liberar con sus propias manos las crías nacidas en el corral.

Hoy, Acotomsab aún está lejos de ser una asociación autosostenible, pero sigue viva, activa, para bien de las tortugas. Incluso en 2020, el año marcado a fuego por la pandemia de covid-19, lograron liberar 19,500 tortuguitas, dice Dora Ascencio. En la temporada 2021 pagarán $2.50 por la catorcena de huevos a los tortugueros locales, para que esos huevos no terminen regados con limón y sal y chile. 

Lo ocurrido en playa San Blas no es un caso excepcional seleccionado con malicia activista, para que esta crónica tenga un final esperanzador. No. La previsible debacle en los proyectos de incubación tras el retiro de USAID no ocurrió, y eso amerita ser destacado. En 2015 las tortugas liberadas bajaron del millón, pero en los años siguientes volvieron a aumentar con fuerza; en 2017 fueron liberadas 1.6 millones de tortuguitas en 38 playas de los ocho departamentos costeros.

Ni la carey ni la prieta ni la baule tienen garantizado que dentro de 20, 50 o 100 años sigan arribando a las playas salvadoreñas; ni siquiera la golfina, especie a la que pertenece el 96 % de los huevos incubados entre 2006 y 2019, según el monitoreo del MARN. “La golfina es la gallina del mar”, dice el biólogo Vásquez Jandres.

Los dineros de USAID fueron el revulsivo imprescindible pero, cuando desaparecieron, la preocupación por las tortugas permaneció. Otra sigla, el FIAES (Fondo de Inversión Ambiental de El Salvador) emergió como mecenas de corrales, y también se acentuó el involucramiento de la gran empresa (bancos, sobre todo) y del propio Estado. Hoy, a la sociedad salvadoreña la suerte de sus tortugas marinas le importa más que el campeonato mundial de esquí alpino.

Sigue habiendo devoradores de huevos, pero cada vez más se avergüenzan de esa condición. Conozco a varios y les pregunté si querían aparecer identificados con nombre y apellidos, y respondieron que no. Es una buena señal.

“Para alguien que ha comido huevos toda su vida y ahora tiene 40 o 50 años, casi que debe tener una epifanía para dejar de hacerlo, y lo más útil en esos casos es que sean sus propios hijos los que le reclamen”, dice Miguel Gallardo, la voz del MARN. “Si le dicen: papá, comer huevos de tortuga es malo, al papá le dará vergüenza; no a todos, pero sí a muchos”, subraya.

La conciencia creciente en El Salvador de que las tortugas marinas son importantes, de que no devorar sus huevos es importante. Ese es, quizá, el mayor éxito, mucho más que las cifras de liberaciones que invitan al optimismo y que las experiencias reseñables en playas concretas.

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FOTO De oscuro y al centro, el biólogo Mauricio Velásquez, de Funzel, se reúne en la playa El Flor, en el municipio de Sonsonate, con tres líderes comunitarios que quieren que El Flor albergue un corral de incubación. Foto Roberto Valencia.

De regreso a El Flor, la playa en la que están tratando de convencer al biólogo Mauricio Velásquez de que los tortugueros locales serían capaces de prosperar su propio corral de incubación. Que bastaría con un empujon$ito inicial. 

—Por la misma delincuencia, hay tortugueros que venden los huevos por fuera –insiste Benjamín, el más entusiasta, el que promovió este encuentro–; prefieren arriesgarse antes que ir a Los Cóbanos.

Las maras y su impacto brutal en el día a día de este país. Pero lo dicho: consignarlo nomás, esta es una crónica sobre tortugas marinas, no sobre mareros costeros.

Mauricio Velásquez se irá de El Flor satisfecho con el encuentro. La playa es linda, prometedora. Benjamín y César le han garantizado que en sus cuatro kilómetros anidan golfinas mayormente, pero también algunas careys y prietas, y dosquetrés baules, una variedad cada vez más inusual en las playas salvadoreñas. Hay potencial.

—Me ha gustado la visita –me dirá de regreso a San Salvador–, sobre todo por la gente. Hay otras comunidades donde, de entrada, uno ya siente que sólo son problemas y pleitos, pero aquí no.

Para poner en marcha un nuevo corral se necesitan unos 50,000 dólares, que garanticen la infraestructura, el pago a las personas que lo cuidarán día y noche mientras permanezca activo, y los dineros para comprar los huevos a los tortugueros. 

La temporada alta de anidación está a la vuelta de la esquina, y Mauricio Velásquez juzga casi imposible un corral para este año, pero sí para el próximo. Si el proyecto cuajara, volverían a nacer tortugas en esta playa salvadoreña llamada El Flor; miles, como antaño.


Este artículo hace parte de la serie de publicaciones resultado del Programa de Becas de Periodismo de Soluciones, ejecutado con el apoyo de la Fundación Gabo. Esta crónica contó con la asesoría del periodista Fabrice Le Lous.

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