Estados Unidos: Excarcelados y periodistas “en el país de las oportunidades”

Hasta el momento no hay cifras oficiales de cuántos nicaragüenses llegaron a Estados Unidos después de 2018. Hasta abril de 2021, la Agencia de la ONU para los Refugiados (ACNUR) calcula que más de 108 mil personas se han visto obligadas a abandonar Nicaragua desde el inicio de la crisis política en la que está sumergido el país desde hace tres años. Sin embargo, con la llegada de Joe Biden a la Casa Blanca la cifra va en aumento, a juzgar por las peticiones de asilo.

Christian Martínez (chaqueta negra y gorro blanco) junto a sus compañeros de casa. Foto: Cortesía.

El cuarto está en el segundo piso de un edificio pequeño del barrio Allapattah, en Miami. El cuarto es pequeño, angosto, con solo una ventanita por donde entra claridad. Con esa luz que anuncia los días, Winston Potosme lloró y agradeció a Dios por sobrevivir todo el mes en el que enfermó de la COVID-19. 

No hubo quien le pasara un vaso con agua para tomar las pastillas. O quien le preparara un té. No tuvo quien llorara o riera con las bromas que afloran hasta en los momentos más difíciles. Su familia estaba a casi tres mil kilómetros de distancia (dos horas en avión) y varias fronteras de por medio: en Nicaragua, el país donde Potosme nació, pero del que tuvo que huir en 2019 por amenazas del régimen de Daniel Ortega y Rosario Murillo.

Hasta el momento no hay cifras oficiales de cuántos nicaragüenses llegaron a Estados Unidos después de 2018. Hasta abril de 2021, la Agencia de la ONU para los Refugiados (ACNUR) calcula que más de 108 mil personas se han visto obligadas a abandonar Nicaragua desde el inicio de la crisis política en la que está sumergido el país desde hace tres años. La mayoría de esos refugiados han huido hacia Costa Rica y Estados Unidos.

Winston Potosme, en Nicaragua trabajaba como productor de Café con Voz, un programa de opinión emitido en radio y televisión. Foto: Cortesía.

Desde su informe anual de derechos humanos de 2019, Estados Unidos expresó que el régimen nicaragüense implementó “una política de exilio, cárcel o muerte” a partir de 2018, cuando murieron al menos 328 personas durante las protestas. A unos kilómetros del estallido en Nicaragua, ese año comenzaron las caravanas migrantes desde el Triángulo Norte: El Salvador, Honduras y Guatemala. Esto endureció las políticas migratorias durante los últimos años del mandato del presidente norteamericano, Donald Trump. Las medidas se pusieron aún más estrictas con la pandemia del coronavirus, a tal punto que con solo pisar suelo estadounidense era motivo de deportación. 

Pese a todo, el periodista Winston Potosme ya tiene dos años y medio viviendo en Miami. Llegó creyendo que estaría por solo tres meses y ahora tiene en trámite la residencia de Estados Unidos. Se paga un seguro médico (Obamacare), tiene licencia para conducir y se compró un vehículo, porque era una necesidad para movilizarse en una ciudad tan grande. Ya no se pierde cuando le dan una dirección, y sabe cómo llegar rápido a las fritangas nicaragüenses que tanto le gustan. 

De alguna manera, Potosme representa a una parte de los nicaragüenses que huyeron de la represión hacia Estados Unidos para resguardar sus vidas. Pero después de que la crisis se ha alargado durante más de tres años, no les ha quedado de otra que adaptarse, como pueden, en “el país de las oportunidades”, algo que a veces significa aguantar solo el virus más temido del momento en un cuartito en el que con costo se sabe que amaneció. 

“No me han dado ganas de regresar a Nicaragua”

Por no tener permiso laboral, Nelly Roque solo ha podido conseguir trabajos limpiando casas en los siete meses que tiene de vivir en Miami. Como tampoco tiene vehículo, le ha tocado lidiar con los horarios de los buses en esa ciudad, por los que tiene que esperar largas horas en una estación. A veces, incluso, ha tenido que ir con su hija a trabajar porque no hay quien la cuide mientras ella no está. “Me ha pasado de todo, es duro, pero ni así me han dado ganas de regresar a Nicaragua”, dice Roque, quien después de ver los últimos 31 arrestos de opositores entre mayo y julio considera que “no es buena opción estar en Nicaragua en estos momentos”. 

Roque es una ex presa política del régimen de Daniel Ortega y Rosario Murillo. Estuvo casi nueve meses detenida entre junio de 2018 y marzo de 2019. Sabe que el caudillo sandinista ha demostrado que no tiene intenciones en ceder condiciones democráticas, pero aún así ella está a la expectativa de lo que pueda pasar en el proceso electoral de este año en Nicaragua. “El retorno a mi país yo lo veo cada vez más largo”, dice Roque, luego de ver que la pareja en el poder ha dinamitado la posibilidad de que existan elecciones confiables, porque se han aprobado leyes a favor del partido de gobierno, inhibido a partidos políticos opositores y echado presos a precandidatos presidenciales.

Nelly Roque ha enfrentado los obstáculos para sobrevivir mientras inicia a trabajar de manera regular en Estados Unidos. Foto: Cortesía.

“Yo voy a regresar a Nicaragua cuando haya un cambio de gobierno de verdad”, dice Roque, quien participa en marchas de exiliados en Miami, y explica: “que se vea que hay un cambio completo, que no hay nada por debajo de la mesa. Con esto quiero decir que hayan cambios profundos, y no arreglos en donde exista la posibilidad de que los paramilitares anden libres acosándome”. 

Roque, de 29 años de edad, estudió Ingeniería Agrónoma, pero en Nicaragua se dedicaba a la fotografía. Estuvo en España durante casi dos años, y regresó en febrero de 2018, a dos meses de que estallaran las protestas. Ese año pensaba estudiar profesionalmente fotografía, pero lo pospuso. Primero por participar en las protestas y luego porque la metieron a la cárcel. “Desde hace tres años mis planes se han ido posponiendo y se seguirán posponiendo, porque ahora me toca sobrevivir, no tengo oportunidades ni de estudiar ni de desarrollarme”, dice, y agrega convencida: “Eso es lo más frustrante”. 

A Nelly el dinero apenas le ajusta para pagar el cuarto. Al principio le pedía a su mamá, quien vive en España, para poder llegar a final de mes. Ahora hace malabares con lo que gana y se ha resignado a estar, por el momento, en un cuarto pequeño en el que vive con su hija. “Estoy aquí porque no tengo otro lugar dónde estar, no tengo otra opción que me haga sentir segura”, dice Roque, quien tiene como meta rentar un espacio más grande para que su hija pueda jugar, correr o caminar. “Yo no pensé en nada de esto cuando vine, lo único que quería era salir de Nicaragua”. 

Del centro de detención a soñar con el Ejército de EE.UU.

Christian Martínez me envió un selfie en el que aparece dentro del auto que recién compró y lleva puesta una gorra con el logo del restaurante mexicano en el que trabaja desde hace siete meses. Me dijo que se la había tomado el día anterior cuando salió de su turno. Para cualquiera la fotografía pudiera resultar normal, si no supiera que él permaneció seis meses en un centro de detención de Estados Unidos, conocidos como “las hieleras”, en Arizona, y estuvo a punto de ser deportado a Nicaragua.

Según estadísticas de Nicaraguan American Human Right Alliance (Nahra), una organización que asiste a los nicas en los centros de detención, hasta febrero de 2020 habían 360 nicaragüenses esperando sentencias sobre casos de asilo. Los detenidos estaban en un rango de edad de entre 18 y 35 años, como fue el caso de Christian Martínez. Sin embargo, solo tres de cada 10 que esperan en estos centros durante meses reciben respuestas positivas. Martínez fue uno de ellos. 

Desde que salió del centro de detención, Martínez ha vivido en tres Estados: Arizona, Florida y Nueva York. Ha trabajado en construcción, reparando techos, de cajero en una tienda y actualmente como cocinero del restaurante mexicano Salt Tacos y Tequila. “Yo sabía cocinar los platillos tradicionales de Nicaragua, pero me tocó aprender desde cero cómo hacer comida mexicana y otras especialidades extranjeras”, dice Martínez, quien ya ha absorbido el acento mexicano. “Uno aprende a hacer lo que sea en este país”, sostiene.

Para que le dure el dinero, Martínez alquila una casa con otros compañeros, con quienes se divide los gastos: alquiler y servicios básicos. Cuando le sobra un dinero extra, lo envía a su familia en Nicaragua. “Ahora mismo estoy en trámite para meterme en el Ejército de Estados Unidos”, dice Martínez, y me explica los beneficios que tiene ser parte de las fuerzas armadas estadounidenses, entre ellas, la posibilidad de estudiar una carrera profesional. 

Sus horarios de trabajo ya casi no lo dejan mantenerse informado o al tanto de las noticias. En Nicaragua fue a casi todas las marchas contra el régimen. Incluso, una de las pruebas más contundentes para que le otorgaran el asilo fue una foto que le tomaron mientras trasladaba en una moto a Matt Romero, el adolescente de 16 años de edad asesinado el 23 de septiembre de 2018 en una manifestación opositora.  “Yo dejé Nicaragua porque sabía que los sandinistas no iban a dejar el poder de forma pacífica. Simplemente no quieren salir del poder”, dice Martínez. “Yo no me puedo quedar de brazos cruzados esperando un cambio de gobierno. Por eso mi plan ahora es trabajar, ahorrar lo más que pueda, y cuando haya condiciones, regresar a Nicaragua a montar un negocio”, agrega. 

Periodismo desde el exilio

Muy pocos conocían su cara, pero la mayoría de los televidentes del programa Café con Voz identificaba la voz o las alusiones que hacía el presentador Luis Galeano a su colega periodista Winston Potosme, quien era el coproductor. Huyó de Nicaragua en enero de 2019, después de haber recibido un balazo durante una cobertura periodística. 

Cuando llegó a Estados Unidos empezó a vivir en la casa de un amigo que le dio el primer mes de renta gratis. A la par del programa Café con Voz, trabajó haciendo “rumbitos”: instalación de sonido, cámaras de seguridad, pintar casas, mudanzas… trabajos con los que se mantuvo en los primeros meses. 

El programa se producía en un estudio de un pastor evangélico, de origen nicaragüense, con quien Potosme hizo una amistad desde los primeros meses. Por esa razón es que, cuando en junio el periodista terminó contrato con Café con Voz, el religioso es quien le consiguió trabajos con otras iglesias que necesitaban producir videos. También produjo para otras empresas comerciales: restaurantes, salones de belleza, cafeterías. “Así comencé a hacerme de clientela para sobrevivir”, dice Potosme, quien todavía trabaja con el pastor y se mantiene con los trabajos que realiza para tiendas comerciales. 

Los meses pasaron y llegó la pandemia en 2020. Como Potosme se había capacitado para hacer streaming, transmisiones desde internet, las iglesias lo empezaron a requerir más a partir de que el mundo vive la dictadura de las pantallas. Días antes de que cayera en cama por la COVID-19, él entregó un trabajo que le permitió pagar la renta de ese mes.

Winston Potosme durante un evento de transmisión en vivo. Foto: Cortesía.

Quizá el dinero fue lo de menos en esos veinte días que sufrió los síntomas del virus. Lo más difícil para Potosme fue la soledad mientras vomitaba sangre o tenía alucinaciones por las fiebres altas. “Así me tiré el virus, solito en mi cuarto”, dice Potosme, quien bajó 35 libras de peso por la enfermedad.

En estos más de dos años y medio en Miami, Potosme no ha dejado de hacer periodismo. En Nicaragua Investiga, el medio principal para el que colabora, se pueden ver sus reportes de marchas de protestas o historias de nicaragüenses en Miami. “Siempre busco cómo acomodar mi tiempo para que las actividades periodísticas no choquen con las comerciales”, dice Potosme. “Busco 

siempre hacer algo por el periodismo, que es lo que me gusta”, afirma. 

Potosme metió sus papeles de residencia, pero en un futuro se mira en Nicaragua. De hecho, ha estado a punto de irse a Costa Rica para estar más cerca de su país.“Quiero regresar a Nicaragua porque también creo que los colegas que están adentro necesitan un relevo”, dice Potosme, quien ha tenido que pasar cumpleaños solo dentro de un carro. Aunque si lo piensa bien, lo que más extraña es celebrar las navidades con su mamá y sus hijos. Por eso no duda en decir: “Mi vida está en Nicaragua”.