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“El proyecto Bukele va hacia la militarización de toda la sociedad, empezando por la educación”

La llegada de la capitana del Ejército Karla Trigueros al Ministerio de Educación de El Salvador es, para el analista Daniel Zovatto, un punto de quiebre en el proyecto de Nayib Bukele. No se trata de simple “disciplina” escolar, sino de instalar cada vez más a los militares en la vida civil y usar las aulas como laboratorio de adoctrinamiento para normalizar el autoritarismo entre los más jóvenes. En esta entrevista con DIVERGENTES, advierte que el trasfondo es la consolidación de una “alianza cívico-militar” que canjea eficacia por democracia.


26 de agosto 2025

La capitana Karla Trigueros nombrada como ministra de educación por el presidente Nayib Bukele. Foto tomada de Presidencia de El Salvador.

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Cuando el analista internacional Daniel Zovatto vio los videos de escuelas en El Salvador con los nuevos cambios impuestos por la capitana Karla Trigueros, nombrada por el presidente Nayib Bukele como nueva ministra de educación, volvió de golpe a la Argentina de 1976, al campus vigilado donde estudiaba en la ciudad de Córdoba: militares en las puertas revisando cortes de pelo medidos al milímetro, cazando uniformes sin escarapelas y “velando por la disciplina” en los colegios. Ese déjà vu, dice, no es casual. Es más bien “peligroso”, porque en El Salvador se ha iniciado “una militarización de toda la sociedad, empezando ahora por la educación”. 

Trigueros –capitana del Ejército, médica y sin formación pedagógica– juró como ministra de Educación en traje militar. No es un detalle de utilería para Zovatto, uno de los analistas más reputados de la región y estudioso del autoritarismo. Se trata, según él, del gesto fundacional de una “alianza cívico-militar”, y que acomoda a los cuarteles en la vida civil para implantar un mensaje que Bukele quiere dejar clarísimo: los militares apoyan su proyecto, uno cada vez más autoritario. Y no es una receta nueva, es algo que emula a Daniel Ortega en Nicaragua y al chavismo en Venezuela. 

Para Zovatto, el modelo de Bukele se apoya en tres pilares: militares adentro, instituciones capturadas –hasta el punto de adjudicarse la reelección indefinida– de la mano de propaganda que vuelve digerible la excepción, es decir la violación de la norma constitucional salvadoreña. El resultado: una “eficracia”, eficacia que exige a cambio de ceder la democracia. Es decir, seguridad a cambio de derechos civiles y políticas. 

Algo que a Bukele le funciona en las encuestas, pero estrecha el Estado de derecho, empequeñece el espacio cívico y empodera a los soldados como garantes de la deriva autoritaria del dictadores “más cool del mundo”. La escuela –territorio natural del pensamiento crítico– puede ser ahora laboratorio de adoctrinamiento para alzar como valores los postulados de Bukele, alerta Zovatto.

Preparando recomendación…

Zovatto no discute el valor del orden en la educación, pero nombrar a esta “capitana-ministra” tiene otro trasfondo, uno a la medida del popular presidente Bukele. Lo cuenta en esta en esta entrevista con DIVERGENTES. 

A partir de este nombramiento de esta ministra-capitana, lo que hace Bukele es como darle una pintada marcial al tema de la educación, pero algunos dicen que eso va más allá de eso, y es darle más cabida a los militares en la vida civil y, a la vez, Bukele dice con claridad: “El Ejército me respalda”. ¿Cómo lees esta movida?

Por un lado, yo creo que tenemos que poner esta noticia en el contexto de lo que viene ocurriendo en El Salvador, sobre todo a principios, entre el periodo 2019-2021, cuando Bukele todavía no había tenido mayoría en la Asamblea. En aquel momento ingresó a la Asamblea, que estaba en manos de la oposición, acompañado del Ejército. O sea, su primer contacto de apoyarse en el Ejército vino en una etapa temprana de su régimen. Después, ya con la elección de 2021, el golpe que dio ese primero de mayo destituyendo al fiscal, cambiando a los miembros de la Sala de lo Constitucional, reemplazándolos por otros que le permitieron buscar un segundo período… Ya en 2024 logra su reelección y ahí consolida su mayoría con el partido Nuevas Ideas. Y de ahí modifica en enero la Constitución —con su Asamblea— para que la reforma se hiciera en una sola legislatura. Y se termina de consolidar facultando la reelección indefinida.

Tenés todo un recorrido de construcción de un régimen autoritario que —sí, es cierto— El Salvador venía de una democracia de muy baja calidad, resultado de una partidocracia ineficiente y corrupta (ARENA y FMLN), que llevó a la irrupción de Bukele. En estos seis años, etapa por etapa, elección tras elección, fue construyendo su régimen autoritario, cada vez más alejado de la democracia, hasta consolidarlo con el control de todos los poderes y la autorización para su reelección indefinida.

“El proyecto Bukele va hacia la militarización de toda la sociedad, empezando por la educación”
Daniel Zovatto, director regional del Instituto Internacional para la Democracia y la Asistencia Electoral IDEA Internacional. Foto de EFE.
Una reelección que parece no haberle generado mayores problemas a su proyecto político…

En este contexto se suma la indiferencia de muchos países de América Latina respecto de lo que pasa en El Salvador; y la admiración de otros gobernantes que dicen “lo que este país necesita es un Bukele”, sobre todo en materia de seguridad. Como vimos en Honduras con Xiomara Castro, con Daniel Noboa en Ecuador, con Patricia Bullrich en Argentina; más el manto de impunidad que recibe de la administración de Estados Unidos, que lo distingue como el único presidente de América Latina invitado oficialmente a la Casa Blanca por Trump; y el apoyo de Trump y Marco Rubio a la reciente reforma, sosteniendo que fue adoptada en términos democráticos y que no es legítimo compararla con la reelección indefinida en Venezuela o Nicaragua.

En este contexto de creciente presión desde el punto de vista de orden y seguridad —que es lo que yo he llamado en un artículo reciente “el pacto fáustico”, donde se lee que se le ofrece a los salvadoreños este cambio: seguridad y orden por el tema de democracia—, ¿no es cierto?

Básicamente… 

Todo esto se traduce ahora en un nuevo componente: la designación de Karla Trigueros, capitana del Ejército, médica sin formación pedagógica, como nueva ministra de Educación. Asume con uniforme militar, enviando un mensaje cargado de simbología: el Ejército, a través de la capitana, colaborando con el gobierno de Bukele; una alianza cívico-militar en un tema neurálgico como la educación, bajo el lema orden y disciplina.

Se ha criticado precisamente eso, ¿educación civil con doctrina militar?

Si hay un ámbito donde los militares no deberían estar, por el tema de disciplina y acatar órdenes sin discutirlas, es la educación. Todos estamos de acuerdo con el orden básico —ropa prolija, cabello bien cortado—. Al ver el video recordé cuando en Argentina dieron el golpe de Estado en 1976. Yo estaba en mi primer año en la universidad, y en Córdoba una rama de las Fuerzas Armadas llevaba el control. En Derecho, en la Universidad Nacional, estaba la Fuerza Aérea, y al entrar nos revisaban cómo estábamos vestidos y el corte de cabello. Más allá de lo anecdótico, acá hay un tema fundamental: la educación necesita pensamiento libre y crítico. El orden y la disciplina deben encargarse a los maestros, no los militares. A la educación hay que llevarle nuevas ideas, discusión, capacidad de pensar de manera libre y estar a la altura de los desafíos del siglo XXI.

Entonces realmente me parece que es un contrasentido muy fuerte, pero que manda un mensaje de que el proyecto Bukele va hacia la militarización de toda la sociedad, empezando ahora por la educación. Primero empezó con la seguridad, ahora sigue por la educación, y mandando este mensaje de que, en este proyecto de militarización de la sociedad, el Ejército, las Fuerzas Armadas, son unos aliados y unos socios del proyecto Bukele.

De alguna manera esto emula lo que han hecho dictaduras en Latinoamérica, incluso la de Chávez y la de Daniel Ortega en Nicaragua: no solo traer a los militares a la vida civil, sino dejar clara la alianza dictatorial-militar.

Absolutamente. Bukele se presentó como el “dictador más cool”. Ya es menos “cool” y más peligroso, más similar a otros dictadores que hemos tenido en la región. Este proyecto cívico-militar es clave y tiene tres patas. Primero, él dice: “tengo legitimidad de origen porque fui reelecto con 83-84%”. Sí, pero votó solo el 53%. O sea, del padrón, eso es 40%. No lo eligió más de la mitad, sino de los que fueron a votar, con alto abstencionismo. Segundo, no tiene legitimidad de origen como pide la Carta Democrática Interamericana, porque fue reelecto inconstitucionalmente. Tercero, no tiene legitimidad de ejercicio (Carta Democrática, artículo 3): no hay división de poderes; todos están cooptados: Asamblea con Nuevas Ideas, Poder Judicial, Fiscalía, incluso el Tribunal Electoral.

La reelección indefinida recién aprobada en El Salvador fue señalada por la Corte Interamericana de Derechos Humanos en la Opinión Consultiva 28/21 —caso similar cuando en Bolivia Evo quería reelección indefinida—: no es un derecho humano; se puede reglamentar (un período más y luego a casa). Además, la reelección indefinida constituye un peligro para la democracia, el pluralismo y la división de poderes.

Sumale la alianza cívico-militar: antes los militares daban golpes para traer dictaduras; ahora se prestan para un proyecto con un presidente como Bukele, muchas veces volviéndose socios de negocios, incluso ilegales. Dan seguridad y se convierten en guardianes del régimen, garantizando continuidad a cambio de ser socios del proyecto, sobre todo en las cúpulas. En Nicaragua y Venezuela hay brecha entre generales, que forman parte del negocio, y otros niveles. Bukele, en cambio, toma un nivel intermedio —capitanes, con manejo de tropa—, no un general. Otro mensaje: una persona joven, rostro cordial.

“El proyecto Bukele va hacia la militarización de toda la sociedad, empezando por la educación”
Personal del Instituto Nacional Albert Camus revisa a estudiantes en San Salvador. EFE/ Javier Aparicio
Sí, no es un militar de rostro duro, es fresco como se vende él…

Esto enlaza con su tercer componente: la estrategia —sofisticada y peligrosa— de comunicación en imágenes y videos en redes sociales. Lo vimos en el CECOT, en cómo trabaja las imágenes de prisioneros y delincuentes, y en la construcción de la imagen de una capitana joven, esforzada, con posgrado en México, médica, con liderazgo. Un rostro no tradicional, no represor, sino más suave. Si no quisiera mandar el mensaje de que “el Ejército está acá y apoya”, le habría pedido que asumiera de civil, pero asumió con uniforme militar. No es casual. 

Pareciera que los salvadoreños que votan a Bukele no ven los peligros que usted advierte. Según las encuestas, están maravillados, inclusive con la capitana-ministra. ¿Cuál es el riesgo?

El riesgo es mayúsculo: experiencias que empiezan dando resultados se desvían, llegan escándalos de corrupción, aumenta la represión y se pierde el rumbo, quedándose basados en la represión. La alianza con los militares garantiza continuidad. En Nicaragua, una dinastía familiar convirtió al país en una suerte de Corea del Norte centroamericana; Ortega y Murillo se apropiaron del país como finca privada. Rosario Murillo busca continuidad dinástica y hace cacería de brujas dentro del sandinismo colaboracionista. Las últimas detenciones lo demuestran.

Incluso exmilitares se han ido en esa purga de Murillo…

Sí. Ahora, en Venezuela, con más de 8 millones que han dejado el país y crisis económica y de derechos, a diferencia de Chávez, ahora Maduro encadena fraudes para continuar en el poder; necesita la cúpula militar y otras instancias para reprimir. En Cuba, aumentan los delitos, pero se reprime a la oposición en medio de crisis de electricidad, agua y economía.Ya lo vimos con Fujimori: controló inflación y Sendero Luminoso, buscó reelección, vino la corrupción y cayó. 

El tema de Bukele es más sofisticado: lo que yo he llamado la “eficracia”. El pacto fáustico: ofrece seguridad frente al delito, a cambio de ceder democracia. El 62% de los salvadoreños dijo a Latinobarómetro 2024: “No me importaría que llegue un gobierno no democrático, siempre y cuando dé resultados”. Este es el peligro mayúsculo. Bukele construyó popularidad con resultados en orden interno, comunicación y redes, y el desprestigio de la partidocracia, corrupción e ineptitud de los partidos tradicionales. Eso le permitió consolidar un régimen crecientemente autoritario y llevarlo a otros sectores.

Con el tema educación, lo más probable —y él mencionó recuperar “valores tradicionales, respeto”— es impulsar adoctrinamiento en los jóvenes, un nicho que lo ha beneficiado; inculcar en el sistema educativo los valores de su programa, aumentando el control social.

“El proyecto Bukele va hacia la militarización de toda la sociedad, empezando por la educación”
Y Bukele lleva prisa en todos los aspectos, incluido los militares, porque lo que usted mencionaba eran procesos, de alguna manera, largos: Nicaragua, Venezuela… De decir “los militares están conmigo”. Pero Bukele lo hace casi de inmediato y sin alguna necesidad política imperante.

En Venezuela, Chávez venía de los militares; en Nicaragua, Ortega del Ejército Sandinista; en Cuba, los Castro del sector militar. Bukele no: de ahí la importancia de aliarse con los militares. Lo hace con sofisticación: hacer ver que la alianza con militares y Policía, y la represión, violación de derechos humanos y extensión permanente del estado de excepción, es una “medicina” necesaria para garantizar orden y seguridad. Tenés que tomarte esa medicina amarga para obtener el beneficio. Ese es el trueque que propone y que un sector desencantado con los partidos tradicionales y con una democracia sin resultados acepta: democracia por seguridad.

Ahora lo lleva a la educación para adoctrinar a los jóvenes y que lo anormal se vea como normal. Cambiará quiénes dan clases: los maestros deberán responder a esta línea; al que no, lo echarán. Se cambiarán libros y manuales de texto para inculcar que “estos son los valores que la sociedad salvadoreña necesita defender”.

¿Qué tanto control social supone poner a los militares ahí, en las primeras líneas civiles, como un Ministerio de Educación? Me refiero a inteligencia también.

Esta es la punta de lanza. Empezó por seguridad —con una seguridad desprovista de respeto a derechos humanos—. Ahí está la seducción de la “eficracia”: da resultados. El mensaje es: con los mecanismos tradicionales de la democracia no vas a vivir tranquilo; tenés que darme la suma del poder, permitirme estado de excepción permanente, violar derechos, perseguir periodistas y activistas, cerrar espacios cívicos y controlar todos los poderes. Esa es la única manera en que te puedo garantizar seguridad. Con lo cual yo dije: no están eligiendo un presidente, están eligiendo un jeque. Un emperador con poder absoluto. Un sector de la población entiende que así tendrá seguridad y orden.

Ahora lo quiere llevar a educación y Bukele dice: “lo otro siempre tendrá resistencia; debo adoctrinar, educar, domesticar a una ciudadanía para que no solo no se resista, sino que considere que este es el modelo”. Para evitarse problemas, vinculará al Ejército en sectores del gobierno. Esta es una entrada en un lugar estratégico como educación. Esto genera popularidad. Un sector dice: “nos sentimos tranquilos y seguros y, si este es el precio, paguemos”. Pero la popularidad no es sinónimo de democracia: podés ser popular y no democrático. Hitler, Mussolini, Franco o Pinochet fueron populares en su momento y terminaron en desastres de derechos humanos. 

Además, en el caso de Bukele aparece “el hombre indispensable”. Como dijo su primo, secretario de Nuevas Ideas: “el único que puede garantizarnos esto en El Salvador es Bukele”. ¿Qué pasa si mañana se muere o queda incapacitado? ¿Hay que cerrar El Salvador porque solo hay un Mesías?

Para cerrar, lo peligroso del modelo Bukele es que no solo tiene popularidad dentro de El Salvador, sino que tiene efecto espejo en la región. Si le sumás impunidad y apoyo de Trump, se convierte en un tema de exportación: un autoritarismo que da resultados y sirve de modelo. El Salvador se está convirtiendo en un laboratorio del autoritarismo del siglo XXI: resultados en ciertas áreas, a un costo mayúsculo en democracia, derechos humanos y Estado de derecho, ahora llevado a la educación. A diferencia de Nicaragua, Venezuela y Cuba —que nadie quiere imitar—, este modelo sí sirve para exportar y muchos están interesados en adoptarlo.