A las seis de la mañana, bajo el ritual cívico que ha caracterizado a Costa Rica por casi dos siglos, las 7154 juntas receptoras de votos abrieron sus puertas. No es una elección cualquiera: el país elige hoy a quien portará la banda presidencial número 50 en su historia republicana. Sin embargo, detrás de la tradicional fiesta democrática, el ambiente en San José y las provincias costeras es de una tensa expectativa.
A diferencia de sus vecinos en el istmo centroamericano, donde las transiciones de poder suelen estar marcadas por la incertidumbre institucional, el control absoluto de los poderes del Estado o la persecución política, Costa Rica llega a este domingo con un sistema electoral robusto, pero con una ciudadanía profundamente desencantada. Según datos del Tribunal Supremo de Elecciones (TSE), 3 731 788 personas están convocadas para decidir entre una oferta de 20 aspirantes presidenciales y renovar los 57 escaños de la Asamblea Legislativa.
El muro del 40% y la fragmentación política
El sistema electoral costarricense establece un umbral claro: para ganar en primera vuelta, un candidato debe obtener al menos el 40% de los votos válidos. Con un panorama de 20 candidaturas, las probabilidades de una segunda ronda —programada para el 5 de abril— son elevadas.
Esta fragmentación no solo dificulta el triunfo inmediato, sino que anticipa un Congreso dividido. Para un país que enfrenta una crisis de seguridad ciudadana sin precedentes, la falta de mayorías claras en la Asamblea Legislativa supone un reto mayor para la gobernabilidad de quien resulte electo. Sin consensos, las reformas urgentes para paliar el déficit fiscal y el avance del crimen organizado podrían quedar atrapadas en el bloqueo parlamentario.




La sombra del abstencionismo: el rival a vencer
El gran contrincante de esta jornada no es un partido político, sino el silencio. En las elecciones de 2022, el abstencionismo alcanzó un histórico 40%. Para este ciclo, el desafío del TSE y de la sociedad civil es evitar que esa cifra crezca. Una democracia con urnas vacías es una democracia vulnerable ante los discursos populistas que permean en el resto de la región.
Los temas que mueven el voto este domingo son urgentes: el costo de la vida y, por primera vez con tanta fuerza, la inseguridad. Costa Rica, históricamente percibida como una “isla de paz”, ha visto cómo las tasas de homicidios vinculadas al narcotráfico han escalado, convirtiéndose en la principal preocupación de las familias, desplazando incluso al desempleo en los sondeos de opinión.
Para la numerosa diáspora nicaragüense asentada en territorio tico y para el resto de Centroamérica, el proceso costarricense funciona como un espejo y una esperanza. Mientras en países vecinos la alternancia es una quimera o un proceso viciado, en Costa Rica el TSE incluso contempla escenarios de conteo manual y total de papeletas si la diferencia entre candidatos es mínima, una garantía de que cada voto cuenta.
Las urnas cerrarán a las seis de la tarde. A partir de ese momento, el conteo preliminar dictará si Costa Rica logra definir su rumbo hoy mismo o si deberá esperar dos meses más para decidir quién llevará las riendas del país en un cuatrienio que se perfila como definitivo para su modelo de bienestar social.