La institucionalidad democrática no es un concepto abstracto ni un lujo teórico: es la base sobre la cual se construye la legitimidad de un Estado. Su origen está en el voto libre, secreto e individual de los ciudadanos, que otorga a los representantes la autoridad para ejercer el poder. Incluso quienes acceden a cargos por vías indirectas deben remitirse a ese principio fundamental: la soberanía popular. Sin este origen, lo que queda es una institucionalidad vacía, capaz de sostenerse en normas y estructuras, pero carente de legitimidad.
En Nicaragua, bajo el régimen Ortega-Murillo, se ha consolidado una institucionalidad no democrática. Primero se impuso la fuerza de las armas, luego se aprobaron leyes ordinarias y finalmente se reformó la Constitución para consolidar un modelo autoritario.
Desde las elecciones de 2011, el país carece de procesos electorales libres y competitivos, lo que rompe con el principio de soberanía popular.
El resultado es un sistema que aparenta legalidad, pero que en realidad responde a la voluntad de una familia y no a la de la ciudadanía. La administración pública, el sistema judicial y el legislativo carecen de independencia y funcionan como engranajes de un poder concentrado. Organismos internacionales como la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) y Human Rights Watch han documentado esta falta de separación de poderes y la represión sistemática contra la oposición.
El impacto internacional: la resolución del USTR
Las consecuencias de esta deriva autoritaria ya trascienden lo político. La investigación del United States Trade Representative (USTR) bajo el Capítulo 301 de la Ley de Comercio de 1974 apunta al corazón del problema: mientras las decisiones en Nicaragua continúen beneficiando a los cercanos al régimen y excluyendo a competidores legítimos, se generan ventajas artificiales que distorsionan el comercio con Estados Unidos.
El informe del USTR concluye que la falta de institucionalidad democrática en Nicaragua crea un entorno de competencia desleal. Empresas vinculadas al régimen reciben beneficios, contratos y facilidades que no están disponibles para el resto de los actores económicos. Esto no solo afecta a los empresarios nicaragüenses independientes, sino también a las compañías estadounidenses que buscan competir en igualdad de condiciones.
Las consecuencias prácticas de esta resolución son significativas. Estados Unidos puede imponer medidas arancelarias sobre productos nicaragüenses, suspender beneficios comerciales o incluso restringir el acceso de ciertos rubros al mercado norteamericano. Dado que más del 40% de las exportaciones de Nicaragua tienen como destino EE. UU. —y que esta cifra se duplica si se excluyen las ventas intrarregionales a Centroamérica—, el impacto económico sería inmediato y profundo. Sectores como el textil, el agroindustrial y el de manufactura ligera, que dependen en gran medida del acceso preferencial al mercado estadounidense, serían los más afectados.
El dilema económico y político
La institucionalidad autoritaria de Ortega, que sirvió para consolidar poder interno, ahora pone en riesgo la principal relación comercial del país. Las alternativas, como China o Rusia, no ofrecen soluciones inmediatas: readecuar la matriz productiva para esos mercados tomaría años y enormes costos de transición. Además, esos países no ofrecen las mismas condiciones de acceso ni la cercanía logística que brinda Estados Unidos.
Esto coloca a los sectores económicos en una encrucijada. Mantener el status quo puede significar la pérdida de su principal socio comercial y la erosión de la estabilidad económica. En cambio, impulsar un retorno a la institucionalidad democrática abriría la puerta a recuperar la confianza internacional, garantizar reglas claras de competencia y preservar los beneficios del comercio con el mayor mercado del mundo.
Conclusión
La lección es clara: no hay desarrollo sostenible sin institucionalidad democrática. La resolución del USTR no es un gesto político aislado, sino una advertencia estructural. Mientras Nicaragua no restablezca el vínculo entre poder político y soberanía popular, el país seguirá enfrentando sanciones, aislamiento y pérdida de oportunidades.
Ha llegado el momento de que los sectores económicos y políticos que hoy toleran al régimen en nombre de la estabilidad reconozcan que esa estabilidad es frágil y efímera. El futuro inmediato depende de una decisión: persistir en un modelo que aísla al país de su principal socio comercial o abrir el camino hacia un Estado de derecho que devuelva legitimidad, confianza y futuro a Nicaragua.
ESCRIBE
Eliseo Núñez
Abogado con más de 20 años de carrera, participa en política desde hace 34 años sosteniendo valores ideológicos liberales.