Troya
La ciudad de Troya no cayó ante los soldados griegos por asalto sino por un regalo. Después de diez años de sitio inútil, los griegos entendieron que las murallas no iban a ceder ante los golpes: había que hacerlas abrir desde dentro, voluntariamente. Para eso construyeron un caballo inmenso de madera, lo dejaron a las puertas de la ciudad como ofrenda a la diosa Atenea, y simularon retirarse. Ulises, el de la idea, sabía que, bajo la Ley de Zeus, cuestionar ese regalo era falta de respeto y devoción. Los soldados troyanos lo introdujeron dentro de los muros con sus propias manos. Esa noche, cuando la ciudad dormía, los soldados griegos escondidos en su interior abrieron las puertas. Troya fue destruida por aquello que ella misma había aceptado como una bendición. Más aún, fue destruida con el odio acumulado por los diez años previos de sitio… No quedó títere con cabeza.
Esa vieja historia de Homero re-interpretada por Christopher Nolan en la reciente lanzada “La Odisea” es una pista para entender lo que ocurre hoy con la palabra “democracia”. A lo largo y ancho del mundo, Centroamérica no es la excepción, las nuevas derechas no asaltan las instituciones sino que las implosionan envueltas en el lenguaje más sagrado del que disponen: el lenguaje democrático. Es la estrategia de Ulises: cuando los muros no ceden, se ofrece un regalo.
Las murallas que no pudieron caer por asalto
La democracia liberal no fue diseñada para que una mayoría circunstancial pudiera arrasar con todo. Precisamente porque las sociedades son plurales y cambiantes, la democracia moderna construyó mecanismos para distribuir, limitar y controlar el poder: pesos y contrapesos, congreso, tribunales, órganos autónomos, prensa crítica, universidades, sociedad civil. Nada de esto son adornos sino esenciales al sistema democrático. Tampoco es perfecto pero… admite la disidencia.
Hay allí además una distinción que el discurso autoritario se obstina en borrar. Hay políticas de gobierno —que se redefinen cada cuatro o cinco años— y hay políticas de Estado —educar, cuidar, sanar, proteger— que atraviesan varios períodos y le dan estabilidad a compromisos que la necesitan. Reducir todo a políticas de gobierno es gobernar como si cada elección fuera una refundación. Troya tenía muros que ningún ejército había podido derribar en una década; la democracia costarricense también tiene los suyos. Y, como en Troya, el peligro no viene del ejército que está fuera, sino del caballo que ya está dentro.
El caballo como ofrenda: la “democracia” bajo la ley de Zeus
El caballo de madera no funcionó porque era enorme; funcionó porque estaba presentado como ofrenda. La Ley de Zeus lo volvía intocable: rechazar o cuestionar el caballo era cuestionar a los dioses. Hoy la palabra democracia juega un papel análogo. Cuestionar a quien se presenta como “democráticamente electo” se interpreta como cuestionar a la democracia misma. El adjetivo blinda al portador y descalifica de antemano a quien señala que haber sido democráticamente electo no hace, por definición, que las prácticas políticas de dicho gobierno sean necesariamente democráticas…
En su artículo en Divergentes, Jesús Guzmán describe esa idea con precisión: el “autoritarismo refundacional”. El liderazgo se presenta como encarnación directa del “verdadero pueblo”, mientras las instituciones existentes son retratadas como obstáculos corruptos, obsoletos o ilegítimos frente al mandato popular. La promesa es seductora: refundar la República, barrer con las élites, destrabar el Estado. Desde hace años el investigador Cas Mudde lo ha llamado populismo: una ideología que divide la sociedad entre pueblo puro y élite corrupta. Esa división no es solo descripción; es operación política. Permite que el líder se erija en único intérprete legítimo del pueblo.
Cuando Troya abre sus muros
Lo más eficaz del caballo no fue el engaño de los griegos sino la decisión de los troyanos de meterlo dentro de su ciudad. La trampa solo funciona con la cooperación de las víctimas. Las derechas refundacionales no toman el poder por la fuerza; lo ganan en elecciones bajo las reglas que ellas mismas enseguida se proponen desmantelar, como la independencia de los poderes judiciales o las capacidades técnicas de los tribunales electorales.
La legalidad del procedimiento no garantiza la legitimidad del proyecto. Ganar una elección no equivale a obtener un cheque en blanco. El caballo entra porque una parte del padrón lo empuja dentro; lo que sale de noche afecta a toda la población. También a quienes lo hicieron entrar.
Casandra y las advertencias

Aunque en la removedora película de Nolan no aparecen, en la mitología troyana hubo voces que advirtieron del peligro. Casandra profetizó la ruina y fue descalificada; Troya no le hizo caso. La estructura del relato es familiar a lo que nos ocurre hoy: toda crítica se patologiza y se descarta. No se responde con argumentos, sino con la descalificación de quienes la formulan.
La diferencia entre democracia y autoritarismo no está en que existan adversarios políticos, sino en qué hace con su existencia. ¿Se cancelan? ¿Se reconocen? ¿Se validan o invalidan? La democracia plural acepta proyectos contrapuestos y negocia entre ellos. El autoritarismo refundacional transforma al adversario en enemigo del pueblo, lo criminaliza y con frecuencia lo encierra y/o expulsa. Toda crítica se vuelve sabotaje; toda diferencia se vuelve enemistad; toda institución autónoma, obstáculo. Los pesos y contrapesos dejan de ser garantías y pasan a verse como molestias. Casandra deja de ser escuchada, no porque se haya equivocado, sino porque el rito del caballo ya la ha descalificado.
Cuando cae la noche
El caballo ya está dentro y llega el momento más peligroso, porque es cuando parece que no pasa nada. Todo está tranquilo. La ciudad celebra. Los soldados dentro del caballo esperan. De pronto, las puertas de la ciudad se abren desde adentro.
Lo que sale de noche tiene nombre: concentración de poder; captura del Estado; conversión de cualquier contrapeso en traición a la voluntad popular. El problema del autoritarismo refundacional no es solo jurídico o institucional: es cultural. Cambia la manera en que entendemos la democracia: poco a poco, se sustituye la ciudadanía plural por la idea de un pueblo homogéneo cuya voluntad sería interpretada exclusivamente por un liderazgo fuerte. El caballo de Troya hizo su trabajo para que a la vuelta de 4-5 años no haya oposición en pie.
¿Cómo evitar el caballo de Troya?
La pregunta es sencilla pero decisiva: ¿seguimos entendiendo la democracia como un sistema plural de pesos y contrapesos, negociación y límites al poder, o empezamos a verla como el derecho del ganador a imponer su proyecto sin ninguna mediación? Porque una democracia donde quien gana se lleva todo termina pareciéndose demasiado a un sistema de pensamiento único.
Los troyanos enfrentaron un dilema y lo resolvieron a favor de la Ley de Zeus. Al hacerlo, bajaron sus defensas y perdieron su ciudad. Las democracias contemporáneas tienen su propia ley y sus propios principios. La diferencia entre un regalo y una trampa no siempre está en lo que se ve a simple vista o la luz del día. A veces está en lo que empieza a salir, silenciosamente, cuando ya es demasiado tarde para cerrar las puertas. Y lo último: el caballo de Troya y Ulises, que lo ideó, ¿pasan a la historia como genios de la guerra o como bárbaros sin principios?
ESCRIBE
Juliana Martínez Franzoni
Es investigadora de la Universidad de Costa Rica y premio de la fundación Alexander von Humboldt otorgado a trayectorias sobresalientes de investigación en el sur global. Busca entender para ayudar a transformar.