Guadalupe Martínez solía levantarse todos los días a las cuatro de la mañana. Era una mujer activa que recorría los surcos de café, limpiaba la maleza de sus parcelas y viajaba en bicicleta desde su casa en el volcán Mombacho hasta Granada. Lo cuenta en pasado, con la nostalgia contenida. Hace cinco años empezó a experimentar fuertes dolores en sus rodillas y, hace dos, sus pies comenzaron a deformarse debido a la artritis reumatoide.
Ahora despierta mucho antes, pero no porque quiera. El dolor en las rodillas la obliga. Es un dolor áspero, profundo, que siente como si las articulaciones se rozaran entre sí. Cuando decide dejar su cama, intenta incorporarse, pero el cuerpo no le responde. Respira hondo, junta las manos sobre las rodillas deformadas y las masajea con movimientos lentos, tratando de convencerlas de que le permitan levantarse.
Lo intenta una vez. No puede. Lo intenta de nuevo. Apenas logra sentarse al borde de la cama. El frío de la madrugada le penetra las piernas y el dolor se enciende como una brasa. “Son dolores intensos que no le deseo a nadie”, dice a través de una videollamada por WhatsApp. Ya sabe distinguirlos desde la primera punzada.
Con esfuerzo, apoya los pies en el suelo de tierra y se impulsa en un intento por ponerse de pie. Cualquier persona daría un paso sin pensarlo, pero para ella es una negociación con sus rodillas, con sus pies. Avanza unos centímetros. La rodilla derecha cede. Se sostiene de la pared. Suspira. Hay días en los que puede caminar despacio por el patio. Y hay otros, como este, en los que apenas puede cruzar la sala de su casa en las faldas del volcán Mombacho.
Una de las enfermedades crónicas de Nicaragua

La artritis reumatoide es una de las enfermedades reumáticas crónicas que afectan a 97 381 nicaragüenses, según el Mapa de Salud del Ministerio de Salud (Minsa). Estas afectan poco a poco las articulaciones. Sin tratamiento, la inflamación deforma las rodillas y vuelve doloroso incluso caminar. En Nicaragua casi no hay especialistas, y miles de pacientes viven el deterioro sin diagnóstico.
A Guadalupe le comenzó “un dolorcito” leve hace cinco años. Al inicio era solo una molestia: una punzada en la tarde o una rigidez al amanecer. Nada fuera de lo normal para una mujer acostumbrada a trabajar en el campo. Pero con el tiempo, las rodillas empezaron a inflamarse, a ensancharse, a cambiar de forma. Se fueron deformando de manera lenta, hasta convertir cada paso en un esfuerzo mayor. Hoy, cuando se mira las piernas, dice que ya no reconoce sus rodillas. “Se me están torciendo”, comenta con resignación.
Hace años podía caminar largas distancias entre los cafetales y las plantaciones de plátano de las parcelas circundantes donde trabajaba. Ahora levantarse de una silla le exige tiempo y paciencia. En los días malos, ni siquiera puede salir al corredor de su casa de madera. En los días buenos, camina pequeñas distancias, cuidando cada movimiento para no sentir ese dolor que la detiene en seco.
Vive con su esposo, un hombre de 60 años enfermo que recibe diálisis y que tampoco puede trabajar. Él, dice, debería ser quien reciba cuidados, pero muchas veces es quien la ve tambalearse, tratando de darle apoyo sin tener fuerzas suficientes. Su casa, una estructura sencilla con piso de tierra y techo de zinc, parece demasiado grande cuando ninguno de los dos puede moverse con soltura. Uno depende del otro, sin que puedan asistirse.
La pareja sobrevive gracias a la ayuda que envían sus hijos desde fuera del país y al esfuerzo que ella hace cada viernes para vender lo poco que puede recolectar en su patio: cabezas de banano, racimos de plátano, naranjas dulces. Es su única fuente de ingreso, además de las remesas. La municipalidad le ha otorgado un pequeño puesto de ventas en los días de feria improvisada por las calles de Granada.
Caminar con dolor
Los viernes comienzan temprano. Guadalupe despierta con la esperanza de estar en uno de sus “días buenos”, porque si no puede caminar, pierde la venta y con ella la posibilidad de comprar alimentos o medicinas. Se toma una pastilla de tramadol, un fármaco para el dolor, y espera unos minutos para que haga efecto. Finalmente, el dolor se adormece.
Prepara la cesta con las frutas que venderá en la feria de Granada. Luego inicia la caminata hacia la carretera para esperar un bus. Un trayecto corto para otros es para ella una lucha. Avanza despacio, arrastrando los pies. A veces se detiene, respira profundo y continúa.
Cuando logra llegar al puesto de venta, se sienta en un banquito pequeño detrás de sus productos. Desde allí observa el movimiento de la feria: mujeres que venden queso, tamales, refrescos, yuca. Ella no puede moverse entre los puestos, ni acomodar mercancía rápidamente. Atiende desde su sitio. Si la venta va bien, vuelve con lo suficiente para comprar arroz, frijoles, queso y medicinas. Si va mal, regresa sin ganancias y con el cuerpo resentido por el esfuerzo.
Hay viernes en los que ni siquiera intenta ir a la feria. El dolor es tan intenso que no puede ponerse de pie. Entonces se queda en casa, mirando desde la puerta cómo la vida sigue sin ella. En esos días, la pobreza se vuelve más evidente. “Si no voy a la feria, no compro comida”, dice.
Guadalupe nunca ha ido al centro de salud. No porque no quiera, sino porque sabe que la caminata hasta allí sería imposible para sus piernas y tampoco serviría de mucho. Además, la idea de llegar solo para que le digan “tómese esto” o “vuelva después” la desanima. No la ha revisado un médico especialista. Nunca le han hecho una radiografía. Nunca ha recibido un diagnóstico formal. Su enfermedad ha avanzado en solitario, sin nombre técnico, sin tratamiento, sin supervisión.
Ausencia de reumatólogos

Los datos del Minsa indican que el sistema de salud público apenas cuenta con 2 207 médicos especialistas, pero se desconocen cuántos son reumatólogos. De hecho, en el hospital de su departamento, el Amistad Japón, no existe un área de reumatología.
Médicos independientes apuntan que el acceso a la atención reumatológica especializada es extremadamente limitado, reflejando una escasez crítica de estos profesionales. Los datos más recientes disponibles (2022), indican que Nicaragua posee una de las tasas de reumatólogos por habitante más bajas de América Latina, aproximadamente un especialista por cada 640 000 personas.
El sistema de salud público estatal reporta solo 161 subespecialistas de todas las ramas para esa fecha, y la reumatología está centralizada en hospitales principales de Managua, como el Hospital Militar Escuela Dr. Alejandro Dávila Bolaños y el Hospital Manolo Morales Peralta. Esta situación subraya un desafío significativo para los pacientes que requieren tratamiento para enfermedades reumáticas crónicas.
Los expertos consultados también alertan que las enfermedades reumáticas suelen avanzar sin control en Nicaragua, porque se confunden con dolores propios de la edad. Sin estudios, sin evaluación clínica y sin acceso a especialistas, casi inexistentes en la atención primaria, el daño articular progresa hasta deformar las articulaciones, como ha ocurrido con Guadalupe. “Sin un diagnóstico temprano, el daño es irreversible”, dice un médico general.
Medicinas no pasan de la receta
El sistema público recomienda antiinflamatorios, fisioterapia y seguimiento médico. Pero para personas como Guadalupe, eso existe solo en el papel. En la práctica, la automedicación es la única opción. Compra pastillas tramadol y eventualmente se inyecta Dolo-Neurobión para contener el dolor y la inflamación. “Con eso aguanto”, dice, como si aguantar fuera suficiente para sobrevivir. Otras veces compra bálsamos naturales para el dolor.
La enfermedad reumática es una de las causas de discapacidad en Nicaragua. Los caminos de tierra, la falta de transporte público adecuado, la pobreza extrema y la ausencia de especialistas hacen que miles de personas vivan, como Guadalupe, atrapadas en cuerpos que se les van deformando.
Por la tarde, cuando el sol se oculta, esta mujer campesina intenta caminar unos metros más en el patio. Quiere barrer las hojas secas que caen de los árboles de mango y naranja. Toma la escoba, pero después de tres movimientos el dolor le sube por las piernas. Deja la escoba apoyada en un tronco y vuelve a sentarse. El vigor que la llevaba a recorrer largas distancias, cargar bultos y trabajar todo el día, quedó atrás.
En su casa, el tiempo pasa de forma extraña. Hay días en los que puede moverse con cierta normalidad. Y hay otros en los que ni siquiera puede cruzar de la cocina al cuarto. Y hay mañana en las que se pregunta: ¿podré caminar hoy o me quedaré atrapada en la cama?
Guadalupe sabe que su enfermedad seguirá avanzando. Que llegará un día en que ya no podrá ir a la feria, ni ayudar a su esposo enfermo, ni valerse por sí misma. Pero también es consciente que no tiene alternativa.
Mira el camino de tierra desde su casa. Al fondo, se ven unos cafetales. Recuerda que fue recolectora de café, que se echaba al hombro costales del grano. Son recuerdos que vienen a su mente en los días de soledad. Le consuela, sin embargo, que sigue yendo a vender frutas a la feria. El próximo viernes volverá a intentarlo. Cargará su canasta, tomará sus pastillas y caminará a su ritmo, despacio, con las rodillas inflamadas y deformadas. A eso se ha reducido su vida a los 58 años.