SALUD PÚBLICA

Enfermos crónicos | El azúcar en 320 

La diabetes se ha convertido en la segunda enfermedad crónica en Nicaragua. Miles de personas intentan sobrevivir sin insulina ni atención médica integral. Luisa Emilia es una de ellas. Esta es su historia.

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Ilustración de Hellmutt Escobar

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Lo primero que hace doña Luisa Emilia al despertar es encender el fogón de su cocina para preparar café. Junta la leña, enciende una cerilla y aviva las llamas hasta que se elevan sobre un par de hierros oxidados que le sirven de parrilla. Coloca encima una jarra con agua. Cuando el líquido empieza a hervir, deja caer el café molido. Y antes de probar la primera taza, se pincha el pulgar izquierdo y espera que salga la primera gota de sangre. Su glucómetro, un aparato que le regaló una vecina, también enferma de diabetes, marca 320. No se siente bien. Pero en media hora debe estar lista para salir al mercado de Masaya, donde tiene un pequeño puesto de frutas. Allí vende mangos, jocotes y aguacates que ordenará con paciencia sobre una mesa de madera gastada.

Son las 5:45 de la mañana. El humo del fogón de la cocina, construida en el patio de su casa con láminas de zinc y retazos de plásticos, se mezcla con el olor del café. Los primeros rayos del sol empiezan a penetrar su cocina a través de los huecos en el techo. Bebe un sorbo de café, se limpia las manos con un pedazo de tela y guarda en una caja el aparato con el que se midió el azúcar. Suspira. El azúcar, otra vez alta. Luis Emilia tiene 55 años y 10 de padecer de diabetes. Vive en un barrio a las afueras de Masaya, cerca de la laguna del mismo nombre. No tiene hijos, tampoco familiares cercanos. Su vecina, una señora de 70 años, le ayuda con medicamentos y le regala las tiras reactivas para medir la glucosa.

Cuando llega al mercado de Masaya se encuentra con el ruido de las bocinas y gritos de comerciantes informales que se pelean por un espacio donde vender. Es un monstruo que ruge desde la madrugada hasta que el Sol se oculta, un laberinto donde el calor se mezcla con el olor del agua estancada. En esas condiciones trabaja Luisa Emilia. Su puesto queda cerca de una esquina por donde discurren las aguas negras entre montañas de basura. Cerca de allí acomoda los mangos, los jocotes y una bolsa de tela azul en la que guarda un termo con más café y una pequeña hielera con la insulina envuelta en bolsas de plástico. El médico le advirtió que debía mantenerla fría, pero no tiene refrigerador. 

A eso de las nueve, se toma la segunda taza de café. Se sigue sintiendo mareada. Pese a la fatiga y la vista cansada, que poco a poco ha ido perdiendo con los años, Luisa acomoda las frutas una y otra vez, en un intento de tranquilizarse. Necesita lentes, pero no tiene el dinero para acudir a una óptica. Esta mujer, que alguna vez fue de contextura ancha, quisiera estar en su casa, tendida en la cama. Come un trozo de pan, bebe refrescos azucarados y, cuando el cuerpo se descompensa, se sienta en un viejo taburete. Ora, cuenta.  Le pide a la Virgen de la que es devota que el azúcar baje, que el dolor de sus pies ceda, que el día pase.

Preparando recomendación…
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La cocina de doña Luisa Emilia, en Masaya, durante una madrugada de noviembre. Cortesía / DIVERGENTES.

Sabe que la glucosa sigue alta, pero no puede darse el lujo de usar otra tira reactiva. Tampoco carga con el glucómetro. Las raciona. Con ingresos menores a los 4000 córdobas al mes, no puede pagar los setecientos que cuesta una caja de tiras en Masaya. Como ella, miles de nicaragüenses sobreviven a la diabetes en condiciones precarias, entre el alto costo de los medicamentos y la indiferencia de un sistema de salud pública que apenas logra cubrir lo esencial. 

A nivel global, la diabetes es una de las principales causas de ceguera, insuficiencia renal, ataques cardíacos, accidentes cerebrovasculares y amputación de miembros inferiores. La Organización Panamericana de la Salud (OPS) advierte que una diabetes mal controlada, aumenta las probabilidades de estas complicaciones y de mortalidad prematura. Por ello aboga por un enfoque integral que incluye prevenirla, diagnosticarla temprano y manejarla a través de la atención primaria, el acceso a medicamentos esenciales como la insulina, y estrategias de autocuidado para los pacientes.

La Federación Internacional de Diabetes (IDF) indica que en 2024 Nicaragua tenía una población adulta de 4.35 millones de personas, de las cuales 377 000 padecían la enfermedad, con una prevalencia del 10.4%. La misma institución proyecta que para 2050, el número de enfermos ascenderá a 762 000. Sin embargo, los médicos alertan de un amplio subregistro y diversas investigaciones periodísticas apuntan a que el país podría acercarse ya al millón de personas afectadas.

Enfermos crónicos | El azúcar en 320 
En los centros de atención del Minsa no hay suficientes especialistas, reactivos e insulina para atender a quienes enfrentan la diabetes. Tomada de El 19Digital.

Como ocurre con otras dolencias, el Minsa mantiene una opacidad constante en el número de diabéticos. El Mapa Nacional de Salud de 2024 ubicó a la diabetes como la segunda enfermedad crónica con 139 354 casos, una diferencia de 237 646 en comparación con los datos de la IDF. “¿Quién no conoce a un enfermo de diabetes?”, pregunta un médico de Masaya. “Saber cuántos hay no le importa al Gobierno, pero atendemos muchos pacientes con esta enfermedad”, dice.

El Minsa actualizó en 2023 su módulo de capacitación sobre diabetes apostando por un sistema de atención ideal, que en el papel asegura que cada paciente recibe seguimiento, educación alimentaria y acceso continuo a insulina gratuita. Pero la realidad está lejos de ese planteamiento: en los centros de salud no hay suficientes especialistas, ni reactivos, ni insulinas. A Luisa Emilia le dispensan un frasco de insulina al mes y apenas una caja con 26 jeringas, insuficientes para su día a día.  

Esa guía del Minsa también insta a los enfermos a seguir una “alimentación saludable”, hacer “actividad física” y “evitar el alcohol”, sin reconocer las condiciones de pobreza que hacen imposible cumplir con las recomendaciones. Además, incluye terapias tradicionales, como la jugoterapia, la apiterapia oje el uso de hoja de insulina, presentadas como tratamientos complementarios, sin evidencia científica. “No en vano se conoce a la diabetes como la enfermedad de los pobres”, dice una médica general de un hospital de Masaya. El nicaragüense promedio no podría seguir una dieta saludable. Luisa Emilia apenas puede comprar los granos básicos de una dieta llena de carbohidratos. 

Cuando la noche empieza a caer sobre Masaya, Luisa guarda los mangos y los aguacates que no logró vender. Se acomoda la bolsa al hombro y sube el canasto a la cabeza. Camina despacio con el cuerpo adolorido y los pies hinchados. En la hielera, el hielo se ha derretido y el frasco de insulina flota en el agua tibia. A su paso por las calles, de regreso a casa, mira una farmacia y piensa en lo diferente que sería su vida si solo pudiera contar con el dinero necesario para comprar medicinas y equipos médicos de los que carece. Piensa, también, en lo que aún le falta por hacer ese día: llegar a casa, preparar la cena, medirse la glucosa. Si la cifra supera los 300, se pondrá 40 unidades de insulina y rezará. O bien se acostará hasta quedarse dormida. Si el aparato marca menos, agradecerá el milagro a la Virgen.

“Uno no se muere de diabetes —dice al teléfono—, se muere por ser pobre.” Luego guarda silencio. Mira a su vecina que le acompaña y le agradece por las medicinas que le regala. Vivir con diabetes es una lucha de todos los días: medir el azúcar, racionar la insulina, esperar atención médica. Es también convivir con el miedo, con el miedo a herirse los pies y que eso  derive en una infección que amerite una amputación. Cada amanecer, cuando enciende el fogón y el humo llena su cocina, vuelve a pensar en la diabetes. En la angustia que le provocan los días malos. Hay días en que su glucómetro marca 120 y siente alivio. Es la señal de que tiene controlada la enfermedad, aún sea a ratos. 

Dice que es obstinada, que por eso va todos los días al mercado a vender frutas. Esa obstinación es la que la mantiene viva. Si el glucómetro marca 320, siente morirse, pero debe seguir. No tiene otra opción. 


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