El Muelle, el barrio que está roto en Bilwi

Una familia vive entre los escombros en el barrio El Muelle, en Bilwi, luego del huracán Iota. Carlos Herrera | Divergentes.

“Damas y caballeros, hemos iniciado el descenso a la ciudad de Bilwi. ¡Por favor abrochen sus cinturones!”. 

Dijo la azafata del vuelo de La Costeña. De inmediato, la mayoría de los pasajeros en el ATR 42 hundieron sus cabezas en las ventanas. Curiosos, buscaban rastros del desastre. Las nubes y las curtidas ventanas de la aeronave impidieron de primas a primeras algún avistamiento… pero, pasado unos minutos, allí estaba el bosque que rodea Bilwi, Puerto Cabezas, recién arrasado por el huracán Iota. Parecía que los árboles fueron aplastados por los pies de un gigante despiadado, y los troncos que quedan se yerguen como esqueletos deshojados, en medio de las ciénagas dejadas por las intensas lluvias del ciclón. 

Revueltas en ese triste follaje aparecieron, derrumbadas, las primeras casas de la ciudad. Viviendas de madera dinamitadas por las ráfagas de Iota y otras, cuya estructuras soportaron la inclemencia del ciclón, yacen sin techo, abiertas, revelando a los pasajeros del avión la intimidad devastada de las familias. 

Las primeras vistas de Bilwi desde el avión de La Costeña. Carlos Herrera | Divergentes.

Hace mucho calor en Bilwi. Es un calor húmedo, que ensopa desde el primer contacto. En la salida del aeropuerto la impresión del daño es inmediata: un restaurante con la fachada colapsada y la calle repleta de escombros. Sobre todo ramas y troncos aserrados. “Es que el primer huracán (Eta) aflojó los palos, y este jodido (Iota) los terminó de botar”, dice el taxista que nos conduce sobre las estrechas y lodosas calles de esta cabecera departamental del Caribe Norte de Nicaragua, la zona más golpeada por los dos huracanes en menos de 15 días. 

“Esto va a quedar para la historia de Puerto Cabezas: dos huracanes seguiditos”, expresa el taxista, un miskito que agradece “a Dios” por perder solo una parte del techo de su vivienda. Bilwi está movido este viernes. La vida intenta reanudarse en medio de tanto estrago: casas severamente estropeadas, cascotes fracturados, tablones apilados según el capricho del ciclón, y sobre todo escombros, porque Bilwi, ahorita, es más escombros que ciudad. Los carros circulan frenéticos, resolviendo las urgencias ciudadanas de un lado a otro de Bilwi. El ruido del trajín solo es superado por el ¡pam, pam, pam, pam, pam! de los martillazos que pegan algunos que recomponen sus viviendas. 

Una vivienda arrasada por Iota en el barrio El Muelle. Carlos Herrera | Divergentes.

No todo está funcionando porque la energía eléctrica ha regresado de manera escalonada. El taxista zigzaguea en medio de las pilas de desechos y muestra los bancos de Bilwi repletos de personas buscando dinero. Pero hay otros lugares más llenos que los bancos: los sitios donde el gobierno de Daniel Ortega y Rosario Murillo hace entrega del “Plan Techo”, un paquete de 15 láminas de zinc y una libra de clavos para las familias damnificadas. 

Uno de esos centros de entrega está en El Muelle, un barrio de pescadores y uno de los más afectados por Iota. Son centenares de miskitos gritando, alegres o decepcionados, según encuentran o no su nombre en las listas para la entrega del zinc. 

El “Plan Techo” comenzó a repartirse este viernes y de entrada unos están contentos y otros descontentos. El problema principal es que, como dice el estribillo salsero, “no hay cama pa´ tanta gente”. El gobierno anunció la entrega de 100 mil láminas de zinc para Puerto Cabezas y el Triángulo Minero. Al menos, lo entregado este viernes no satisfizo las necesidades de El Muelle. En este barrio los estragos son inconmensurables. 

Centenares de damnificados esperan su Plan Techo en el barrio El Muelle. Carlos Herrera | Divergentes.

Aunque todavía no hay datos oficiales, los vecinos aseguran que más de 350 viviendas fueron borradas por la furia de Iota en El Muelle. El barrio se asienta sobre la playa de Bilwi, a la orilla del muelle, razón por la cual el poblado toma ese nombre. La tarde del viernes da la impresión de que el mar se ha recogido, intimidado por la marejada de escombros sobre la arena. Casas enteras vueltas añicos, pilones de tablas con los clavos salidos, paredes de concreto incompletas, pedazos de pangas flotando sobre la ropa y enseres apenas reconocibles de estas familias. 

Peleándose las tablas

“No quedó piedra sobre piedra, tabla sobre tabla”, dice Romel Flores, habitante de El Muelle. La mayoría de las casas en este barrio eran de madera. “Muchos se quedaron con la ropa que andan puesta”, asegura el hombre, quien sufrió pérdidas menores en comparación a sus vecinos. De hecho, se siente afortunado. Sirve como una especie de vocero comunal que indica quienes fueron los más desgraciados por Iota.

“Están dando láminas de zinc, y estoy de acuerdo. Pero el problema es que aquí se perdió todo, no queda nada… y tenemos hambre. En los albergues hay niños que no han comido a esta hora. Pedimos a la comunidad internacional que no nos abandone, porque con las autoridades de Nicaragua la miramos muy difícil… somos un país pobre”. 

Kolen Yaskin Berry busca las mejores tablas con sus nietas. Carlos Herrera | Divergentes.

Cae la tarde en El Muelle. Los damnificados que recibieron frijoles y arroz de parte del Programa Mundial de Alimentos de Naciones Unidas (pero que fueron repartidos por el gobierno) prenden fuego con los tablones de lo que antes eran sus viviendas. La provisión alcanza para uno o dos días, porque estas familias son numerosas. En esta zona de desastre, prender fuego se torna conflictivo. Las mejores tablas se buscan para reusar en las anheladas reconstrucciones, pero nadie sabe con precisión cuáles eran las suyas. Si alguien vuelve fogón una madera que otro cree propia, el conflicto aflora. 

“Aquí todo el mundo se está peleando por las tablas, porque el huracán revolvió tanto todo”, explica Kolen Yaskin Berry, una matrona de 58 años que se describe “como la jefa del hogar sin hombre”. En su patio había tres casas, en las que vivía su primera descendencia, nietos, yernos y nueras. Todas se perdieron. “El huracán Eta había botado las casas, pero Iota se llevó todo de un solo. Toda esta madera está revuelta, y la ropa, la cocina, mesas, sillas, espejo, todo se lo llevó el mar. Lo perdimos. No sé qué voy hacer, pero espero que Dios me dé fuerzas”, dice Yaskin Berry. 

Algunos vecinos han comenzando a reconstruir un techo para no estar a la intemperie. Carlos Herrera | Divergentes.

Lo primero que hizo la matrona fue construir un remedo de cocina con reglas y zinc herrumbroso en la intemperie, porque en El Muelle se está comiendo, durmiendo y pasando los días bajo el cielo o alguna palmera que quedó en pie. Los vecinos han construido especies de letrinas con retazos de madera y zinc en la playa para, al menos, no hacer las necesidades a la intemperie. En las casas que se salvó parte del techo, los pobladores clavan las láminas, las amarran y ponen sacos llenos de arena por el temor que infunde otra tercera tormenta tropical que se forma en el Caribe.

La noche se avecina y los fogones impregnan de una densa humareda este desmadre huracanado, sitio de desespero y desesperanza. A unos 500 metros de la casa de Yaskin Berry, un grupo de obreros termina la dura jornada laboral en la que tratan de recomponer el muelle de Bilwi. Iota partió en dos este macizo de madera, símbolo de la ciudad, y que por ahora seguirá buen tiempo roto, como el barrio que lo circunda.

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